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lunes, 4 de abril de 2016

Rencor - Enrique Tamarit Cerdá


En cuclillas sobre el peñasco desde el que antaño vigilaba el rebaño, el cazador escudriña los matorrales. La posición y el relente le han entumecido las piernas y la atenta espera le ha embotado el seso. Adormilado, se ve de crío bajando a trompicones el cerro para contar en casa, entre sollozos, que el hijo del señorito se llegó hasta la tena para robar un lechazo y tiembla a cuenta de los correazos que recibe por descuidado. Se ve también de mozo, ajorrando pinos por jornales de miseria y, ya hombre, emigrando y quebrándose el lomo en trabajos de mierda, junto a la esposa a la que detesta y al hijo que lo detesta a él. Alborea cuando asoma su padre con el almuerzo y él se sobresalta y lo encara, enajenado. Se congestiona, le grita, se caga en la puta vida que lo ha tratado como a un perro, se echa la escopeta a la cara y le descerraja dos tiros. Luego le da frío y se arrebuja con las solapas. El charco de sangre alcanza un rodal de setas y le viene su sabor a la memoria.

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sábado, 19 de marzo de 2016

Amigos para siempre - Enrique Tamarit Cerdá


Fuimos inseparables; “la cuerda y el pozal”, nos decían. Juntos apedreamos cristales, aprendimos a liar pitillos, sentimos la fascinación por el vaivén de las faldas plisadas y emulamos a Onán hasta desfallecer. A su lado mudé luego la voz, pugnó la primera pelusa por aventajar al acné, me emborraché rozando el coma y me catearon todas las asignaturas. Compartimos vecindario y aulas, pasión por los libros, el mar y las mismas mujeres. No faltaron ocasiones para constatar que la cuerda era él, que siempre sobresalió en todo. Yo era experto en castigos, fracasos, resacas y desamores, asiduo al fondo del pozo con el culo pegado al fango. El comienzo de la vida adulta nos distanció, aunque conservamos la costumbre de escalar juntos todos los veranos. Un funesto día se despeñó fijando en mí su mirada perpleja. Lo vi romperse al pie del acantilado, mientras reajustaba la zapatilla que casi pierdo al patearlo, y pensé que ningún vínculo es tan perdurable como los que forjamos en nuestros primeros años.

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sábado, 20 de febrero de 2016

Día de San Valentín - Enrique Tamarit Cerdá


De Tito Mármol se decían muchas cosas, la mayoría de ellas con fundamento; las más, que era un tipo aparente y frío, seductor y superficial. Unos le tenían por crápula, otros por fanfarrón, puede que todos ellos estuvieran acertados. Su éxito con las mujeres le inducía a prodigarse sin límites; en materia de fluidos corporales era todo generosidad. A su estela se agitaban con frecuencia la decepción y la ira. Alguno de sus allegados ha pretendido homenajearlo desvelando su fantasía más recurrente: quedar enclaustrado por azar durante días junto a un equipo de “cheerleaders”. No es increíble, más de uno sueña con algo así. Irónicamente, fue la muy atractiva y temperamental Socorro Cienfuegos, cabo del cuerpo de bomberos, la que tal día como hoy le partió el corazón. Con un hacha Bristol: hoja de acero y mango de madera de fresno, la mejor en labores de rescate.

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viernes, 12 de febrero de 2016

La duda razonable - Enrique Tamarit Cerdá


Inmaculada Roca no gozaba como es debido. No por falta de empeño, sino por mala suerte, pensaba ella, o por falta de pericia y de paciencia, le observaban sus amigas. El caso es que, aparte de un cierto bienestar y una difusa excitación durante los juegos preliminares, el intercambio carnal jamás le había deparado otra cosa que incomodidad y fatiga. Por ello afrontaba las veladas festivas sin ilusión, las proposiciones concretas sin entusiasmo y las nuevas relaciones sin convicción. Careciendo de referencias propias en lo tocante a estremecimientos y espasmos, no es de extrañar la ambigüedad esencial de sus gritos mientras el mulato Amador Toro, con alarde acrobático, la volteaba sin pausar sus acometidas, y ella sentía temblar la tierra y que el mundo se les venía encima. Como así fue: magnitud 6,9 en la escala de Richter. Cuando hallaron sus cuerpos bajo los escombros, ella tenía una mueca de escepticismo.

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domingo, 3 de enero de 2016

Lógica militar - Enrique Tamarit Cerdá


Se encomendó al batallón permanecer en el campamento de refugiados durante tres días, en misión de paz. Fueron tres días inolvidables para niños, ancianos, mujeres y tullidos de diversa consideración: hubo un tiovivo con carros de combate, disparos de artillería pesada lanzando confeti al cielo, y agua caliente con lanzallamas; también hubo carreras de cojos fingidos contra cojos verdaderos, y hubo, al final, una velada de teatro, cordero asado y emotivos cantos. Al amanecer del cuarto día, un inesperado despacho desató frenética actividad. El batallón recogió sus pertrechos, hizo limpieza, repartió algunos dulces, algunos medicamentos, algunos abrazos y se retiró varias leguas. Se ordenó a los soldados cambiar sus cascos de un color por cascos de otro color; luego se oyeron feroces gritos agresores, secas explosiones, un eco de débiles lamentos, luego nada. Al mediodía, humeaba la desolada estepa sin vida.

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Enrique Tamarit Cerdá

sábado, 26 de diciembre de 2015

Hipnos y Tánatos - Enrique Tamarit Cerdá


Regreso a casa dando un agradable paseo, admirado de la vertiginosa transformación de estas calles, ahora bulliciosas, coloridas, perfumadas por aromas superpuestos. Abundan las floristerías, cuyas artísticas composiciones se exponen en amplias aceras también convertidas en terrazas de incontables bares. Parpadean en las fachadas los letreros luminosos de farmacias y supermercados, conversan en efímera tertulia los taxistas, se arremolinan peatones en los semáforos y en las paradas del autobús. Van y vienen gentes sin cesar, caras nuevas cada día, algunas con prisas, otras, en cambio, demorándose en un paso lento, procesional, tomando del brazo o por el hombro al acompañante, en hermosa confraternidad. El nuevo tanatorio le ha dado mucha vida al barrio.

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martes, 22 de diciembre de 2015

La playa - Enrique Tamarit Cerdá


«Sobre la espuma blanca de las olas se concentraban repugnantes manchas oscuras de aceites y combustibles. El mar batió con fuerza la playa durante la noche y en la orilla se amontonaba una amalgama de desperdicios. Pardas bolas de algas rebozadas en arena rodaban entre medusas, conchas de moluscos y peces muertos a los que, indefectiblemente, faltaban los ojos. Una inusual aglomeración de gaviotas festejaba aquel vertedero diverso. Ese paisaje lúgubre no era menos fascinante para mí que el de las dunas limpias en los días calmos. Con algún desasosiego emprendí mi carrera matinal, sorteando obstáculos. Mucho rato después, alcé la vista y quedé paralizado de terror al verme rodeado por aquellas aves sucias y voraces. Tal vez usted no me crea, la reminiscencia cinematográfica es inevitable…» Entonces el ciego se quitó las gafas oscuras y me mostró sus cuencas vacías.

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Enrique Tamarit Cerdá

lunes, 16 de noviembre de 2015

Perdidos - Enrique Tamarit Cerdá


Emergió desde las profundidades en poderoso movimiento vertical, con tal ímpetu que se elevó varios metros sobre la superficie. Suspendida unos instantes en el aire emponzoñado, aquella majestuosa mole oscura fue declinando lentamente, hasta irrumpir con estrépito y desaparecer en las cálidas y turbias aguas. Desde su frágil embarcación envuelta en una perenne atmósfera parda y crepuscular, Mahmoud ibn Barak (El querido por todos), ajeno al origen de éste y otros asombrosos fenómenos recientes, acababa de contemplar la colosal pirueta de la última ballena boreal.

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