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viernes, 11 de marzo de 2016

Deuda – Sergio Gaut vel Hartman


Catáfito, el Judío Errante para algunos, Ahasverus, el sirio, para otros, llevaba dos mil años pagando una deuda, incrementada por intereses que ya superaban el capital original. Decía la leyenda —y él no tenía cómo refutarla— que su complacencia ante el sufrimiento ajeno, schadenfreunde, según Schopenhauer, había enfurecido a Cristo: “El Hijo del Hombre se va, pero tú esperarás su regreso”. Y él no había dejado de esperar. Cada siglo sufría enfermedades, dolor, angustia de muerte, pero no moría; sanaba y rejuvenecía hasta tener de nuevo treinta y tres años. Veinte veces había “casi” muerto, y siempre había superado la agonía para reiniciar el ciclo. Pero esta vez sería diferente: había aprendido un truco... Moriría durante unos minutos, serían suficientes.
—¿Cuándo regresará el Hijo del Hombre? —balbuceó una vez que alcanzó el Lugar. La respuesta lo golpeó como un mazazo en el cráneo.
—El Hijo del Hombre no trabaja más aquí. No está programada la Segunda Venida, por lo menos durante los próximos dos mil años.

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jueves, 3 de marzo de 2016

Sin máscara – Sergio Gaut vel Hartman


—La vida prolifera en los alrededores del Sistema Solar —dijo Draconis—. Hay dieciséis enanas amarillas en un radio de treinta años luz, y eso sin contar que las vecinas de clase F y K también tienen planetas habitados.
—¿Habitados o habitables? —dijo Karulis sonriendo—. No es una mera sutileza, supongo. Pero usted está pasando de la presunción al axioma.
—Nada de eso —se defendió el xenobiólogo—. He estado en cada uno de esos mundos y tengo pruebas de ello. —Y para reafirmar lo dicho, Draconis mostró su verdadera apariencia, la de un fulitex adulto de Tau Ceti. La sonrisa de Karulis se congeló y el corazón se le detuvo para siempre.

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Sergio Gaut vel Hartman

domingo, 28 de febrero de 2016

El primer viaje en el tiempo – Sergio Gaut vel Hartman


A su regreso del primer cronoviaje de la historia humana, al pie mismo de la máquina del tiempo que lo trasladara al remoto pasado, el profesor emérito de la universidad de Tandilia, Franco Sandonea, concedió una improvisada conferencia de prensa ante una enfervorizada multitud de periodistas de todos los medios del planeta y sus alrededores.
—¿Conoció a Aquiles, profesor? —primereó el corresponsal de Acrópolis Atenea favorecido por sus dos metros veinte de estatura.
—Lo conocí —respondió Sandonea—. Una gran decepción. El tipo era un enano engreído con un asesor de imagen excepcional.
—¿Qué puede decirnos de Nabushadrezzar I, Nabucodonosor para el vulgo? —espetó un experto en el tema que se salía de la vaina por brillar como un diamante.
—No fui a Babilonia, amigo, siento decepcionarlo —dijo Sandonea.
—Y a Lucrecia Borgia, ¿la vio cuando preparaba las pócimas? —La morbosidad de la pregunta disgustó al prefesor y lo obligó a poner los puntos sobre la íes.
—Escuchen: no viajé por todo el tiempo. Recorrí varios siglos, todos anteriores al episodio que más me perturbó e interesó siempre, la crucifixión. —Se produjo un silencio perplejo entre los periodistas, pero el viajero del tiempo no dio lugar a ninguna repregunta—. Supe desde un primer momento que a pesar de todos los riesgos debía intervenir. Así que intervine. —Giró la cabeza y miró la puerta de la máquina—. Flaco, podés salir —dijo—. Señoras y señores periodistas, con ustedes, el fundador del cristianismo…
Se oyó un rumor extraño, como si alguien dentro del artefacto tuviera dificultades para ponerse de pie. Y luego un silencio aún más incómodo que el anterior. Un silencio que fue roto por un periodista muy joven de la cadena Solar Novotny.
—Disculpe mi ignorancia, profesor. ¿Qué es el cristianismo?

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miércoles, 24 de febrero de 2016

Algunas cosas que decir – Sergio Gaut vel Hartman


¿Quién se anima ―susurró Bobby Fischer― a decirle al rey blanco que todo su reino es un patio de sesenta y cuatro baldosas, treinta y dos de las cuales son blancas y otras treinta y dos son negras, que comparte el espacio con un rey negro y otros catorce vagos, que su poder se limita a lo que dicta el capricho del jugador, yo, por ejemplo, y que lo más probable es que pase Navidad y Año Nuevo metido en una caja?
¡Yo me animo y se lo digo! ―exclamó a voz en cuello el rinoceronte de Ionesco.
¿También te animás a decirle que se terminó la cerveza?

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Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 20 de febrero de 2016

Un casamiento de porquería - Sergio Gaut vel Hartman


—Se les acabó el vino —dijo Miryam, consternada.
—¿Y a nosotros qué nos importa? —respondió Yeshua, de mal modo—. Somos invitados, no los organizadores.
—Hagan lo que él diga —le dijo la mujer a los sirvientes, terca. Sabía cómo manejar a su hijo. Había seis tinajas de cien litros cada una. Yeshua suspiró resignado; no podía contradecir a su madre delante de toda esa gente.
—Llenen las tinajas de agua, hasta arriba —dijo.
—Bien hecho, hijo —dijo Miryam. Pero antes de realizar la transformación, Jesús contempló largamente a su progenitora.
—Madre, ¿no te parece mejor que convierta el agua en Coca Cola? Todos estos vagos, sin educación ni control... encima borrachos… no sé…

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jueves, 4 de febrero de 2016

La mejor jugada – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Ustedes creen que los jugadores saben que nosotros tenemos conciencia, sentimientos; que sufrimos cuando nos eliminan del tablero, cuando cae un compañero; que morimos un poco cada vez que nuestro rey resigna la partida? ¿Pensaron alguna vez en eso cuando la mano los aferra y los conduce de aquí para allá siguiendo los dictados de sus caprichos? Nunca lo pensaron, ¿verdad?
El joven alfil, influido por las ideas que suelen quedar flotando sobre los escaques cuando el juego finaliza, trataba de generar un estado de reflexión crítica entre los miembros de su auditorio formado por peones cerriles, torres estúpidas y caballos apenas más que fogosos que brutos. Y como no obtuvo respuesta, esperó con mansedumbre a que el humano de turno lo despegara de efe uno para llevarlo a be cinco. Estaba seguro de que algún día podría establecer contacto con el ajedrecista y hasta sugerirle una mejor jugada.

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Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 23 de enero de 2016

Incidente desafortunado - Sergio Gaut vel Hartman


Beethoven no oye entrar a Borges, naturalmente, y el escritor no ve al músico, por lo que choca con él y recibe un soez insulto en alemán. Borges, que sospecha el idioma de Schiller, no piensa que ha atropellado a tan ilustre personaje; más bien deduce que su víctima es Otto Pflegger, un guardia de Treblika o en todo caso Hans Schwartzenegger, el feroz carnicero bávaro. De todos modos se disculpa en inglés, como cuadra a un caballero, aunque el genio de Bonn tampoco capta la disculpa y lejos de interpretar que está ante el autor de “El Aleph” imagina una conspiración judeo-masónica destinada a robarle la partitura de la Décima Sinfonía, que acaba de concluir. Reacciona mal y descarga una furiosa trompada que destroza el tabique nasal de Borges y desplaza una punta de hueso que se incrusta en el cerebro del escritor como un dardo de ballesta. Pero en contra de lo que los lectores pueden estar imaginando, el escritor no se queda atrás y antes de morir usa el bastón para machacar la nuca del músico con toda su fuerza remanente, lo que provoca el deceso de Beethoven unos segundos antes de que se produzca el propio. Es por culpa de este desafortunado incidente, y por ningún otro motivo, que la ópera en tres actos El milagro secreto, con libreto de Jorge Luis Borges y música de Ludwig van Beethoven, jamás se llegó a componer.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman   

miércoles, 30 de diciembre de 2015

No previsto – Sergio Gaut vel Hartman


Los escritores de ciencia ficción exploraron miles de variantes de lo que podría ser una invasión extraterrestre. Desde los ooloi de Octavia Butler hasta los insectoides de Scott Card, pasando por los marcianos de H. G. Wells, Fredric Brown, los Strugatski y una legión más, hemos conocido criaturas verdes de ojos saltones, saltamontes de ojos planos, babosas, medusas, aracnoides... Lo que ninguno de estos preclaros creadores pudo anticipar es que la Tierra sería invadida por unos asquerosos seres con forma de svástica, nazis hasta la médula, pedófilos, humanófagos, homofóbicos, y tan pervertidos que Elizabeth Báthory, Hannibal Lecter, Andrei Chikatilo, Joseph Menguele y Gilles de Rais, a su lado, resultan ser bebés de pecho que hace un minuto han mamado su segunda teta.

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Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 28 de noviembre de 2015

Otro Apocalipsis – Sergio Gaut vel Hartman


Se encuentran Adolf Hitler y Jorge Luis Borges en el Tiegarten de Berlín. El nazi, que no tiene mucha idea de quién es el escritor, empieza a hablar pestes de los judíos.
—Un momento —lo ataja Borges— usted debería tener en cuenta que el mundo es una creación de los judíos.
—¿Qué le dije? —se exalta Hitler—. ¡La sinarquía internacional! ¡La banca Rotschild! ¡Corrupción hebrea en todas partes! ¡Hay que matarlos a todos!
—Me parece que no entiende —insiste Borges mirando al führer a los ojos, ya que en este cuento el escritor ve perfectamente—: crearon el mundo; lea el Génesis, interiorícese en la Cabalah
—¡Soy ateo! —vocifera Hitler.
—Yo también —replica Borges—. Pero nuestro ateísmo no puede evitar el enojo de Yahvé; ahora vea lo que sucede por su culpa.
En efecto: las estrellas del firmamento, que hasta entonces habían brillado con inusual intensidad, empezaron a apagarse.

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Sergio Gaut vel Hartman

martes, 24 de noviembre de 2015

Descuido fatal – Sergio Gaut vel Hartman


El aspecto del hombre era lastimoso, como si acabara de regresar del frente de batalla. Pero eso no explicaba su descomunal angustia. Las mujeres nunca habían sido un tema importante para él; las atraía como la miel atrae a las moscas, y si por algún motivo una chica se le pegaba demasiado, encontraba un medio para sacársela de encima después de conquistarla. Ahora mantenía la vista fija en la estática de la pantalla vacía, mientras el código secreto destellaba como si se tratara de una tortura institucional. Casanova tendría que aceptar que la dama más apetecible iba a ser poseída por otro. Y no cualquier otro: los invasores hermafroditas del planeta Strudixck ignoraban que pudiera haber dos sexos en una misma especie, por lo que no solo estaban a punto de apoderarse de la Tierra, sino que además iban a liquidar a todas las hembras de puro ignorantes.

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Sergio Gaut vel Hartman

jueves, 12 de noviembre de 2015

El momento crítico del juego - Sergio Gaut vel Hartman


A Betina

Me gustaba jugar, o por lo menos me había gustado al principio. Los nuevos recursos informáticos facilitaban las cosas de tal modo que no resultaba complicado mantener tres o cuatro relaciones simultáneas, manipulando las expectativas de los hombres que me escribían, ilusionados por la posibilidad de conocer a una mujer como yo. Lo hice durante varios meses, y hasta llegué a encontrarme con algunos de ellos en cafés y confiterías. Pero mientras fumaba, con los ojos entrecerrados, descubriendo las mentiras de las fotos retocadas o los parches de papel y niebla de esas pobres vidas, me preguntaba si alguna vez, si en algún momento, hallaría al que estaba buscando. No, me dije muchas veces; esto es lo que hay. Hombres turbios y lastimados, muchos de ellos buenos tipos que descubrieron tarde que la vida puede ser otra cosa, que para vivir una relación de fantasía hay que atreverse a volar.
Pero un día todo cambió. Lo conocí a él, el hombre diferente que estaba esperando. Me invitó a vivir una aventura de otro orden, a embarcarme en un viaje sin rumbo. No garantizaba nada, pero yo no pedía garantías; me alcanzaba con el vértigo de intuir que era posible, otra vez, sentir con intensidad. No diré que era una relación perfecta, porque estaría mintiendo, pero era rica, estimulante, visceral en muchos aspectos, peligrosa en otros. Avanzamos. Intentamos construir algo.
No obstante, los mensajes de los otros seguían llegando. Miguel. Viudo, 59 años, buena situación económica. Escribano. Culto. Quiero conocerte. Esteban. Separado. 63; ardiente y creativo. Soy deportivo y atlético. ¿Nos vemos?
—Uno más —le dije para provocarlo. El humor es uno de nuestros mejores recursos. Y para llegar al humor, la provocación es un método excelente.
—¿Te sentís atraída?
—¡Claro! Podría ganar con el cambio.
—Adelante, entonces. ¿Qué te detiene?
—¡Tonto! Ya sabés que no me interesa. Que solo estoy jugando.
—Podrías seguirle la corriente y comparar…
—No necesito comparar. —Hice una pausa. Necesitaba unos segundos para golpear de nuevo—. Ya lo borré.
—¿Lo borraste?
—Lo eliminé. Delete. The end.
—¡Pobre!
—¿Te da pena?
—Y… un poco. Perderse un bombón como vos…
—Exagerado.
—¿Cómo dijiste que se llama?
—Se llamaba. Federico, creo. Era de Recoleta.
—Se llama. Todavía no se mudó, ¿no?
—Bueno, pero lo borré.
—Qué casualidad. Tengo un amigo que se llama Federico y vive en Recoleta.
—Este era abogado. Tenía 62. Miralo al anciano, tratando de levantar pendejas.
—¿Abogado de 62? Más que casualidad. Mi amigo también tiene 62 y es abogado. Fuimos juntos al Nacional.
—Lástima que lo liquidé. Hubiera sido lindo comparar más datos. ¿Y si fuera tu amigo?
—Linda paradoja: mi amigo tratando de levantarse a mi novia. Y siendo pateado en el intento.
—Bueno, no lo sabía —le dije.
—Pero se lo podría decir.
—¿Harías eso? Es un poco cruel.
—Bastante. Pero no estaría mal reproducir las bromas que nos hacíamos en los tiempos del colegio.
Me quedé pensando en las casualidades y coincidencias. Y no volvimos a hablar del tema en los tres días siguientes. Pero cuando retornamos al tema las cosas habían cambiado drásticamente.
—Murió Federico.
—¿Quién?
—Federico. El que quería conocerte.
—¿Era tu amigo, nomás?
—Era. Y murió el día que lo borraste.
—¿Estás hablando en serio? —El asunto empezaba a gustarme un poco menos.
—Hablo en serio. A mí tampoco me gustó enterarme de eso —agregó, como si me estuviera leyendo el pensamiento, algo que hace con demasiada frecuencia.
—¿Estaba enfermo?
—No, eso es lo raro. Murió, dice la hija, como si lo hubiera fulminado un rayo. Estaban cenando.
Creo que si me hubiera mirado al espejo en ese momento me habría espantado mi palidez. —Lo borré a las nueve y media, me parece —murmuré.
—Sí, más o menos. ¡Qué casualidad!
Corté la comunicación. Lo que había empezado siendo un juego inocente empezaba a adquirir tintes sombríos. Revisé el historial de los candidatos borrados en las últimas dos semanas e hice un listado, tratando de recopilar la mayor cantidad de datos que fuera posible. No resultó sencillo, ya que por lo general solo conservaba el nombre o un seudónimo. Sin embargo, conseguí bastante información de todos aquellos con los que había llegado a chatear y de los últimos con los que me había encontrado en persona. Aún antes de verificar nada, un sudor frío me recorrió el cuerpo. ¿Qué había hecho? En su momento disfruté el instante del delete, pero sé que no lo hubiera hecho de haber imaginado, siquiera remotamente, que podía hacerle daño a alguien. La investigación arrojó los resultados temidos: todos los hombres que yo había borrado en las últimas semanas murieron trágicamente el día en que los eliminé. Hablé de inmediato con mi terapeuta y le pedí que adelantáramos la sesión; no le di explicaciones y me pregunté cómo haría para soportar la espera. La soportarás  pensando, dijo ella.
—Es una mera casualidad —Mi amor trató de sacarle presión al asunto cuando hablamos por teléfono aquella noche—. No te preocupes.
—No me preocupo —le respondí—; me ocupo. Trato de encontrarle una salida a esto.
—Hmmm —dijo él—. Debe haber una explicación en alguna parte. El universo es sincrónico, y es tu teoría, no la mía. Si ocurrió, debe ser por algo. Yo buscaría por ese lado.
No está mal, me dije. Si lo elegí es porque tiene cerebro, Y yo, además de cerebro, tengo algunos otros atributos. Claro. No está mal. ¿Por qué no? Por primera vez en varios días me permití sonreír. Es una señal, claro que lo es. Una señal muy clara, luminosa. No fue casualidad, ¡por supuesto que no!
Hice lo que debía: una lista, otra lista. Empecé a rastrear a ciertos y determinados políticos y empresarios. Cebé la trampa. Solo tenía que esperar que los ratoncitos empezaran a caer en ella.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Mejor que hacer es recordar – Sergio Gaut vel Hartman


—Crezcan y multiplíquense —dijo el Poeta, y miles de diositos salieron de las páginas del Libro y se metieron en los hormigueros y en las madrigueras y en todos los agujeros que encontraron y crearon millones de universos paralelos basados en los versos que recordaban malamente. Pero al cabo de algún tiempo se pusieron a escribir narraciones luego de beber el jugo de la manzana del mal y el Poeta los castigó y les retiró la inmortalidad, la invulnerabilidad y la invisibilidad, por lo que tuvieron que vagar por el mundo desprotegidos y en pelotas. Siempre temerosos, siempre temblorosos, los diositos sabían que sus días estaban contados. Y contaban bien, porque solo habían transcurrido 345.545.234 días, cuando Gutemberg Hormiga inventó la imprenta de ocho patas, se la tiró por la cabeza y los aplastó a todos.

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Sergio Gaut vel Hartman

Omisión fatal - Sergio Gaut vel Hartman


Fue a la Velada Literaria de Lilita Carreta con la serena convicción de que sería la estrella de la noche. Pero leyeron ficciones de Galeano, Arreola, Ranea, Monterroso, de la Serna, Hemingway, Bentivoglio, Lagmanovich, Saldívar, Nassr, Ramos Signes, Avilés Fabila, Brasca, Shua, Bernal y Frini, pero a él, Amadeo Meteosat, el humilde personaje de "Ferrari a toda marcha", una microficción de 149 palabras pergeñada por Brian Tylor, ni lo nombraron.

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Sergio Gaut vel Hartman

Desaforismos – Sergio Gaut vel Hartman


El poeta despertó. Se había quedado dormido a la sombra de un frondoso roble. A su lado, abierto en la página 149, estaba el libro de refranes que estaba leyendo cuando se quedó dormido. No sabía por qué lo eligió: era una colección de vulgares mediocridades, lecciones de vida para reforzar la cobardía de los que no se atreven a moverse, los que no se arriesgan a disfrutar la fragante libertad.
—¿Estoy equivocado? —le dijo al gorrión que buscaba semillas y lombrices a un metro de su mano.
—Estás en lo cierto —respondió el gorrión. El poeta no se sorprendió de que el gorrión le hubiera contestado. Más aún, desestimó la posibilidad de atraparlo, se puso de pie, extendió los brazos, y voló en busca de los otros cien gorriones parlanchines que lo esperaban en el aire, deseosos de iniciar una conversación que les permitiera, juntos, demoler las idioteces del refranero.

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Sergio Gaut vel Hartman

Dalí contemplando una acuarela de Hitler – Sergio Gaut vel Hartman


A pesar de ser mellizas desde su nacimiento, Nusaa y Sunaa se conocieron en el sauna del hotel Asuan de Nasau, Bahamas, el 25 de noviembre de 2017. Está de más decir que la empatía fue instantánea.
—Solo estaré aquí algunas horas —dijo Sunaa—. Pero sé que te amo y que te amaré por el resto de mi vida.
—No podemos amarnos —replicó compungida Nusaa—. Lo prohíbe el decreto de necesidad y urgencia número 25582/17.
—En este lugar no rigen las leyes; estamos en el séptimo subsuelo, tan cerca del infierno que me dan ganas de cantar boleros.
—¿Será por eso que el tiempo discurre lento como la miel?
—En efecto. — Nusaa se metió un dedo en la narina y sacó un trozo de mortadela con pistacho—. Cuando subamos al nivel del suelo el mundo habrá desaparecido.
Subieron por las escaleras; el mundo ya casi había desaparecido.

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Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 31 de octubre de 2015

Un secreto bien guardado – Sergio Gaut vel Hartman


¡Abenatar, amigo! ¡Dicen que ha nacido el mesías!
El comerciante se alzó de hombros (estaba contando botones) y tardó unos buenos cinco minutos en prestarle atención a Jotafet.
¿Y a mí qué? ―dijo finalmente―. ¿Acaso voy a solucionar mis problemas porque haya nacido el mesías? ¿El nacimiento del mesías pagará lo que le debo al sirio Rabunafia? ¿Acaso porque haya nacido el mesías se detendrán las quejas de Falomié cuando le pida que me conceda el privilegio de entrar en ella? No, Jotafet, a mí no me cambia nada que haya nacido el mesías.
Una vez más, el pobre Jotafet quedó en silencio y se guardó para sí el secreto que lo atormentaba, y que a nadie más que a Abenatar se hubiera atrevido a revelar; tampoco lo haría esta vez. Él, que tenía el don de ver en el futuro, sabía que el mesías no iba a traerle bendiciones a los judíos, que no era el mesías que estaban esperando, que la nueva religión fundada por el mesías no tardaría en oponerse al judaísmo y que pasarían más de dos mil años antes de que las tres ramas del monoteísmo volvieran a juntarse. Porque incluso eso veía Jotafet, veía el nacimiento del Islam, las cruzadas, la Inquisición, los pogroms, el Holocausto, los terroristas autoinmolados y la discriminación mutua, en todas sus formas. Y hasta veía que la tan ansiada fusión, que ocurriría el 31 de marzo de 2590, 5 Nisan de 6350, se formalizaría entre el último cristiano, el último judío y el último musulmán, cuando ya no fuera posible repoblar la Tierra porque todas las mujeres, esa subespecie despreciada por las tres religiones, había desaparecido de la faz del planeta.

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Sergio Gaut vel Hartman

viernes, 23 de octubre de 2015

Deshoras – Sergio Gaut vel Hartman


—Me quedo trabajando, querida. Supongo que no terminaremos antes de la una o dos de la mañana. El balance...
—Ay, qué pena. ¿En serio no querés venir a comer los ravioli con salsa de hongos que preparé?
—Me encantaría, amor, pero ya conocés a mi jefe; es como si me estuviera apuntando con una pistola. Quiere que terminemos hoy, sí o sí.
—¿El gordo? Sí que lo sé; es un pesado, petulante y soberbio, pero aprecia mis ravioli.
—¿Los aprecia? ¡Qué raro! Si nunca lo invitamos a comer...
—No estés tan seguro, bichi.
—Esperá que le pregunto; lo tengo aquí a mi lado.
—Dejá, mejor le pregunto yo.

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jueves, 15 de octubre de 2015

La última celada – Sergio Gaut vel Hartman


El Gran Maestro Vladimir Lapotov, alertado por sus propias triquiñuelas de que el mundo del ajedrez había sido pervertido por el mal uso de la informática, empezó a jugar la partida decisiva del XC Torneo de Hastings con los sentidos alerta y el ánimo perturbado. Su adversario, el Gran Maestro Kostantin Szabó, venía ganando todos los juegos sin que sus rivales pudieran ofrecer la menor resistencia. Lapotov intuía que Szabó se había hecho implantar un puerto de entrada de ondas xi, la última moda en materia de empaquetamiento de señales, y que un operador manejaba una Jubka Premium, el non plus ultra en materia de ordenadores ajedrecísticos, enviándole las mejores jugadas posibles. Por lo pronto, y tras una apertura en la que el húngaro había sacado una ventaja posicional notable, Lapotov se encontraba maniatado, casi sin contrachances en un medio juego complicado. Su rabia fue en aumento y cuando Szabó hizo una jugada que tenía el inconfundible sello de Jubka, y lo dejaba en posición desesperada, Lapotov se levantó de su silla y sacando una Glock del bolsillo le voló la cabeza a Szabó. Pero enorme fue su sorpresa al ver que de la herida, de la que debería haber manado sangre, saltaban chips, relés y nanotransmisores. La sala contuvo el aliento y hubo un instante de tensa incertidumbre que fue roto por  Igor Torilenko, el entrenador de Kostantin Szabó, quien dándole un empujoncito al simulacro suplente, lo hizo sentar frente al tablero mientras los ordenanzas limpiaban el estropicio.
—Aquí no ha pasado nada —dijo Torilenko—. La partida sigue.

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domingo, 11 de octubre de 2015

El asunto de los gorgojos – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Y cómo le dio por criar gorgojos, Pudibundo, si se puede saber?
—Se puede, Fracasia, se puede. Verá, estaba yo ayunando para honrar la fiesta del Peridonal...
—¿Es usted marmórico, Pudibundo? Jamás lo hubiera imaginado.
—No se confunda, Fracasia. Los que festejamos el Peridonal somos los excrementiceos de la divina deposición. Pero no me aparte del tema, por favor.
—Lo siento, continúe con su instructivo relato.
—Continúo. Como usted bien sabe, o tal vez ignore, da lo mismo, las honras excrementiceas se efectivizan mediante un ayuno ecléctico previo, que consiste en la ingesta de harinas leudadas a las que se somete a un proceso de estacionamiento que dura seis meses, seis días y cinco horas. 
—¿Así de exacto, Pudibundo?
—Así de exacto y riguroso, Fracasia. Pero no me interrumpa, por favor.
—Perdón de nuevo. Siga, siga.
—Inevitablemente un lapso tan prolongado de almacenamiento de las harinas facilita la proliferación de gorgojos de todo calibre.
—¿Hay muchos calibres de gorgojos, Pudibundo?
—Infinitos, Fracasia, pero le vuelvo a rogar que no me interrumpa.
—Perdón una vez más; no lo volveré a hacer.
—En esas circunstancias, en vez de separar la paja del trigo, o los gorgojos de la harina, que es casi lo mismo, advertí que el ayuno derivado de las honras excrementiceas podría tener unos interesantes efectos derivados.
—Y fue ahí que empezó a criar gorgojos.
—Aún no. La iluminación me llegó varios días después, justamente cuando me presenté ante el Zor de Verano, que es quien recibe las ofrendas de Peridonal.
—Es decir, el Peridonal se festeja en verano.
—No. El Peridonal se festeja en otoño. El Zor recibe ese nombre porque la acumulación de ofrendas eleva la temperatura del templo. Pero me ha interrumpido de nuevo, Fracasia.  
—¡Soy incorregible!
—En absoluto. Ya verá que se enmienda en cuanto le aplique mi correctivo especial, que consiste en una...
—Ahora el que se está apartando del tema de los gorgojos es usted...
—Tiene razón. Reanudo y enlazo. Al presentarme ante el Zor de Verano y contemplar su rostro enjuto y picudo como el de un gorgojo, con su aparato bucal masticador en el extremo de una probóscide, en ese mismo momento, recibí el mandato del Máximo Depositor para que dedicara el resto de mi vida a la cría de esos inofensivos y simpáticos insectos.
—Pero si usted dedica el resto de su vida a la cría de gorgojos no tendrá tiempo para cultivar nuestra amistad y la misma se marchitará como un rosal mal regado.
—No proteste, Fracasia. La vida es como es, no como a uno le gustaría que fuese. Y, por otra parte, tenemos el asunto ese del correctivo, que nos unirá para siempre.
—Tengo curiosidad por saber en qué consiste el correctivo, Pudibundo.
—Ya mismo se lo explico. Venga a mi recámara y quítese toda la ropa, Fracasia.
—¿Toda, Pudibundo?
—Absolutamente toda, Fracasia.

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martes, 29 de septiembre de 2015

Hay muchas formas de viajar – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Le gusta viajar, Clariberta?
—¡Ay, sí, Teofrasto! ¿Adónde me va a llevar?
—Santos Lugares, ¿qué le parece?
—¡Estupendo! ¡Maravilloso! Ya me imagino: Jerusalem, La Meca, Roma, Lourdes. ¿Cuál de todos esos santos lugares tiene en mente?
—Santos Lugares, partido de Tres de Febrero, ferrocarril Urquiza, el que sale de Federico Lacroze. Buen servicio, muy puntual. No la noto muy entusiasmada.
—Por favor, Teofrasto. Yo con usted iría hasta el fin del mundo.
—Jamás le propondría algo así, Clariberta. El fin del mundo es algo muy triste, un lugar sin mañana, ¿comprende?
—En realidad no, ni siquiera sé de qué me está hablando. Pero no importa. Yo lo admiro por el enorme pene anillado que me transporta al paraíso cada vez que me penetra. ¿El paraíso y el fin del mundo son lo mismo?
—¿No se estará confundiendo, Clariberta? El del pene anillado es mi hermano mellizo, Teofrastro.
—Me deja anonadada, estupefacta. ¿Cómo es posible que usted y su hermano mellizo se llamen del mismo modo?
—Nos pusieron el mismo nombre para que no nos confundiéramos, imagínese: somos dos gotas de agua, si obviamos el asunto del pene, claro.
—¿Llamarse igual no es motivo de confusión?
—¡No, todo lo contrario! Supóngase que en lugar de Teofrastro mi hermano se llamara Carlitos, y toda la gente, incluso yo mismo, le dijera Teofrastro.
—Tiene razón; sería terrible.
—Entonces, ¿acepta mi invitación?
—Me decepciona un poco que su pene no sea anillado, por lo que no podrá transportarme al paraíso cuando me penetre. Pero igual acepto.
—Yo me refería a ir a Santos Lugares.
—Ah, cierto, tiene razón. ¿Cuándo salimos?
—Ahora mismo. Aquí llega el tren.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman