domingo, 13 de septiembre de 2015

Vino amargo - Héctor Ranea


En la Calle de los Misterios, en Roma, hay una taberna en la que se brinda con vino del Divino Emperador Tiberio Julio César Augusto. No es raro que los paseantes distraídos entren a comer un buen plato de tripas de cordero lechal rellenas o bucatini all’amatriciana y sea el día del festejo dorado, aquel en el que el dueño de casa convida a todos con el vino del emperador. Entonces le será servido el vino al final de la comida, junto al de los otros huéspedes y parroquianos que estén en el lugar.
Algunas veces, la mujer que escancia el vino en esa taberna hace que más de un paseante se enamore de sus pechos mientras bebe y todo termina en una gresca feroz con el dueño de casa. Pero no es que esto ocurre necesariamente siempre. A veces el tabernero está tan apático que le da igual, aunque eso no es lo que correspondería tratándose del día áureo.
El vino de Tiberio se sirve pocos días al año, todos relacionados con un supuesto calendario de religiones perdidas. La verdad del mismo queda aún por ser descubierta y por ello no se sabe, pero en verdad que no se sabe, si el tabernero aprovecha situaciones entre los clientes para decretar una jornada de fiesta a su voluntad o si está constreñido a celebrar alguna cuestión religiosa.
Los que siguen estas andanzas (que no son muchos, porque el hombre es de pocas pulgas) contabilizan que sucede dos, a lo más tres veces por estación. Pero eso sí: nunca recuerdan las fechas como para relacionarlas con eventos astronómicos o religiosos conocidos.
La Taberna de la Calle de los Misterios no está lejos del ombligo de la urbe, pero en dirección contraria a los centros de gran turismo internacional. Tampoco es de esos comedores que están en lugares que parecen barriadas populares y terminan siendo caras experiencias gastronómicas. No. Esta taberna del vino de Tiberio es casi lo contrario. Nadie sabe, excepto los pocos que lean esto, que en sus entrañas se esconde ese preciado vino cuyo origen remotísimo hace pensar en qué virtudes mágicas tendría ese emperador tan controversial.
El vino contiene, ciertamente, un secreto que el Emperador Divino aprendió durante sus guerras en África y en el centro del Imperio. La conservación arqueológica, prácticamente eterna, se debe a que la purificación de este vino no se hacía con sangre de toro, sino de niños sacrificados con tal propósito. Si cada turista supiera que al beber ese vino vendió su alma al nefasto Emperador, tal vez desearían no haber tenido sed aquel día. En efecto, el alma se vende automáticamente al beber el segundo vaso, el que la escanciadora sirve glorificando sus senos de tal suerte que el incauto (generalmente es un él) bebe sin remedio.
PS: Si usted, lector, estuvo bebiendo en Roma con una señora de pechos generosos, no desespere. Quizás no lo hizo en la Taberna mencionada.

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