jueves, 10 de diciembre de 2015

Historia del viyilante de la Bandojito - Denisse Taborn


Muchas veces se ha hablado de l@s asesin@s seriales que hacen guisado a sus víctimas. Creo que, incluso, una vez vi la historia de “La Tamalera” en Mujeres Asesinas…creo. Pero nunca nadie ha contado la historia de Don B.
Don B. no era un asesino simple y vulgar como los otros, ni convertía a sus muertitos en guisados para vender los domingos. No. ¡Don B. era un justiciero anónimo! Vaya, ¡Un héroe!
Obviamente, en sus días de justiciero nadie sabía quién era Don B. Eso le hubiera quitado el anonimato y la imposibilidad de limpiar la ciudad sin terminar él mismo dándole razones a La Flaca.
Pero ahora, Don B. ya está jubilado.
Yo lo conocí el otro día que por casualidad entré a su carnicería, allá en la Bondojito (no hay de qué preocuparse, ya vende pura carne de res certificada). A Don B. le encanta platicar sobre sus días como viyilante. Algunos lo tiran de a loco; otros locos, como yo, nos quedamos a escuchar lo que Don B. tiene que decir.
Según cuenta, a Don B. realmente no le gustaba eso de tener que andar matando gente. No. Él llegó a la profesión por pura casualidad. Desde chiquito él sabía que quería dedicar su vida a proteger y ayudar a otros, a los desamparados. Contempló la carrera de leyes y alistarse a la policía pero, conforme fue creciendo, entendió que ahí había más mierda que en las propias calles. Así que mejor se metió a practicar luchas. Él sería como su héroe, El Santo. Solo que en vez de pelear en contra de mujeres vampiro, él se enfrentaría a la mierda más mierda que amenazaba su ciudad cada noche. A esos que de verdad dan miedo, y no como aquellas chichonas con colmillos que más ganas le daban de cogérselas, que de matarlas.
En fin, eso era lo que ya había planeado Don B. Sin embargo, como de verdad era bien bueno, todavía no se animaba a salir a la calle a cortarle el cuello a alguien. Pero como decía, todo le llegó de casualidad.
Una noche, saliendo de la Arena Coliseo, allá por la calle de Perú cerquita de la lagunilla y muy lejos de la mano de Dios, Don B. vio cómo un tipo le estaba propinando tremenda madriza a una prostituta que no había sabido hacerle la felación. Eso sí que despertó al viyilante que ya llevaba dentro, se puso rápidamente su máscara, sacó su navajita y se lanzó como perro rabioso sobre el canalla ese. Dos, tres movimientos y el cabrón ya estaba en el suelo con la garganta abierta de lado a lado. Sin embargo, Don B. nunca se planteó el problema de qué hacer con un infeliz recién asesinado en plena calle. Por fortuna, como ya sabemos, tenía una carnicería y; por fortuna también, sabía cómo tasajearlo para venderlo en partes. Los huesos se disolverían en ácido.

Como todo salió de maravilla y la prostituta se quedó tan agradecida que dejó las calles, se metió de monja y hasta le hizo un altarcito al viyilante que la había salvado aquella noche, a Don B. se le quitó el miedo al castigo divino y empezó sus días de justiciero. Cada noche patrullaba las calles de la ciudad buscando a seres despreciables que lastimaran a mujeres, niños, ancianos y animalitos indefensos. Con rápidos movimientos les cercenaba la garganta con su navajita suiza, los aventaba a la parte trasera de su troca y los vendía como bisteces en su carnicería. La carnicería más famosa del barrio de la Bondojito.

Acerca de la autora:
Denisse Taborn

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