lunes, 16 de noviembre de 2015

Experimento fallido - Daniel Antokoletz


Llueve. Eso no es extraño, es normal que llueva. Lo raro es la manera en que llueve. Desde mi ventana, veo los gotones, perfectamente esféricos, que caen con exasperante lentitud. Parece que la gravedad les afecta poco. Aunque lentas, las gotas golpean con violencia el piso elevando pequeñas columnas de agua que, con la misma parsimonia que suben, se dividen en nuevas gotas y vuelven a caer.
Salgo a la calle. Me paralizo al observar un pájaro estático en el aire. Un momento. ¡No está estático! Está volando, pero con movimientos tan lentos que no parece moverse. El tiempo. Algo sucedió con el tiempo. Miro el segundero de mi reloj y tarda una eternidad en dar una vuelta a la esfera.
Mi vecino, protegido por su ridículo paraguas de colores, espera para cruzar la calle a que pase un auto que apenas se mueve. No. Está cruzando. Su pie se movió unos centímetros desde que comencé a observarlo. Dando la vuelta a la esquina, sentado en uno de los bancos de la parada de colectivos, un muchacho me observa. Me saluda con una inclinación de cabeza y sus movimientos son normales. Con una voz musical me dice:
—Asombroso ¿no?
—Evidentemente, no soy el único al que le afectó el cambio de escala temporal.
—¿Eh? —Me mira extrañado.
—Sí, seguramente, los experimentos que estaba realizando, provocaron algún tipo de anomalía en el tejido espaciotemporal.
—No, mi amigo, está equivocado. Lo estaba esperando. Soy su guía. No queremos que se pierda.
Lo miro. Parece uno de esos religiosos insidiosos.
—¿Guía? —le digo—. Vivo a pocas cuadras de aquí. Y mi laboratorio queda en esta misma manzana —termino diciendo mientras doy media vuelta y me dirijo hacia mi laboratorio.
El religioso me sigue. Unos metros detrás, pero me sigue.
Apuro el paso y entro al edificio. Con el asombro de la situación había dejado la puerta abierta. Apenas entro al laboratorio, noto que algo anda mal... muy mal. Todo está medio destruído. Como si algo hubiera explotado. Me sobresalto. En la esquina junto a la puerta, observándome un calma beatífica, está el muchacho:
—Le dije. Soy su guía. Estoy aquí para que no se pierda.
Cuando termina de hablar, me señala con la mirada la voluminosa figura del generador magnético.
Del otro lado del aparato hay un cuerpo. Me acerco y observo que es mi cuerpo destrozado por la explosión.
En silencio me paro frente a mi guía y, simplemente, le digo:
—Vamos.

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