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miércoles, 27 de enero de 2016

Juan y la linterna - Luciano Doti



Era la Noche de Brujas o Halloween. Mi sobrino me preguntó acerca del origen de la festividad. Casi le hablo sobre los celtas y el Samhain, pero me pareció más entretenido narrarle la leyenda de Juan y la linterna.
—Juan era un agricultor de calabazas famoso por ser un bebedor de mala vida. Un 31 de octubre a la noche, el Diablo fue a llevarse su alma, entonces Juan le pidió un último deseo: beber una cerveza. Tras beber la cerveza, le manifestó que no tenía dinero para pagar; así que, solicitó al Diablo que se convirtiera en moneda para ello. El Diablo lo hizo, y Juan aprovechó para meterse la moneda en el bolsillo donde también guardaba una cruz. Al quedar prisionero, el Diablo tuvo que prometer no molestar a Juan durante un año, para que éste lo dejara salir.
—¿Y qué pasó al año? —preguntó mi sobrino.
—Al año volvió con el mismo propósito. Juan le pidió otro último deseo: comer una manzana. El Diablo trepó a un árbol a buscar esa manzana, y Juan aprovechó para tallar una cruz en el tronco. El Diablo, nuevamente prisionero, esa vez debió prometer no buscar nunca más a Juan.
—¿Y qué le ocurrió a Juan? —inquirió con la curiosidad que caracteriza a los niños.
—Cuando murió, Juan fue al Cielo, pero allí fue rechazado por sus muchos pecados; bajó al Infierno, donde el Diablo se negó a recibirlo, lanzándole llamaradas de fuego que Juan atrapó con una de las calabazas que solía cosechar, convirtiéndola en una suerte de linterna. Con la luz de esa linterna escapó hasta llegar a un descampado en medio de un bosque, en el cual por ser viernes se celebraba un aquelarre de brujas. Esas hechiceras supieron enseguida lo que había logrado hacer con el Diablo, y lo acogieron en el seno de su grupo.

Aquella noche de Halloween, una vez que mi sobrino se marchó, salí al fondo de casa, donde tengo una higuera. Recordé que a mí de niño me decían que el Diablo se materializaba junto a las higueras. Vi, o creí ver, a un hombre de largo sobretodo negro y chiva. ¿Qué hacía en el fondo de mi casa?
Me habló. Me acusó también a mí de ser un bebedor de mala vida. Le dije que no confiaba en que fuese el Diablo, ya que no lo había visto descender de la higuera.
Se ofreció a trepar la higuera para cumplir con esa rutina. Yo asentí con la cabeza. Cuando estuvo arriba, tallé una cruz en el tronco y regresé adentro.
No sé si conocer la leyenda de Juan y la linterna me salvó la vida. Ni siquiera sé si todo eso fue real. Pero al día de hoy, la cruz tallada en el tronco de la higuera sigue ahí.

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jueves, 7 de enero de 2016

La estaca - Luciano Doti



Al principio fue sólo un pequeño interés en ella. Apenas una manera de ocupar el tiempo y de paso ver algunas fotos de una chica atractiva. Pero de a poco comenzó también a leer sus actualizaciones y, de esa manera, se dio cuenta de que era más que su belleza. O quizás no. Tal vez todo era obra de un rostro que le transmitía una sensación dulce y de un cuerpo escultural. Nunca se sabe si lo que siente o piensa una persona de otra, que se ha convertido en objeto de su obsesión, puede presumir de ser un concepto cargado de objetividad. Por lo tanto, en este caso era imposible saberlo, dado que, para entonces, ella ya se había convertido en su obsesión.
«Stalkear» es una palabra que se puso de moda para describir el acto de visitar permanentemente el perfil de otra persona en una red social. Estar al tanto de cada cosa que hace, que dice, que siente... También saber si hay alguien en su vida. Es notable cómo, para una persona perturbada, el hecho de poder visitar el perfil de otra se convierte en la manera de vivir la ilusión de que se tiene una relación con ella. Relación platónica, aunque relación al fin. La persona perturbada era Leandro y la otra Loana.
Leandro supo, por la información virtual que manejaba, que Loana se estaba viendo con un joven. Por algún motivo, empezó a considerar que ese joven llamado Marcos era extraño, exótico, acaso sobrehumano... un vampiro. No permitiría que a su chica le pasara nada. Lo eliminaría. Se le antojó revelador lo parecidos que son los verbos stalkear y estaquear. No había dudas de que el destino le enviaba un mensaje. Lo esperó una noche, cuando Marcos  regresaba de estar con Loana, y cumplió con su deber.
Ahora, Loana publica fotos de su novio, acompañadas de frases que le prometen eternidad.

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domingo, 3 de enero de 2016

Aterrada - Luciano Doti


La niña quedó en mitad de la escalera, entre penumbras. Parecía que no se animaba a descender del todo. En la sala la esperaba uno de sus tíos; la madre insistía en inventarle ese parentesco a cada nuevo hombre con que se liaba. Solían ser del ambiente dark, se creían diabólicos. Pero éste lo era en serio. Lo constataba ella, cuando su progenitora iba a la cocina a buscar algo, y él le acariciaba las piernitas que dejaba descubiertas el corto vestido de algodón.

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Luciano Doti

martes, 22 de diciembre de 2015

Inteligencia perdida – Luciano Doti


Hay una práctica adolescente que hace dilapidar vitalidad. Especialistas advierten que produce fatiga crónica, incapacidad para concentrarse, perdida de memoria y hasta se ve afectado el coeficiente intelectual...
Pablo no hizo caso a esas advertencias y continuó con su vicio. Era para él la única manera de paliar las ganas de estar con una mujer.
Llegó el día en que conoció a una chica que estaba dispuesta a salir con él. A modo de romper el hielo, le preguntó:
—¿Qué es lo que más te gusta en un hombre?
—Su inteligencia —respondió ella, y Pablo no comprendió cómo podía decir eso. De hecho, entender cualquier cosa ya se había convertido en ardua tarea para él.

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Luciano Doti

martes, 24 de noviembre de 2015

La peste - Luciano Doti


Martín Fierro y Cruz atravesaron buena parte de la pampa hasta llegar a las proximidades de una toldería en el desierto. Pese a que ya era de noche, la luna llena les permitió ver a un indio comiendo de una vaca que yacía junto a él. Se apearon de sus caballos y se acercaron con la intención de ser convidados al festín. Entonces, acortando la distancia, vieron que más que comer bebía su sangre.
El indio no era sociable, tomó su lanza de madera y ensayó un tiro contra los gauchos; no tuvo buena puntería; furioso se abalanzó contra ellos. Fierro, diestro tanto para el combate como para templar la vigüela, lo lanceó en el pecho, justo en el corazón. El indio murió atravesado por su propia lanza; al morir se hizo polvo ante la mirada atónita de la yunta de renegados.
Enseguida se encontraron rodeados por otros indios, los cuales los tomaron cautivos como se estilaba en esa época, para ofrecerlos como moneda de cambio en caso de que hubiera aborígenes prisioneros de los cristianos. Fueron llevados a la toldería, donde a los pocos días comenzaron a notar que una peste aquejaba a muchos de los que habitaban ahí.
Cruz cayó enfermo y murió. A Fierro se le permitió enterrarlo. En eso estaba, durante el atardecer, cuando vio a una cautiva, extraordinariamente blanca, que era trasladada de un toldo a otro.
La jornada siguiente, se las ingenió para volver a verla. De cerca la notó bella, la consideró una dama capturada en algún malón. Tanto ella como el indio con el que había pernoctado evitaban la intemperie en las horas diurnas.
La peste seguía avanzando sobre ellos. Los indios sanos culpaban a los cristianos por tal situación, los acusaban de cometer brujería.
Fierro se sabía inocente, pero estaba lejos de conocer la verdad. Ignoraba que la cautiva de origen chileno descendía de un antiguo linaje que, en tiempos de colonialismo español, había tenido en su país contactos con un noble transilvano vinculado a la Casa de Habsburgo; y era obvio que un gaucho nunca leyera a Polidori o Le Fanu.

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Luciano Doti

viernes, 23 de octubre de 2015

TV inteligente - Luciano Doti


Los televisores coreanos vienen cada vez más inteligentes. Me siento en un sillón a ver la repetición de la que fuera mi serie favorita de la adolescencia, aprieto un botón del control remoto de última generación, y la protagonista sale a través de la pantalla, para materializarse en mi living. Entonces, se sienta junto a mí, y durante un instante, venciendo el tiempo y la distancia, ella se me antoja tan real como yo.

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domingo, 20 de septiembre de 2015

La novia de Frankenstein - Luciano Doti



El proyecto “La novia de Frankenstein” se proponía crear una muñeca del tipo cibernético capaz de emular a una mujer de carne y hueso. Pese a su nombre, la belleza era un objetivo a alcanzar. Sería de rasgos caucásicos, con el cuerpo de una playmate. Así las querían en el principal mercado al que estarían destinadas: el sudeste asiático.
Cuando la prototipo estuvo terminada, se le ofreció a un voluntario tener intimidad con ella. El afortunado hombre era uno de los tantos japoneses que se habían anotado para vivir esa experiencia. El feliz exponente de la tierra de los samuráis amaneció muy complacido. Manifestó haber pasado la mejor noche de su vida.
El anuncio del nuevo producto se hizo casi de inmediato. Miles de yenes, yuanes y otras monedas fueron invertidos en la compra de esa cibermujer que combinaba estética occidental con sumisión oriental para satisfacer a no pocos hombres consumidores de muñecas inflables en el pasado. Del mismo modo, no fueron pocas las personas que pensaron que, por el nombre y las características del proyecto, la feminista Mary Shelley se estaría revolcando en su tumba.


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Luciano Doti

jueves, 20 de agosto de 2015

La reina Lupita - Luciano Doti


Los pibes del lugar habían oído que a esa chica, que iba ahí algunos fines de semana, le decían “Lupita”. Además, se habían tomado la molestia de averiguar que no se llamaba Guadalupe. De allí que naciera en ellos la inquietud de querer saber por qué la apodaban así. Como en pago chico el infierno es grande, por rumores supieron que tenía que ver con una antigua reina llamada Lupa. Eso los llevó a guglearla, y entonces conocieron su leyenda y el significado de ese nombre que en latín quiere decir “loba”.
A partir de ese momento, comenzó a gestarse una nueva leyenda, la de Lupita. Esa nueva leyenda venía con diferentes versiones según quién fuera el narrador. En una de ellas, Lupita era una lobisona que en las noches de luna llena erraba por el bosque lindero a su casa, matando y devorando a sus víctimas. Ésa era la que más gustaba a los pibes.
Una noche de plenilunio, en que Lupita había llegado a pasar el fin de semana con unos amigos de la ciudad, los pibes se acercaron a la casa del bosque esperando ver algo. Lo que vieron no fue lo que habían imaginado, pero era incluso más gratificante: Lupita participaba de un bacanal junto a sus amigos bajo la luz de la luna; montada sobre uno de ellos, se movía y aullaba como una loba en celo. Los pibes recordaron lo que habían leído sobre la palabra “lupa”: que de ella también deriva “lupanar”.



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viernes, 31 de julio de 2015

Sin música – Luciano Doti


Hacía ya un tiempo que el pianista estaba deprimido. Había estudiado para ser concertista, no para tocar las teclas de ese vetusto piano en un salón de Virginia City. Ese día, terminó un réquiem que venía componiendo para su propia muerte. La jornada siguió muy bien, ya que por la tarde conoció a una joven que no era indiferente a la música que brotaba de su instrumento. Sin embargo, por la noche supo que la chica tenía pretendiente; uno de esos bandidos que abundaban en el lejano oeste. Se enteró de tan desafortunada situación de la peor manera: cuando ellos estaban en pleno galanteo junto al piano y el bandido recién ingresado al salón le pidió que se diera vuelta, para no hacer por la espalda lo que acostumbraba realizar de frente.
La sangre salpicó la partitura de su réquiem dejándola ilegible.

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Luciano Doti

miércoles, 15 de julio de 2015

La conversión - Luciano Doti


Anoche salí con la chica que conocí por chat. Terminamos en su hogar, una vieja casona “okupada”. En el fragor del encuentro, ella me dio un fuerte beso en el cuello que me dejó marca. Hoy, noté que el sol me hace doler los ojos y arder la piel. Intento verme en el espejo, pero no me reflejo en él.

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Luciano Doti

lunes, 29 de junio de 2015

Licantropía en el monte - Luciano Doti


Más de una vez, al terminar de jugar un partido de fútbol, habíamos sentido una presencia extraña en ese predio conocido como Monte Dorrego. Eso sucedía generalmente en invierno, cuando el crepúsculo llegaba temprano y la oscuridad se apoderaba pronto de todo. Los árboles daban en esas circunstancias un toque más tenebroso al paisaje, obligándonos a abandonar el lugar a paso acelerado. De posibles actividades paranormales en el Instituto Sarmiento se sabía poco a ciencia cierta, pero circulaban rumores que abundaban en detalles truculentos. Con todo, algunos elucubraban que esa edificación emanaba un poderoso halo de maldad que impregnaba la atmósfera circundante, incluidos los altos árboles que el viento mecía incansablemente.
En algunas ocasiones, se habían hallado sobre el césped cuerpos de jóvenes muertos. No muchos, pero sí los suficientes como para que la leyenda urbana tomara forma; sobre todo teniendo en cuenta las laceraciones cutáneas y la carne desgarrada en jirones. La versión oficial hablaba de perros feroces vagando solos durante la noche, dogos argentinos o alguna raza inglesa. La de los vecinos, de robo de órganos para transplante; era la década del 80, y los rumores acerca de una combi recorriendo las calles a la caza de niños y adolescentes eran moneda corriente; más de uno aseguraba haber sido perseguido, logrando escapar milagrosamente. También se hizo presente el mito, y se introdujo un nuevo elemento a las narraciones orales de los acontecimientos: los asesinatos habían sido cometidos con luna llena. Entonces, los perros fueron reemplazados por lobos, los cuales serían un grupo de niños del instituto, que se habrían convertido en lobisones tras ser mordidos por uno de ellos, séptimo hijo varón.
Así, con la opinión pública dividida en dos, los que abonaban a la teoría del robo de órganos y los que creían el mito del lobisón, toda Lomas del Mirador estaba atenta y dispuesta a evitar un nuevo hecho sangriento.
Un sábado de luna llena fue la fecha elegida para que un grupo de niños del instituto tomara la comunión en la capilla situada dentro del predio. La ceremonia se realizó al atardecer, cuando ese astro, redondo y brillante, pendía bajo, casi al alcance de las manos; de alguna manera, era una luz que, cual péndulo de psiquiatra, desplegaba su poder hipnótico invitando a fijar la vista en ella. A los niños se los notaba raros, pero se atribuyó esa percepción al nerviosismo natural en personas que recién comienzan a vivir y se disponen a dar un paso que, a esa edad, parece tan trascendental, como es comulgar con Dios. Sin embargo, al ingerir el cuerpo de Cristo se pusieron pálidos y tuvieron que salir afuera para tomar aire fresco. Allí, bajo el influjo selenita, empezaron a padecer convulsiones, y se les hinchron las venas y tendones, al mismo tiempo que su cuerpo se cubría de vellos; era un ataque de licantropía, a la vista de todos. La gente huyó despavorida, excepto un grupo de hombres que, sin darles espacio para atacar, los tomó en sus brazos y los empujó dentro de la capilla, donde el sacerdote los roció con agua bendita. Los niños quedaron tirados en el piso, con la respiración agitada y el pulso acelerado; un sudor frió les cubría la frente, pero su cuerpo hervía de fiebre. El cura, sosteniendo un crucifijo frente a ellos, procedió a pronunciar un antiguo conjuro en latín: “¡Vade retro, diábolos!”.
Después de eso, no volvieron a repetirse los hallazgos de cuerpos sin vida, y la capilla se cerró, hasta el día de hoy que no se usa para nada.

Acerca del autor: Luciano Doti