martes, 1 de septiembre de 2015

Cuatro días de paz – Daniel Frini


Soy cadáver. Las fiebres me enfermaron y, finalmente, acabaron conmigo; y ahora hace ya cuatro días que he muerto. Claro que tuve miedo, mucho miedo. Quién, en sus cabales, puede decir con sinceridad que no le teme a la muerte como se teme, al menos, a todo lo desconocido; con esa aprehensión que nos produce lo que nos saca de la rutina. En mi caso, de la rutina de vivir.
Fui querido; y morí en compañía de los míos. De mis hermanas, de mi familia y de algunos amigos. Y aunque otros, muy amados míos, no estuvieron conmigo antes de mi partida, sé que me lloraron y se conmovieron por mi final.
Como siempre ocurre, al que parte sólo podemos demostrarle nuestro cariño de una manera curiosa: a través de los ritos funerarios. Y en mi caso no estuvo nada mal. Mis hermanas cerraron mis ojos y me besaron, me lavaron y ungieron con perfumes y aceites, ataron mis manos y mis pies, me vendaron  y pusieron mirra y aloe entre las vendas; colocaron dos denarios sobre mis ojos y cubrieron mi cara con un sudario. Vinieron a despedirme todos los habitantes de mi aldea y hasta de aldeas vecinas. Fui llevado en procesión hasta el sepulcro en un féretro de mimbre. Algunos rasgaron sus ropas en señal de duelo, dijeron plegarias y hermosas palabras de lamentación, en recuerdo mío. Me colocaron boca arriba en un nicho blanqueado con cal, en la misma cueva donde descansan mis ancestros; y la entrada fue taponada con una roca enorme.
Así supe que fui querido.
En la oscuridad y el silencio, cosa curiosa, perdí el miedo y me sentí en calma y en paz. La muerte es buena y no pesa el saber que es para siempre. Vinieron a mi mente recuerdos de mi vida, desde la primera infancia y reviví cada uno de ellos con todo detalle. Podría decir, en cierto modo, que el sentimiento es bastante parecido a la felicidad.
Pero —siempre hay un pero— ningún descanso puede ser tal. Hoy, por la mañana, llegó de un largo viaje mi muy querido amigo, uno de los que no pudo acompañarme en mis últimos días. Junto con los suyos, consoló a mis hermanas, lloró por mí, se paró frente al sepulcro, oró, mandó que corrieran la piedra de la entrada, a pesar del olor a muerte que yo emanaba; y ordenó
—Lázaro, ¡levántate!
Lástima. Tan lindo que estaba acá y tener que levantarme porque a este se le ocurre hacer milagros justamente ahora, y conmigo.

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