lunes, 16 de noviembre de 2015

Elainam - Jorge Ariel Madrazo


Elainam siempre me había resultado una chica extraña. Cuando me miraba yo tenía la sensación de que estaba dándome la espalda, lo que, de ser cierto, habría sido una atroz descortesía. Muy pocas veces sacaba las manos de los amplios bolsillos de su tapado verde; cuando me extendía los dedos fláccidos o revolvía el azúcar en el café, me ponía en la obligación de recomendarle la urgente ingesta de vitaminas: aquellas prolongaciones semejaban alambres achicharrados por alguna descarga voltaica tan eigmática como impiadosa. Pero era casi bella en su singular atractivo que me acicateaba un deseo raro, como de otro mundo (debo confesar que me atraían, sobre todo, sus pechos turgentes). Elainam era, agrego, una lectora voraz: devoraba uno tras otro los video-libros, aunque aparentara leer con la nuca.
Y bien, se la hago corta, amigo; esta historia es demasiado dolorosa para mí. Cierta noche infausta me atreví a abrazarla: al ceñirla con mis manos ávidas comprobé, atónito, que Elainam ostentaba del reverso otro par de pechos. Al volverse enseguida hacia mí, desbordando ternura, advertí horrorizado que tenía también otro rostro, o quizás otra espalda. ¡Ambos lados eran idénticos! No pude contener un grito de horror. Elainam me alejó de un empellón, llorosa y ofendida: “Es lo que hay”, me dijo trémula. “Las chicas de Ganímedes somos así.” Y se fue, como quien se desangra. Aun no pude sobreponerme a esa ruptura con la mujer, o lo que diablos fuera, que quizás me hubiera amado como ninguna.

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