jueves, 12 de noviembre de 2015

El momento crítico del juego - Sergio Gaut vel Hartman


A Betina

Me gustaba jugar, o por lo menos me había gustado al principio. Los nuevos recursos informáticos facilitaban las cosas de tal modo que no resultaba complicado mantener tres o cuatro relaciones simultáneas, manipulando las expectativas de los hombres que me escribían, ilusionados por la posibilidad de conocer a una mujer como yo. Lo hice durante varios meses, y hasta llegué a encontrarme con algunos de ellos en cafés y confiterías. Pero mientras fumaba, con los ojos entrecerrados, descubriendo las mentiras de las fotos retocadas o los parches de papel y niebla de esas pobres vidas, me preguntaba si alguna vez, si en algún momento, hallaría al que estaba buscando. No, me dije muchas veces; esto es lo que hay. Hombres turbios y lastimados, muchos de ellos buenos tipos que descubrieron tarde que la vida puede ser otra cosa, que para vivir una relación de fantasía hay que atreverse a volar.
Pero un día todo cambió. Lo conocí a él, el hombre diferente que estaba esperando. Me invitó a vivir una aventura de otro orden, a embarcarme en un viaje sin rumbo. No garantizaba nada, pero yo no pedía garantías; me alcanzaba con el vértigo de intuir que era posible, otra vez, sentir con intensidad. No diré que era una relación perfecta, porque estaría mintiendo, pero era rica, estimulante, visceral en muchos aspectos, peligrosa en otros. Avanzamos. Intentamos construir algo.
No obstante, los mensajes de los otros seguían llegando. Miguel. Viudo, 59 años, buena situación económica. Escribano. Culto. Quiero conocerte. Esteban. Separado. 63; ardiente y creativo. Soy deportivo y atlético. ¿Nos vemos?
—Uno más —le dije para provocarlo. El humor es uno de nuestros mejores recursos. Y para llegar al humor, la provocación es un método excelente.
—¿Te sentís atraída?
—¡Claro! Podría ganar con el cambio.
—Adelante, entonces. ¿Qué te detiene?
—¡Tonto! Ya sabés que no me interesa. Que solo estoy jugando.
—Podrías seguirle la corriente y comparar…
—No necesito comparar. —Hice una pausa. Necesitaba unos segundos para golpear de nuevo—. Ya lo borré.
—¿Lo borraste?
—Lo eliminé. Delete. The end.
—¡Pobre!
—¿Te da pena?
—Y… un poco. Perderse un bombón como vos…
—Exagerado.
—¿Cómo dijiste que se llama?
—Se llamaba. Federico, creo. Era de Recoleta.
—Se llama. Todavía no se mudó, ¿no?
—Bueno, pero lo borré.
—Qué casualidad. Tengo un amigo que se llama Federico y vive en Recoleta.
—Este era abogado. Tenía 62. Miralo al anciano, tratando de levantar pendejas.
—¿Abogado de 62? Más que casualidad. Mi amigo también tiene 62 y es abogado. Fuimos juntos al Nacional.
—Lástima que lo liquidé. Hubiera sido lindo comparar más datos. ¿Y si fuera tu amigo?
—Linda paradoja: mi amigo tratando de levantarse a mi novia. Y siendo pateado en el intento.
—Bueno, no lo sabía —le dije.
—Pero se lo podría decir.
—¿Harías eso? Es un poco cruel.
—Bastante. Pero no estaría mal reproducir las bromas que nos hacíamos en los tiempos del colegio.
Me quedé pensando en las casualidades y coincidencias. Y no volvimos a hablar del tema en los tres días siguientes. Pero cuando retornamos al tema las cosas habían cambiado drásticamente.
—Murió Federico.
—¿Quién?
—Federico. El que quería conocerte.
—¿Era tu amigo, nomás?
—Era. Y murió el día que lo borraste.
—¿Estás hablando en serio? —El asunto empezaba a gustarme un poco menos.
—Hablo en serio. A mí tampoco me gustó enterarme de eso —agregó, como si me estuviera leyendo el pensamiento, algo que hace con demasiada frecuencia.
—¿Estaba enfermo?
—No, eso es lo raro. Murió, dice la hija, como si lo hubiera fulminado un rayo. Estaban cenando.
Creo que si me hubiera mirado al espejo en ese momento me habría espantado mi palidez. —Lo borré a las nueve y media, me parece —murmuré.
—Sí, más o menos. ¡Qué casualidad!
Corté la comunicación. Lo que había empezado siendo un juego inocente empezaba a adquirir tintes sombríos. Revisé el historial de los candidatos borrados en las últimas dos semanas e hice un listado, tratando de recopilar la mayor cantidad de datos que fuera posible. No resultó sencillo, ya que por lo general solo conservaba el nombre o un seudónimo. Sin embargo, conseguí bastante información de todos aquellos con los que había llegado a chatear y de los últimos con los que me había encontrado en persona. Aún antes de verificar nada, un sudor frío me recorrió el cuerpo. ¿Qué había hecho? En su momento disfruté el instante del delete, pero sé que no lo hubiera hecho de haber imaginado, siquiera remotamente, que podía hacerle daño a alguien. La investigación arrojó los resultados temidos: todos los hombres que yo había borrado en las últimas semanas murieron trágicamente el día en que los eliminé. Hablé de inmediato con mi terapeuta y le pedí que adelantáramos la sesión; no le di explicaciones y me pregunté cómo haría para soportar la espera. La soportarás  pensando, dijo ella.
—Es una mera casualidad —Mi amor trató de sacarle presión al asunto cuando hablamos por teléfono aquella noche—. No te preocupes.
—No me preocupo —le respondí—; me ocupo. Trato de encontrarle una salida a esto.
—Hmmm —dijo él—. Debe haber una explicación en alguna parte. El universo es sincrónico, y es tu teoría, no la mía. Si ocurrió, debe ser por algo. Yo buscaría por ese lado.
No está mal, me dije. Si lo elegí es porque tiene cerebro, Y yo, además de cerebro, tengo algunos otros atributos. Claro. No está mal. ¿Por qué no? Por primera vez en varios días me permití sonreír. Es una señal, claro que lo es. Una señal muy clara, luminosa. No fue casualidad, ¡por supuesto que no!
Hice lo que debía: una lista, otra lista. Empecé a rastrear a ciertos y determinados políticos y empresarios. Cebé la trampa. Solo tenía que esperar que los ratoncitos empezaran a caer en ella.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

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