viernes, 25 de septiembre de 2015

Escondite - Laura Olivera


Durante horas me han perseguido sin tregua y ahora, desde mi magistral escondite, puedo observarlos sin miedo: ahí están los tres hombres, cobardemente refugiados bajo sendos paraguas negros, tres figuras espectrales envueltas en una bruma violácea, tramando sin duda una nueva estratagema para atraparme. Sus voces no me llegan pero sé que están recriminándose el fracaso de la pesquisa porque habían pensado que este predio, casi un descampado, sería una ratonera. El más bajo de ellos gesticula con energía, diríase que reprendiendo a los otros dos, que parecen agachar la cabeza, aunque apenas puedo verlos bajo esos enormes paraguas. Creo estar sonriendo. ¡Qué extraordinario ha sido mi escape! Increíble verme a salvo en mi escondite después de haber estado tan cerca de caer en sus garras, cuando uno de ellos, cuyo rostro no llegué a ver, cuyo aliento pútrido me produjo náuseas, cuyas manos me asieron brutalmente por los pelos, arrastrándome unos metros sin soltar el estúpido paraguas y pareció ser el final. Es cierto lo que tantas veces he oído decir: cuando uno cree que está a punto de morir ve imágenes de toda su vida. En un solo y fugaz instante vi la casa de mi infancia, las manos de mi abuela, la matinée de mis años tontos, la cara de Raúl, mi compañero, mi otra mitad, mi único amor, que ahora está perdido, o desaparecido, como dicen. Aún no sé cómo lo hice, de dónde provinieron esas fuerzas demenciales, pero el caso es que luché y me retorcí como un pez encabritado, sentí sus dedos de bestia estrujándome la carne, luego la caída y la punzada de dolor en el vientre, mis piernas batiéndose en el fango hasta verme libre. Logré así burlar al canalla que me persiguió como un imbécil, pisándome los talones pero trastabillando aquí y allá, resbalando en el suelo viscoso hasta perderme. En la tiniebla húmeda corrí como nunca, y cuando ya las piernas flaqueaban me sentí caer en este providencial agujero en la tierra desde donde puedo ver sin ser vista. Me queda esperar a que mis verdugos desistan para salir de mi hueco y escapar definitivamente. El que parece dar las órdenes hace un gesto y los otros dos lo siguen. ¡Vienen hacia mí! ¿Cómo es posible? ¿Me han descubierto? Sin alternativa, permanezco inmóvil, de cara al cielo, bebiendo un poco de la lluvia que me moja los labios, sin perder la calma que me invade desde que hallé este escondite. De pronto pareciera que ha dejado de llover, pero no tardo en comprobar que no, que en realidad son tres paraguas que me hacen las veces de techo y ahí están ellos, mis perseguidores que, apenas inclinados hacia mí, me miran como a un animal que ha caído en una trampa. Continúo inmóvil, como si quisiera camuflarme en el barro que ya comienza a inundar mi zanja, el escondite que había creído infalible pero que ha fallado. Curiosamente no tengo miedo pero me preparo para defenderme, en guardia, despierta, lista para lo que sea y sin embargo no siento la sangre bullir en mis venas, pero entonces ocurre lo inaudito: los tres hombres se miran y se van. ¿Me han perdonado la vida? Aún alerta, intento comprender, pero ya el caudal de barro es una catarata constante, mejor será salir de este escondrijo lo antes posible, pero no puedo. Mis miembros no se mueven, mi cuerpo no responde y ya el barro me cubre la boca cuando, como en un sueño terrible, el cielo se ilumina y le arranca un destello a la hoja del cuchillo hundido en mi vientre. No estoy despierta entonces, pero tampoco estoy dormida; cuánto tiempo habré pasado aquí, haciendo conjeturas bajo la lluvia como si hubiera estado viva. Y entonces me vuelve el recuerdo del hombre que me sostiene por los pelos, sólo que esta vez lo veo arrojar el paraguas a un costado, lo veo alzar el cuchillo y me parece estar gritando otra vez. Le veo la cara, es blanco y feo, me arrastra hasta la zanja y allí me arroja, luego vuelve con sus compañeros de faena para relatar lo ocurrido; lo habrán reprendido sin duda por no capturarme viva. Le doy gracias a Dios por eso, mientras el obstinado barro se desliza sin cesar por las paredes de mi zanja, de mi escondite, de mi anónimo e irremediable sepulcro.

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