miércoles, 4 de noviembre de 2015

La maldición - Omar Chapi


La tarde caía lánguida sobre la ciudad, dándole ese aspecto de nostalgia que tanto extrañaba. En la biblioteca, el abandono parecía más denso que en cualquier otra parte de la vieja casona; caminó entre los estantes llenos de libros cubiertos de polvo; no podía negarlo, amaba este lugar que por mucho tiempo fuera su guarida, hasta que se vio obligado a partir, como todos, huyendo de la maldición. 
El cabello atado en una trenza le llegaba a la cintura y, aunque tenía años cuidándolo y dejándolo crecer, lo odiaba; pues, era el símbolo de aquella esclavitud absurda de la que en vano había intentado huir. 
Se detuvo ante el archivador; buscó con ansias, hasta que encontró el arma. 
—Ojalá funcione —pensó al verla cubierta por el óxido. 
Anhelante salió a los pasillos, donde la soledad cargada de un pasado inolvidable, salió a su encuentro. No lo soportaba. Se dio prisa. 
No obstante, su memoria insistía en volver a ese lejano y lluvioso día, cuando siendo niño todavía subió al soberado; entre una maraña de cosas entregadas al olvido, se encontró con aquella curiosa criatura; nunca supo si era real o producto de su imaginación, pero la creyó inofensiva y se acercó sin miedo; sin embargo, aquel era un ser perverso, al que le divertía esclavizar a las personas con hechizos y maldiciones absurdas. 
El ritual era muy parecido a un juego, por lo que no advirtió el peligro. 
—¡Quién te corte el cabello morirá! —sentenció, levantando sus pequeñas manos y dibujando signos extraordinarios en el aire, para luego desaparecer sin dar explicaciones. 
Tras la muerte del peluquero del barrio, empezó a tener sus dudas; no obstante, abrigaba la esperanza de que todo fuera una tonta coincidencia y nada más; pero, luego de lo sucedido con la bella dama que le hizo el corte de cabello a la moda, se alejó de las peluquerías. 
Nadie lo entendía. Sus padres lo tomaron como un acto de rebeldía, que incluso tuvo repercusiones en la escuela; no obstante, se mantuvo firme, no quería que más gente inocente muriera por su culpa. 
Pese a su determinación, le resultó inevitable sentirse preso de aquella condición absurda y, en un momento de gran frustración, incluso intentó el suicidio cortándose el cabello; pero, no funcionó. 
—Se alimenta del dolor —pensó, pero estaba decidido a terminar con todo aquello. Sabía dónde encontrarlo. 
Como todo lo demás, el soberado estaba desierto. 
—¡Dónde te escondes! —gritó, fingiendo arrojo. 
Al sentirse aludido, aquel fantástico ser apareció. 
—No tienes que gritar —dijo con sonrisa burlona—, sé a lo que has venido. 
Al verlo, volvió a sentir miedo, pero estaba cansado de vivir huyendo; esta vez, no lo haría. Sin más, apuntó el arma y apretó el gatillo. El disparo retumbó en la estancia y aquel pequeño ser, tras un leve estremecimiento cayó al piso. 
Sobrevino un doloroso silencio. Seguro ahora, podía hacerse cortar el cabello sin temor a la muerte; pero, un amargo sentimiento de culpa carcomía sus entrañas convencido de haber cometido un crimen espantoso. 
—Lo siento, pero no encontré manera de obligarte a devolverme mi libertad —dijo, como justificándose. 
—No te preocupes —lo calmó la criatura—; en realidad llegué a pensar que nunca lo harías. —No lo entendía, hablaba como si hubiese estado esperado aquel terrible instante—. Fui solo una ilusión — explicó—, tú me creaste, ahora me devuelves a la nada. ¡Adiós!... —Y desapareció. 
Anochecía cuando volvió a la biblioteca; de repente, sintió un deseo abrasador de ir en una peluquería; entonces, salió corriendo a la calle y entró en la primera que encontró abierta, se sentó en el sillón y esperó, mientras sentía que el corazón le daba brincos. 
—Soy parte de ti —escuchó de pronto a sus espaldas—, nunca podrás liberarte de mí. 
Se dio vuelta sobresaltado; no lo podía creer, era uno de sus mejores amigos de juventud, que al saber de su presencia en la ciudad, venía a saludarlo. 
Se sintió extraño con el cabello corto, pero estaba feliz que el peluquero sobreviviera. Esto sí había que celebrarlo. 

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