jueves, 15 de octubre de 2015

Tres naranjos sobre fondo azul - Héctor Ranea


Andrea venía planeándolo hacía dos años, de modo que la peste que se desató esa temporada le dio la coartada que faltaba. Se haría pasar por muerto durante la epidemia para después matar a su antiguo maestro. Era tanta la bronca que tenía que sería capaz de firmar sus obras con cualquier nombre, con tal de plantarle un buen cuchillo en la panza al regordete ladrón. Así, puso en marcha un buen plan de asesinato, casi una obra de arte.
Fue a la taberna maquillado con el color de piel de los apestados, echando espuma por la boca y con señales de haber sufrido una diarrea de sangre. Sus amigos, aun reconociéndole, dieron vuelta la cara, tapándose a su vez las suyas con sus vestimentas para evitar el contacto con el apestado. 
Un par de años antes de la peste Domingo, el veneciano de marras, había encomendado a Andrea terminar lo que él estaba pintando pues tenía que ausentarse. El dueño del palacete quedó muy contento con lo que hizo el asistente Andrea pero, cuando volvió, Domingo se rió de esa porquería y la hizo destruir, cosa que provocó la ira del dueño de casa y el odio del otro artista. Por si eso fuera poco, en ese episodio Domingo robó un boceto de tres naranjos contra un cielo perfectamente azul que tenía guardado Andrea y lo puso en un retablo bajo su firma. 
Los años que siguieron al de la peste no fueron excepcionalmente malos para Andrea. En su juego de escondidas, trabajó en pueblitos perdidos adonde nunca había llegado ningún dios, pintando como Domingo para dejar aún más perplejos a quienes lo buscaran por el asesinato. Si lo buscaban.
Una noche de verano, casi cuatro años después, tomó la decisión y volvió.
Los conocidos daban a Andrea por muerto y sepultado de modo que, desprovisto de barba y con los pelos blancos, nadie lo reconoció cuando pidió una botella de Chianti en la taberna. Ahí estaba el miserable Domingo, recién vuelto de una velada con su guitarra. Como le habían pagado unas monedas pudo comprarse algo de comer, arruinado como quedó después de las últimas empresas y los enojos repetidos de sus clientes.
Domenico terminó su mínima cena y caminó hasta llegar a su pensión. En una esquina, cierta luz iluminó el rostro de Andrea unos segundos antes de que éste le clavara dos veces en la panza un cuchillo largo, de los que usan en la montaña para castrar cerdos salvajes recién cazados. 
Mientras lo acuchillaba le preguntó dos veces: —¿Sabes quien soy? 
Lo dejó desangrándose en la calle angosta con la guitarra a guisa de collar.
Lo encontraron al alba delirando que Andrea lo había malherido. Al tratar de moverlo se les murió. Todos sabían que Andrea había jurado hacerlo, pero había muerto hacía ya tiempo. Nadie le creyó al desdichado veneciano. Casi nadie.

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Héctor Ranea

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