martes, 4 de agosto de 2015

Superman en tu inodoro - Sandro W. Centurión


Y entonces, un día cualquiera entras al baño y te encontrás a Superman sentado en tu inodoro. Le ves la cara de sufrimiento, los ojitos brillosos y los dientes apretados. Es Superman, no cabe la menor duda. Aunque de cerca, y sentado en el inodoro, no parezca tan alto, ni tan fuerte, ni tan poderoso. Tiene su capa sostenida del extremo y los pantalones y el calzoncillo, a la altura de los tobillos. Lo ves tan indefenso. Entonces, como sos una persona educada decís,
“perdón”, cerrás la puerta y esperás a que el hombre de acero termine lo suyo. Un rato más tarde volvés a entrar, esta vez das un golpecito en la puerta antes de pasar, ¿se puede?, preguntás, en la puerta de tu propio baño. Superman se ha ido. Probablemente salió volando por la pequeña ventana que da a la calle. En ese momento, caes en la cuenta de que el superhéroe más grande de todos los tiempos, no apretó el botón antes de irse. Al final es un maleducado. Entonces, no te 
aguantás, levantás la tapa, y antes de presionar el botón de descarga le echás una mirada a lo que dejó Superman en tu inodoro.

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