sábado, 26 de diciembre de 2015

Rata Blanca - Abel Maas



Almuerzo, promedio, solo una vez por semana, y eso me produce una particular sensación de bienestar. Es como ir a la casa de una tía que lo conoce a uno. Felizmente, tengo varios restoranes étnicos bastante finolis en un radio de cinco cuadras, haciendo centro en la cocina de mi casa, y el menú del mediodía, de lunes a viernes, tiene un precio razonable. Tengo calculado que esos cuatro o cinco almuerzos mensuales equivalen a poco menos de medio mes de expensas, siempre y cuando vaya solo, aunque puede venir alguien que no coma, solo mire y no hable. Para no desequilibrar mi economía, debo privarme de ir a los recitales de las Viejas Locas o de Rata Blanca o de Pablo Milanés, cuando viene. Salgo de casa, camino silbando bajito con una parte del diario bajo el brazo o una revista, tal vez un libro o el prospecto de la última medicación que estoy tomando. Me siento y rechazo la carta que me ofrece el mozo, le digo que me traiga un plato de comida, que elija él y que lo que ponga sobre la mesa estará muy bien. Solo le pido que no sea de cortar así puedo leer, que beberé agua sin gas y dejaré un veinte por ciento de propina, siempre y cuando no me hable ni quiera hacerse el simpático abusando de mi soledad y que de ninguna manera me pregunte cuando estoy por la mitad del plato si está todo bien, aunque puede preguntarme, cuando termino de comer si estuvo todo bien. Si se me queda mirando con los ojos muy abiertos le pido que me traiga ravioles o capelletis, con cualquier relleno, cualquier salsa, con o sin queso, pagaré por adelantado para tener la libertad de irme con el último bocado, aunque si se me da la gana me quedaré leyendo. Si se me respeta estoy dispuesto a ser un gourmet.

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