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lunes, 4 de abril de 2016

1961 - Abel Maas


Me acordé cuando el actor Dringue Farías entró en el cuadrado de la tele, en la caja boba, como se la empezó a llamar en esa época, lo hizo por la izquierda y mostró un cartel  con la inscripción “1961”, el año que ya había comenzado. Dijo que ese año sería igual de arriba para abajo que de abajo para arriba y a continuación giró el cartel 180 grados, lo hizo dos veces. Luego clavó su mueca de payaso, después una reverencia y salió de cuadro por el mismo lugar que había entrado.
Me pregunto si acaso es necesario y si así fuera para quién lo es, que yo me acuerde de estas cosas, y lo peor es que tengo un par de centenas. También quisiera saber por qué consulte con la Wikipedia en busca del  verdadero nombre del artista –Juan Manuel Farías Torterolo– que nació en 1914, el mismo año que Cortázar, uno después que mi papá. 
En ese año bidireccional ingresé en la escuela secundaria con el promedio más alto, y nunca más. Eso quiere decir que ahora tengo sesenta y ocho años y dentro de dos, tendré setenta. Y más tarde ochenta; entonces tal vez quieran hacerme una fiesta de cumpleaños, como recientemente se la hicieron a Mario Vargas Llosa pero si son cuatrocientos invitados yo no la garpo. Y si cuando entro al salón me veo en la obligación de tomarme de la mano con una Isabel Preysler me muero ahí mismo, pero no porque la señora me asuste, sino porque se la cojía Julio Iglesias, y un tipo como yo no puede transitar ese camino.

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jueves, 3 de marzo de 2016

Día del Escritor - Abel Maas


En el Día del Escritor,  no puedo dejar de felicitar a Daniel Brandelini, hombre de Villa Crespo, gran tomador de mate. Daniel escribió un libro que se llama “Azares y Azahares”, y dice así: “Este es el libro que escribí, al que le guste bien, y al que no que reviente”. Recomiendo la compra del libro, sin obligación de leerlo, el flaco debe seis meses de expensas.

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miércoles, 24 de febrero de 2016

El asado del domingo - Abel Maas



El asado es un componente básico en el desarrollo de la vida sentimental del hombre del Río de la Plata. Cuando nos enchastramos con el carbón, cuando encendemos el fuego, cuando nos quemamos, cuando nos lloran los ojos, acomodamos, controlamos y calculamos ese delicado equilibrio entre carnes y brasas. Hay que decirlo claramente: ellas se calientan con eso. No es fácil de entender, no es explícito, pero es así. Sin el componente sexual, porque estamos concentrados en otra cosa, a los hombres también nos gusta ser observados durante esa tarea, por nuestras esposas y por las de nuestros amigos. Sobre todo las de nuestros amigos. De un amigo.
Ese plus de masculinidad que se nos atribuye al vernos en ese estado lamentable, resulta incomprensible, aunque tal vez sea una de las variables del famoso vínculo sadomasoquista.
Nadie como uno mismo para ser el rey de esa ceremonia y cada uno de nosotros sabe íntimamente que uno es el mejor y el secreto mejor guardado serán los datos del propio carnicero.
A mí me gusta mucho hacer asados y los hago mejor que nadie, pero no los hago nunca porque no soporto que me griten “¡un aplauso para el asador!”.
Las mayores y únicas abanderadas en esta causa noble, serán nuestras chicas —más o menos chicas— que ocupan total o parcialmente nuestro corazón, son ellas las que dirán:
—El asado lo hace ÉL;
—ÉL hace el asado.
—Hace mucho que no hacés un asado.
—No sólo hace el asado, también te lo cuenta.
—Lo único que sabe hacer es el asado.
—Llevale un vaso de vino a tu padre.
—¿Voy trayendo las ensaladas?, dale Samantha, movete
—Eso sí, el asado lo hace bien.
—No sirve ni para hacer un asado.
Y están las que, finalmente, imposibilitadas de despojarse de su rol filial, nos susurrarán al oído:
—…papu, que rico te sale el asado...
Brindo con los amigos del blog por esa muchacha que me lo dijo.

viernes, 12 de febrero de 2016

Mara - Abel Maas


Yo estaba en el albergue de Puerto Madryn, recién inaugurado, éramos siete gandules que celebrábamos el fin del bachillerato, festejo inmerecido en mi caso, que tenía cuatro materias para marzo.
Cuando vi entrar a Mara por la puerta del albergue me pareció familiar. Llevaba una pequeña mochila de gamuza en uno de sus hombros y la otra mano en el bolsillo. Era menuda, tenía una melena lacia y corta, piel cobriza; nos dio la mano firme a cada uno, y miró a todos a los ojos.
Felizmente, en aquella época hombres y mujeres (yo estaba estudiando para ser un hombre) nos dábamos la mano al saludarnos por primera vez, el muchacho decía “mucho gusto”, la chica decía “encantada” y había una pausa ahí. Si me hubiera dado un besito sin conocerme, todo hubiera sido muy distinto.
El primer tipo que se acercó para hablarle era un repelente, mayor que yo, que se creía John Wayne, tan repelente era que usaba slip, lo vi cambiarse en el dormitorio comunitario. Aguantando la bronca, pude ver como Mara lo escuchaba, lo atendía, y hasta le tocó el antebrazo. Después comprendí que solo fue cordial.
Algo habré hecho para que se sentara junto a mí, tal vez ella también vio el espejo. Me contó que tenía 27 años, que vivía en La Plata, y estaba por recibirse de veterinaria. Nunca había conocido a nadie que estudiara veterinaria y eso le agregaba un plus de curiosidad. Le dije que tenía una carpa y ella me contestó que le gustaban mucho las carpas. Entonces nos fuimos a Puerto Pirámides que, en aquella época, era la playa de Robinson Crusoe. Clavé mi carpa en una lomita mirando al mar.
A los dos nos gustaba pasarnos todo el día en la playa, caminar al sol, entrar y salir del mar. Mara tenía un bikini celeste.
Como era una playa casi virgen, había por todos lados conchillas y caracoles de todos los tamaños. Alzábamos los más curiosos, los mirábamos y los dejábamos en su lugar. A los dos nos parecía un horror eso de llevar las cosas del mar al estante de la cocina.
Con ella empecé a ensayar las gracias, pero también me hacía el torturado, el humillado, como Erdosain, como Raskolnikov. Mara lo percibía y hacía comentarios atinados, ella no hablaba por hablar.
En el pueblo había un solo bar, construido con bloques de cemento apilados que estaban prontos a derrumbarse en cualquier momento. Al dueño del bar lo llamábamos Don Bloque, y ahí, con Mara, conocí el Fernet sin coca, solo con hielo.
Con la caída del sol y con los cuerpos cansados, ella entraba en la carpa, y sin cerrar la puerta (bueno, la puerta) se quitaba la celeste y se ponía un pulover grande sin nada debajo. En los atardeceres, hacía un pozo en la tierra arenosa, y con las ramas apropiadas, encendía el fuego; aprendí solo.
Mientras hacía las tareas apropiadas —acomodar las maderas, soplar, controlar— Mara miraba lo que yo hacía y no quedaba mal en su cara el reflejo de las llamas que yo mismo estaba produciendo. Han pasado muchos años pero el video está en Youtube, en el mío.
Cuando venía la fresca, nos metíamos en la carpa, cada uno en su bolsa de dormir, y con la pera apoyada sobre las manos cruzadas, escuchábamos el ruido del mar, y el silencio de la noche. 
Nos dormíamos mirándonos a los ojos.

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domingo, 3 de enero de 2016

A Osvaldo Lamborghini - Abel Maas


El cuento de Trapito es así: Trapito era el perro de Federico el envidioso. El mago Emannuel, el hijo de Dora Baret y de Carlos Gandolfo, amigo de la casa, lo había bautizado de esa manera porque era un artista y la información se fue replicando en el country “El Desasosiego”. Cuando el chico pasaba caminando hacia la escuela del barrio cercado, las chismosas del barrio cercado decían; “ahí va Federico, el envidioso”, pero sólo era un nombre. Un mañana de primavera y en un descuido, Trapito salió por el portón de la casa y se perdió en las sinuosas calles del country. Trapito no estaba en casa y Federico lloraba desconsoladamente. Todo el barrio se solidarizó y salieron a buscarlo mientras los padres del dueño del animal se quedaron sentados en los banquitos que rodeaban los jazmines, abrazando a su hijo varón.  Con los Di Natale a la cabeza, los queridos vecinos de enfrente, recorrieron los alrededores del frigorífico y cruzaron las vías del ferrocarril, pero fue en vano.
Cuando volvieron desasosegados por el fracaso encontraron a Trapito en brazos de su dueño, que había vuelto por sus propios medios; el padre, agradecido, invitó a todos a pasar al galpón donde organizaría una comilona para celebrar la alegría recuperada. Los Di Natale trajeron a la tía Carmelinda, la querida viejita, que había trabajado de enfermera en una clínica veterinaria para que revise al perrito. Pudo comprobar la anciana señora que Trapito se encontraba bien, su piel, los dientes, la mirada brillante y estaba limpio, su cuerpo limpio, la colita limpia.
A continuación, pasaron todos a la sala, donde el dueño de casa ya había servido sobre la mesa frailera cuatro jarras conteniendo agua fresca y tres canastos con pebetes de ayer.

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sábado, 26 de diciembre de 2015

Rata Blanca - Abel Maas



Almuerzo, promedio, solo una vez por semana, y eso me produce una particular sensación de bienestar. Es como ir a la casa de una tía que lo conoce a uno. Felizmente, tengo varios restoranes étnicos bastante finolis en un radio de cinco cuadras, haciendo centro en la cocina de mi casa, y el menú del mediodía, de lunes a viernes, tiene un precio razonable. Tengo calculado que esos cuatro o cinco almuerzos mensuales equivalen a poco menos de medio mes de expensas, siempre y cuando vaya solo, aunque puede venir alguien que no coma, solo mire y no hable. Para no desequilibrar mi economía, debo privarme de ir a los recitales de las Viejas Locas o de Rata Blanca o de Pablo Milanés, cuando viene. Salgo de casa, camino silbando bajito con una parte del diario bajo el brazo o una revista, tal vez un libro o el prospecto de la última medicación que estoy tomando. Me siento y rechazo la carta que me ofrece el mozo, le digo que me traiga un plato de comida, que elija él y que lo que ponga sobre la mesa estará muy bien. Solo le pido que no sea de cortar así puedo leer, que beberé agua sin gas y dejaré un veinte por ciento de propina, siempre y cuando no me hable ni quiera hacerse el simpático abusando de mi soledad y que de ninguna manera me pregunte cuando estoy por la mitad del plato si está todo bien, aunque puede preguntarme, cuando termino de comer si estuvo todo bien. Si se me queda mirando con los ojos muy abiertos le pido que me traiga ravioles o capelletis, con cualquier relleno, cualquier salsa, con o sin queso, pagaré por adelantado para tener la libertad de irme con el último bocado, aunque si se me da la gana me quedaré leyendo. Si se me respeta estoy dispuesto a ser un gourmet.

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sábado, 3 de octubre de 2015

La dascha - Abel Maas


Al principio, da la impresión que se acercan para compartir intereses culturales o científicos, pero en nuestra familia sabemos olerlos: hay personas  y animales de ambos sexos a los que sólo les interesa abusar de nuestro cuerpo, les gusta hacer eso y no hacen otra cosa que planearlo todo el santo día, buscando el mejor modo de pegar el zarpazo.
Pero no sólo somos víctimas sufrientes de nuestra belleza y atractivo personal, sino también de nuestro encanto arrasador, una mente fuera de lo común, la voz y la mirada, las uñas siempre limpias, y eso nos viene tanto del lado de la rama paterna como de la materna pero más de la paterna.
Una elegancia pero no la de la ropa, sino la del alma, una gracia pero no la de los chistes hablamos de la gracia de Dios  un corazón generoso, esa sagrada debilidad, como decía mi tía Beatriz, un estar a merced, siempre sin desatender la evolución de las cotizaciones de la bolsa de valores. Aúllan con todo eso y nos agarran indefensos, pensando en las musarañas.
La leyenda cuenta que la cosa empezó hace tres siglos, en Lubelskie, el día en que un antepasado salió de su dascha mientras caía una fuerte nevada;  se desnudó completamente y con su larga barba blanca cubriéndole los genitales, se paró en el medio de la calle, alzó su cabeza bíblica, abrió lentamente los brazos y dijo: “nijai budietak”, que en ruso quiere decir: “y sin embargo es gracioso”.
A ciencia cierta, nadie supo nada nunca si la traducción era la correcta y no es asunto que interese, pero eso fue exactamente lo que sucedió. Después pasaron más cosas a las que fuimos sometidos, pero los del concurso exigen las famosas 300 palabras, contando el título.

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miércoles, 15 de julio de 2015

Micción imperiosa - Abel Maas


Vengo de lo de mi mamá, le conté que tengo micción imperiosa, como ella. Que la mía no es tan imperiosa como la suya pero está empezando a ser, está como naciendo esa imperiosidad. Me dijo que solucionó su problema con un tapón y le pregunté que teniendo yo pito y siendo ella médica qué tenía que hacer en mi caso. Me dijo que de eso no sabía nada y que me calle, que quería hablar ella pero no para hacerme reír. Le dije que quería hablar yo; que antes hacía pis a la noche, antes de acostarme y después volvía a hacer a la mañana, después del desayuno, pero ahora me levanto una vez y a veces dos, tal vez tres. Sin embargo, casi siempre me levanto para escupir o esputar, antes de ahogarme, entonces no sé para cuál de las dos cosas me levanté, pero siempre que hago pis, por las dudas, esputo, como el polaco Goyeneche aquella mañana de domingo en la calle Cangallo, se paró en el cordón de la vereda y esputó y gargajeó lentamente en la calle silenciosa. Pero a nadie le importa nada de mí, yo soy un trapo de piso, como dijo don Herman cuando lo dejaron solo como a un perro solo, aunque tal vez le importe a uno, o a una, si le importa a una, mejor, mejor que le importe a dos. Después mi mamá me contó que se murió Sergio Renán y otros más, que tenían como veinte años menos que ella y que por qué ellos sí y ella no. Mi mamá está un poco deprimida pero ya se le va a pasar. 279 palabras, es suficiente, 282 con estas, listo. Microsoft World, todos somos Nisman, todos somos escritores y yo, más gracioso que la mierda. 300.

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