viernes, 12 de febrero de 2016

Mara - Abel Maas


Yo estaba en el albergue de Puerto Madryn, recién inaugurado, éramos siete gandules que celebrábamos el fin del bachillerato, festejo inmerecido en mi caso, que tenía cuatro materias para marzo.
Cuando vi entrar a Mara por la puerta del albergue me pareció familiar. Llevaba una pequeña mochila de gamuza en uno de sus hombros y la otra mano en el bolsillo. Era menuda, tenía una melena lacia y corta, piel cobriza; nos dio la mano firme a cada uno, y miró a todos a los ojos.
Felizmente, en aquella época hombres y mujeres (yo estaba estudiando para ser un hombre) nos dábamos la mano al saludarnos por primera vez, el muchacho decía “mucho gusto”, la chica decía “encantada” y había una pausa ahí. Si me hubiera dado un besito sin conocerme, todo hubiera sido muy distinto.
El primer tipo que se acercó para hablarle era un repelente, mayor que yo, que se creía John Wayne, tan repelente era que usaba slip, lo vi cambiarse en el dormitorio comunitario. Aguantando la bronca, pude ver como Mara lo escuchaba, lo atendía, y hasta le tocó el antebrazo. Después comprendí que solo fue cordial.
Algo habré hecho para que se sentara junto a mí, tal vez ella también vio el espejo. Me contó que tenía 27 años, que vivía en La Plata, y estaba por recibirse de veterinaria. Nunca había conocido a nadie que estudiara veterinaria y eso le agregaba un plus de curiosidad. Le dije que tenía una carpa y ella me contestó que le gustaban mucho las carpas. Entonces nos fuimos a Puerto Pirámides que, en aquella época, era la playa de Robinson Crusoe. Clavé mi carpa en una lomita mirando al mar.
A los dos nos gustaba pasarnos todo el día en la playa, caminar al sol, entrar y salir del mar. Mara tenía un bikini celeste.
Como era una playa casi virgen, había por todos lados conchillas y caracoles de todos los tamaños. Alzábamos los más curiosos, los mirábamos y los dejábamos en su lugar. A los dos nos parecía un horror eso de llevar las cosas del mar al estante de la cocina.
Con ella empecé a ensayar las gracias, pero también me hacía el torturado, el humillado, como Erdosain, como Raskolnikov. Mara lo percibía y hacía comentarios atinados, ella no hablaba por hablar.
En el pueblo había un solo bar, construido con bloques de cemento apilados que estaban prontos a derrumbarse en cualquier momento. Al dueño del bar lo llamábamos Don Bloque, y ahí, con Mara, conocí el Fernet sin coca, solo con hielo.
Con la caída del sol y con los cuerpos cansados, ella entraba en la carpa, y sin cerrar la puerta (bueno, la puerta) se quitaba la celeste y se ponía un pulover grande sin nada debajo. En los atardeceres, hacía un pozo en la tierra arenosa, y con las ramas apropiadas, encendía el fuego; aprendí solo.
Mientras hacía las tareas apropiadas —acomodar las maderas, soplar, controlar— Mara miraba lo que yo hacía y no quedaba mal en su cara el reflejo de las llamas que yo mismo estaba produciendo. Han pasado muchos años pero el video está en Youtube, en el mío.
Cuando venía la fresca, nos metíamos en la carpa, cada uno en su bolsa de dormir, y con la pera apoyada sobre las manos cruzadas, escuchábamos el ruido del mar, y el silencio de la noche. 
Nos dormíamos mirándonos a los ojos.

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