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jueves, 11 de agosto de 2016

Yo no sé qué hago con vos que sos pobre y no sabés francés - Jorge Ariel Madrazo


“Yo no sé qué hago con vos que sos pobre y no sabés francés”. Fue con gesto de preocupación que lo dijo, que Ana María dijo eso mismo que usted oye. Eso dijo. Entonces, durante una década, en mi bohardilla de poeta dediqué enrojecidas trasnoches al estudio del francés, mientras consagraba los días a seducir, té con masas mediante, a una hispánica condesita, luego mi cónyugue.
Hoy, diez años más tarde, soy millonario y feliz. Alevoso, cité a Ana María en El Gato Negro. Mi traje de terciopelo la descolocó. Más aún mi saludo: “je te remercie de ton geste en faveur de nos retrouvailles, geste si affectueux, presque amoureux..." La humillé así, media hora. Palideció. Hundió el rostro entre las manos. Exclamó, entre sollozos, algo que aún me esfuerzo en comprender: “¿Cuándo murió aquel poeta que amé hasta el delirio, por qué lo mataste?” Repito: no entendí esa pregunta absurda. Súbitamente el café fue invadido por el horroroso tufo de un poeta en descomposición.

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martes, 22 de marzo de 2016

¡Ni gota! - Jorge Ariel Madrazo


Todo estaba listo para la boda. La víspera, en la cena de a dos, ella alargó una mano para servir los últimos chorros del íntimo champán y los escanció en su propia copa, bromeando: “Tú no te lo mereces, aún no eres mi marido”. Él celebró la broma. Meses más tarde se casó con otra mujer, ésta sí perfecta: era abstemia.

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Jorge Ariel Madrazo

Duende - Jorge Ariel Madrazo


El otro día lo vi, al duende de las cosas. Debía haberse hastiado de sostener su rígida forma de ropero y entonces, en una distracción volvió a mostrar, sólo por unos segundos, el gorro con una borla roja, los zapatos verdes en punta, la nariz lustrada como un espejo y el cuerpito marrón. Al advertir que lo miraba disimuló y de un brinco creció hasta su ficción de mobiliario. Después de este descubrimiento, acechando sin tregua conseguí sorprender, sucesivamente, a los duendes de la cama, de la olla y del lápiz Faber número dos. Pero era siempre el mismo y único Duende Platónico ideal, la Idea o esencia Duende, sólo que había aprendido con Ovidio el arte de las Metamorfosis. Me sacó la lengua y no lo vi más.

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Gautama – Jorge Ariel Madrazo


Giran dibujándole órbitas al ventrudo domo de piedra, a la Stupa o cúpula gigante. Para así ganar el perdón y la reencarnación, porque ese vientre es El Buda. Entre ellos gira Yazok, quien a lo ancho de perversas duermevelas comercia en su tenderete la carne en sazón de bellas adolescentes. Yazok es el único autorizado por el Lama a escalar, para lavarlo, el divino vientre. Carga baldes colmados de agua jabonosa y otros con pintura color azafrán, destinada a fingir una descomunal flor de loto. Por la escalerilla de la Stupa transcurren años y generaciones de fieles que, entre rezos, con sus manos hacen rotar los cilindros de bronce: los pies de Gautama. Mil velas tiemblan en sus cubiletes llenos de grasa de cerdo. Mil adoradores, cojos y mancos y niños y ancianos y prostitutas y ciclistas suben y bajan (aferrando las velas) los andariveles en espiral de la Stupa. Las ratas muerden sus pies. Dentro del tenderete, Yazok vigila con avidez su ración de carne adolescente.

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lunes, 16 de noviembre de 2015

Elainam - Jorge Ariel Madrazo


Elainam siempre me había resultado una chica extraña. Cuando me miraba yo tenía la sensación de que estaba dándome la espalda, lo que, de ser cierto, habría sido una atroz descortesía. Muy pocas veces sacaba las manos de los amplios bolsillos de su tapado verde; cuando me extendía los dedos fláccidos o revolvía el azúcar en el café, me ponía en la obligación de recomendarle la urgente ingesta de vitaminas: aquellas prolongaciones semejaban alambres achicharrados por alguna descarga voltaica tan eigmática como impiadosa. Pero era casi bella en su singular atractivo que me acicateaba un deseo raro, como de otro mundo (debo confesar que me atraían, sobre todo, sus pechos turgentes). Elainam era, agrego, una lectora voraz: devoraba uno tras otro los video-libros, aunque aparentara leer con la nuca.
Y bien, se la hago corta, amigo; esta historia es demasiado dolorosa para mí. Cierta noche infausta me atreví a abrazarla: al ceñirla con mis manos ávidas comprobé, atónito, que Elainam ostentaba del reverso otro par de pechos. Al volverse enseguida hacia mí, desbordando ternura, advertí horrorizado que tenía también otro rostro, o quizás otra espalda. ¡Ambos lados eran idénticos! No pude contener un grito de horror. Elainam me alejó de un empellón, llorosa y ofendida: “Es lo que hay”, me dijo trémula. “Las chicas de Ganímedes somos así.” Y se fue, como quien se desangra. Aun no pude sobreponerme a esa ruptura con la mujer, o lo que diablos fuera, que quizás me hubiera amado como ninguna.

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