domingo, 3 de enero de 2016

A Osvaldo Lamborghini - Abel Maas


El cuento de Trapito es así: Trapito era el perro de Federico el envidioso. El mago Emannuel, el hijo de Dora Baret y de Carlos Gandolfo, amigo de la casa, lo había bautizado de esa manera porque era un artista y la información se fue replicando en el country “El Desasosiego”. Cuando el chico pasaba caminando hacia la escuela del barrio cercado, las chismosas del barrio cercado decían; “ahí va Federico, el envidioso”, pero sólo era un nombre. Un mañana de primavera y en un descuido, Trapito salió por el portón de la casa y se perdió en las sinuosas calles del country. Trapito no estaba en casa y Federico lloraba desconsoladamente. Todo el barrio se solidarizó y salieron a buscarlo mientras los padres del dueño del animal se quedaron sentados en los banquitos que rodeaban los jazmines, abrazando a su hijo varón.  Con los Di Natale a la cabeza, los queridos vecinos de enfrente, recorrieron los alrededores del frigorífico y cruzaron las vías del ferrocarril, pero fue en vano.
Cuando volvieron desasosegados por el fracaso encontraron a Trapito en brazos de su dueño, que había vuelto por sus propios medios; el padre, agradecido, invitó a todos a pasar al galpón donde organizaría una comilona para celebrar la alegría recuperada. Los Di Natale trajeron a la tía Carmelinda, la querida viejita, que había trabajado de enfermera en una clínica veterinaria para que revise al perrito. Pudo comprobar la anciana señora que Trapito se encontraba bien, su piel, los dientes, la mirada brillante y estaba limpio, su cuerpo limpio, la colita limpia.
A continuación, pasaron todos a la sala, donde el dueño de casa ya había servido sobre la mesa frailera cuatro jarras conteniendo agua fresca y tres canastos con pebetes de ayer.

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