domingo, 16 de agosto de 2015

La barra de acero - Raquel Sequeiro


Encontró un rectángulo grande agujereando la pared de parte a parte, podía ver la estancia y a Lasio haciendo la comida en su nueva cocina, pero Catalina acabó abducida por el boquete y cuando abrió los ojos, todos esos hombrecillos verdes estaban pululando por encima, incluso sobre el pubis sin vello, entrando en sus fosas nasales y saliendo entre los labios rosados de Odisea, de donde se escurrió un diamante rojo sangre y el último músculo dentro de esa caja de belleza andrógina resonó con sonido de arpa y cristales. Lasio giró la cabeza de bucles dorados, Odisea lo observó con delicadeza y chilló, las ondas se expandieron y giraron y a él le estallaron los timpanos, se rompieron todos los ventanales, se quebraron las copas, incluso se estropearon todos los aparatos eléctricos y los electrónicos. Elliot dejo de funcionar y el agujero, translúcido y cerúleo, se cerró.
Elliot era el mejor perro que había tenido, pero ahora dejaban que los clones abrieran las puertas a menudo, como una forma de comprobar su evolución entre sistemas; Odisea pertenecía al campo 5. Encontró un bulto en el testículo izquierdo cuando se enjabonaba, abrió el botiquín con la mano derecha estirada fuera de la ducha y con un bisturí extrajo el trozo de carne muerta, la dejó deshacerse en la mano y la vio fluir por el hueco del agua. Después se arrimó a la pared y se cosió el testículo. No era difícil entender porque eran máquinas, sin embargo, ya no necesitaba la barra de acero para sujetarse y la fundió con el láser; desnudo y mojado agarró la bola gris y la lanzó por la ventana y recordó la primera vez que se habia asombrado porque nada tenía ventanales y todo lo construido era biodegradable, además de agradable a la vista, lo cual era un placer. 
Pero llevaba el tiempo suficiente de viaje como para no saber abrir todas las compuertas exteriores y evitar a los hombrecitos verdes y a los trozos de músculo cardíaco que te insertaban antes de morir del todo. Por eso Odisea no era bienvenida. Acomodó a Elliot en el asiento del copiloto y puso rumbo a la casa de Moryensenb, el único lugar en que podrían arreglar los circuitos y recuperarse del aire apestoso de la Tierra: morías tan deprisa que eran pocos los que escogían para sus experimentos, porque enseguida te volvías cianótico y en menos de veinte segundos empezabas a descomponerte. —¿Tienes tiempo, Nass?
—No mucho —contestó Nass, desde la pantalla del N-TEc. Lasio apreció la palidez mortecina. 
—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó el piloto.
—Poco o nada, casi nada, en realidad, empieza a morirse —dijo mostrándole el brazo—. Son muy pocos los que como tu crían esas bolas; son incómodas pero al menos pueden extirparse.
—Sí. Algo más de tiempo para nosotros —aceptó el hombre—. Llego en cinco minutos. 
Apagó el comunicador. Encontró una bola en el párpado: su ojo izquierdo parecía estar en fase REM; una llegaba hasta sus bronquios y otra reptaba bajo la epidermis en el antebrazo, pero ya no tenia tiempo de extirpar nada. 
Los perros de Index le seguían entre los edificios altos y las luces, sobre los coches autodireccionados desde el Gobierno. Atravesó en unos segundos uno de los miles de mantos temporales desplegados por todo el planeta gracias a los experimentos con el CERN. 
Vio a Odisea. Pronto Nass y seguramente él... Nunca se rendía cuando tenía una pista.
Recogió a su amigo en la esquina de Scrabbel con Gamblet, a la altura del Laboratorio Estatal. No le quedaba vida. “Lo enchufo”, fue lo que dijo, y murió. Era inútil convertirlo en un clon o en un mutante o en una de esas presas fáciles como Odisea, la necrosis se extendía deprisa por el 90% de su cuerpo, afectando órganos, tendones y huesos.

Acerca de la autora:
Raquel Sequeiro

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