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sábado, 11 de marzo de 2017

La Isla Tortuga (Leyenda Ugudibuu) – Tanya Tynjälä



Dicen que en un principio, cuando el mundo estaba Nuevo, los hombres vivían en una isla muy cerca de la tierra. Esta isla estaba llena de grutas y cuevas en donde los hombres habían decidido vivir para protegerse del calor y del frío. Sin embargo no había vegetación y mucho menos animales. Así pues, los hombres debían nadar hacia la tierra para recolectar frutas, verduras y cazar pequeños animales con los cuales se alimentaban. Esto lo hacían muy rápido pues temían a las grandes fieras.
Era la razón por la cual preferían vivir en la isla. Mudarse a la tierra les hubiera facilitado la vida, pero tenían tanto miedo a ser devorados en vez de ser devoradores que preferían nadar hacia la tierra cuando lo necesitaban. Por suerte para ellos ninguna de las grandes fieras sabían nadar.
Un día la isla empezó a temblar; primero ligeramente, luego tan fuerte que algunos murieron al caer de las cuevas más altas. Un hombre se atrevió a salir para indagar qué pasaba y no pudo creer lo que veían sus ojos: su isla era en realidad una gigantesca Tortuga que había despertado de su largo sueño de años y nadaba tranquilamente por el mar.
Diez días duró la travesía de la Tortuga con los aterrorizados hombres escondidos en las cuevas de su caparazón, muriendo de hambre y de sed. Finalmente llegó a otra tierra, se acercó a la orilla, comió árboles hasta saciarse y al terminar, metió la cabeza y se quedó dormida.
Los hombres se apresuraron a salir de la Tortuga. Salieron cientos, miles y poblaron la tierra. Preferían correr el riesgo de ser devorados por las fieras a tener que soportar otro viaje en el gigantesco animal.
Desde ese día el hombre dejó de ser el parásito de la Tortuga y se convirtió en el parásito de la tierra.

Acerca de la autora:
Tanya Tynjälä

lunes, 4 de abril de 2016

Signos inequívocos de una muerte cercana - Tanya Tynjälä


La fila de hormigas caminaba llevándose el azúcar desde la cocina hacia el patio. No las maté. Mi abuela siempre decía que ese era un signo inequívoco de una muerte cercana. No pude evitar sentirme contento.
No soy una mala persona, no ando deseando la muerte de cada persona que se me cruza en el camino haciéndome alguna perrada, pero todos tienen un límite y no soy Job.
La madre de mi novia no me considera digno de su hija. Para ella soy solo un mediocre cajero de banco, sin el futuro grandioso que soñaba para su “princesa”. No oculta su desprecio hacia mí cada vez que tiene la ocasión. Pero está enferma, grave, todos los saben: Seguro es ella la que va a morir.
Recuerdo la vez que me invitó a una reunión familiar, solo para humillarme invitando también a un “amigo de la familia” joven, guapo y ricachón. “¿Recuerdas, Anita? De pequeños decían que se casarían de grandes”, comentaba sonriendo. Poco importaba que mi novia lo le hiciera caso, ella insistía: “¿No es cierto que está muy guapo? ¡Es el partido ideal, tiene su propia empresa!”. De nada valió el apoyo de mi Ana, pidiéndome que no le hiciera caso, la vieja me arruinó el día.
Un perro aúlla a lo lejos: otro signo, la muerte está cerca. Sigo preparándome para ir al banco. Será un día largo y pesado, día de paga. Todos quieren cobrar su sueldo. Yo igual no dejaré de sonreír. Es fácil ser amable cuando sabes que todos tus problemas desaparecerán de un solo golpe.
Disfruto pensando en nuestro futuro, sé que no pudo ofrecerle mucho, pero lo que le daré, será de corazón. Si pudiera, le diría que no trabaje… pero eso es imposible con mi sueldo. Es otra de las críticas de su madre: “¡Pero si ni para mantenerla bien tienes! ¿Para qué te quieres casar?”. Y sigue quejándose de que su pobre hija tendrá que trabajar toda su vida y sigue y sigue…
En el trabajo no puedo pensar en otra cosa, no me concentro, me equivoco varias veces al contar el dinero. No sonrío, estoy tenso, si el jefe se da cuenta… De pronto una campana nos sobresalta. Pensamos inmediatamente en una alarma. Una secretaria se ríe.
—Fíjense, el despertador que me regaló mi hija para el día de la madre, ese que se malogró al segundo día y que guardo solo por cariño, ¡se puso a sonar de pronto! ¡Qué susto! ¿No?
Sí, “que susto ¿no?” ¡Qué alegría digo yo! Tres signos al mismo tiempo. No pueden fallar.
El banco cierra, salgo presuroso a la parada de autobús. Quiero llegar a casa lo más rápido posible. El ojo izquierdo me palpita: cuatro signos en un día. Debo parecer asombrado y triste cuando Ana me dé la noticia. Quiero…
… No vi el camión, todo el cuerpo me duele. La gente que se mueve a mi alrededor… escucho sus gritos de auxilio, también escucho aullar a un perro, mientras veo a las personas como si se alejaran cada vez más hasta hacerse pequeñas, como las hormigas...

Acerca de la autora:
Tanya Tynjälä

martes, 27 de octubre de 2015

El día que abandonaron la Tierra – Tanya Tynjälä


Llevábamos  horas buscando al gato. Sabíamos que no nos esperarían, que teníamos poco tiempo, pero lo habíamos encontrado en la basura cuando sólo tenía una semana y lo alimentamos con un cuentagotas hasta que pudo comer solo: Era casi como nuestro hijo.
Y nuestro pequeño buscaba también frenético, entre lágrimas. No podía dejar a su querido compañero de travesuras. “Es solo un animal” dirían algunos, pero…
Cuando lo encontramos, escondido dentro de una caja de zapatos, nos dispusimos a salir. Mi hijo no quería dejar atrás unas fotos de la familia y se detuvo para buscarlas. Es ahí cuando sonaron las sirenas. No era la hora señalada, ¿qué habría pasado? Salimos corriendo del apartamento. En el corredor cortaron la electricidad. No podíamos usar el ascensor… y vivíamos en el piso 47.
Nos dirigimos presurosos a la escalera de emergencia, tres pisos más abajo mi hijo trastabilló, sus piernecitas no lograban ir tan rápido. Las fotos volaron, le sangraba la nariz…
No lo lograremos, está claro, no lo lograremos. Mi esposo lo sabe, nos miramos en silencio y así, sin una palabra,  estamos de acuerdo. Limpio las lágrimas del rostro de mi pequeño y le aseguro que todo estará bien. Subimos lentamente las escaleras. Entramos a nuestra casa. Nos metemos todos en la cama. No tenemos miedo, nada puede hacernos daño si estamos  juntos, pues nada nos separará. El gato ronronea feliz.
Escuchamos la cuenta regresiva en la más completa paz:
Cinco, cuatro, tres, dos, un…

Acerca de la autora:
Tanya Tynjälä

lunes, 19 de octubre de 2015

La danza de Shiva – Tanya Tynjälä


Él se bañó escrupulosamente, como todas las tardes. Se dispuso a cumplir con sus metódicos ritos para vestirse, pero vio en su reloj de pared que ya era casi la hora de su reunión virtual diaria. Se apresuró, tratando mal que bien, de cumplir los ritos.
Se sentó ante su gran pantalla para conversar con Ella. Ya no recordaba cómo empezaron esas reuniones, pero le agradaba compartir esos momentos con alguien tan bella como inteligente. Los temas eran quizá aburridamente filosóficos para algunos, pero Él los encontraba fascinantes. Inclusive diría que había dado su alma gemela. ¿Se estaría enamorando?
La pantalla se encendió y la imagen contrariada de la joven se presentó.
—¡Hola!... te noto extraña hoy, ¿pasa algo malo?
—Sí — una ligera sonrisa se dibujó.— Me han cancelado un proyecto en la universidad en la que trabajo, falta de fondos.
—¡Oh! ¡Lo siento mucho! Ese es un gran problema mundial, la falta de fondos. La crisis, ¿sabes?
—Sí.— Suspiró. — Tú jamás me has preguntado en qué trabajo.
—Por los temas que tocamos siempre pensé que eras filósofa, no he sentido la necesidad de corroborarlo. — Sonrió.
—En realidad soy ingeniera informática, especializada en inteligencia artificial.
—¡Jamás lo hubiera pensado!
—Hace unos años presenté mi mayor proyecto, la de hacer que un cerebro artificial fuera capaz de razonar, de elaborar ideas complejas.
—Cogito ergo sum.
—Exacto. Funcionó, era increíble ver cómo el cerebro era capaz de sacar sus propias conclusiones sobre lo que significa existir y vivir por ejemplo.
—Uno de nuestros temas favoritos.
—Sí. Bueno, la universidad me dice que ya probé mi punto, que se están gastando muchos fondos y que se necesita ese dinero para otros proyectos nuevos.
—Siento que eso te pase.—Hubo un embarazoso silencio que Ella interrumpió abruptamente.
—Eres la danza de Shiva y yo soy Shiva.
Él se sintió confundido.
—¿Perdón?
—Existes pero no está vivo.
Él se sintió de pronto muy incómodo.
—Eres mi proyecto, debo apagarte.— Dijo y se puso a llorar.
Él pensó en una broma de mal gusto, pero las lágrimas de Ellas lo angustiaron.
—¿De qué hablas? ¡Claro que existo y estoy vivo! ¡Esta es mi casa, mis cosas!
—¿En qué trabajas? ¿Quién es tu familia?
No pudo contestar.
—Lo siento, se acerca la hora, debo apagarte.
—¡No! —Gritó Él desesperado. —¡Espera, no me pueden hacer esto, estoy vivo!
—No. —Dijo Ella y volvió a llorar. —Existes, pero no estás vivo. Lo siento, ya es hora.
Él quiso decir algo más, pero cayó en la nada.

Acerca de la autora:
Tanya Tynjälä

domingo, 13 de septiembre de 2015

Babel Revisited - Tanya Tynjälä


Cuando los Ingenieros Escandinavos dejaron en manos de esos jóvenes nativos africanos tabletas digitales para suplir la falta de profesores en tan remotos parajes, jamás pensaron las consecuencias que su experimento social tendría en el mundo. Al principio todo parecía perfecto. Los niños tardaron muy poco en entender cómo funcionaban los dispositivos y pronto se encontraron utilizando sin problemas juegos educativos que les enseñaban a leer. Los Ingenieros Escandinavos recibieron muchas felicitaciones y se decidió utilizar ese método en otros lugares con carencia de profesores. Pronto la humanidad prescindió de los mismos, alegando que los niños aprendían más fácil, de manera más uniforme y más barata con las tabletas digitales. El analfabetismo, como algunas enfermedades virales, desapareció del planeta. Fue muy tarde cuando uno de esos iniciales ingenieros, notó alarmantes anomalías en el aprendizaje. En esa lejana y primera aldea africana, empezaron violentas luchas que luego él atribuyó a malos entendidos. Entonces comprendió que al no tener un profesor con quién contrastar lo que aprendían, muchos no habían entendido lo mismo. Así pues palabras tan elementales como “comer” o “beber”, no tenían el mismo significado para todos. Al principio los cambios fueron tan sutiles, que nadie los notó, luego evolucionaron hasta hacer la comunicación casi imposible. De nada valió alertar a los gobiernos, ellos —sobre todo los de países menos desarrollados— estaban contentos con los resultados. Muchos años después, cuando el planeta se encontraba devastado por pequeñas hordas que trataban de sobrevivir como podían en ese caos lingüístico, sin agua potable, sin energía eléctrica, uno de los ancianos Ingenieros Escandinavos sobreviviente, maldijo el momento en que colocaron en las manos de esos jóvenes nativos africanos, la primera tableta digital.

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Tanya Tynjälä

sábado, 5 de septiembre de 2015

Del por qué dejamos de volar hacia las estrellas - Tanya Tynjälä


(En algún lugar de la galaxia de Circinus)
Cuenta la leyenda que antes de que el polvo dorado de las horas cubriera los altos Domos de Cristal, nuestros ancestros descifraron el secreto de viajar hacia galaxias lejanas. Construyeron varios vehículos voladores tan brillantes como nuestros cuatro soles y se dispusieron a buscar otros mundos habitados. Deseaban compartir, aprender, encontrarse con esos seres, quizá distintos en apariencia, pero igualmente creados con amor por la Madre Universal.
Mucho tardó la búsqueda, la tristeza ante el vano intento los embargaba, hasta que en una lejana galaxia encontraron un único sol cuyo tercer planeta rebozaba de vida.
De inmediato emprendieron el viaje que los llevaría al histórico encuentro... y fueron atacados, las máquinas voladoras destruidas, nuestros hermanos masacrados y desmembrados para luego estudiar sus partes. Se nos acusó de monstruos, de elucubrar crueles conspiraciones para dominar su planeta…
Nuestros líderes pensaron en un malentendido y prosiguieron con los viajes con la esperanza de convencer a esos seres de lo bueno de nuestras intenciones. ¡La Madre Universal, no podía haber creado tan bárbaras criaturas! ¡En algún lado debían tener alma! Pero las masacres siguieron, jamás trataron de entendernos, de entablar comunicación con nosotros.
Es por eso que decidimos dejar de volar hacia las estrellas, por temor a encontrarnos con otros mundos poblados por seres tan llenos de odio. Destruimos todas las máquinas, eliminamos todo vestigio de tan triste tecnología y solo nos queda mirar de cuándo en cuándo hacia el firmamento, para comprobar que ellos siguen sin descifrar el secreto de viajar a otras galaxias…
…y quiera la Madre Universal que nunca lo hagan.

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Tanya Tynjälä

miércoles, 17 de junio de 2015

El erotófago - Tanya Tynjälä


El erotófago se alimenta de vírgenes interiores. Esas que se entregan como si fuera el último día de sus vidas y que aman como si fuera la primera vez.
Él sufre a causa de su esencia infernal que lo hace vivir por los siglos de los siglos sin jamás poder utilizar una cama para dormir. Quizá es para olvidar su desesperación que degrada a la pobre infeliz que cae en sus garras o quizá es por la ira de saber que él nunca será humano.
Todos saben que las vírgenes interiores son cada vez más escasas y que las pocas que quedan desconfían hasta de la extraña sombra de los árboles, así que para lograr su cometido el erotófago ha desarrollado el arte del camaleón. Yo conocí a uno que empapeló su cueva con anaqueles atiborrados de antiguos libros imposibles de leer, conjuró al espíritu de Paganini para que tocase continuamente el Trino del Diablo en su madriguera, se puso un marquito de carey y hasta usó corbata, todo para hacer caer en sus redes a una inexperta jovenzuela infectada de intelectocracia. La muy tonta, impresionada por el falso decorado, lo amó tiernamente; pero la no tan tonta, en cuanto se dio cuenta del peligro hizo una reverencia y se fue sin más explicaciones.
Ella lloró dos meses, tres días y cuatro horas pero nunca regresó, pues pensó que él ya había conseguido otra presa; es por eso que no se enteró que el Erotófago tuvo que contentarse con chupar los huesos de antiguas amantes compradas al por mayor.

Acerca de la autora:
Tanya Tynjälä