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sábado, 3 de octubre de 2015

Último acto – Cristian Mitelman


En el último día, Shakespeare congregó a sus actores.
De la taza de té brotaba un vapor de agua que formaba imágenes difusas. Pensó que eso bien podía ser material para un soneto, pero ya no había mucho tiempo.
A cada uno le pidió que recitara un fragmento que le viniera a la memoria.
Uno se esforzó por ser Marco Antonio despidiendo a César, otro fue Próspero al abandonar sus magias, aquel intentó representar los horrores del asesino de Duncan.
Por último le llegó el turno al contrahecho del grupo. Quiso recordar, pero fue en vano. Solo se quedó mirando la agonía del poeta.
—Eres el único que ha comprendido —dijo Shakespeare.


Acerca del autor:
Cristian Mitelman

lunes, 24 de agosto de 2015

Pequeña escena del naturalismo - Cristian Mitelman


Un puñal hundido entre las dos costillas de un hombre que, en la soledad de la noche, se encuentra tirado a un costado de un zanjón, mientras que un perro husmea una bolsa de basura sin percatarse del gesto obsceno de la muerte, ahora que los ojos del agonizante parecen estar fijos en algún lugar del cielo y lo rayos de luna que reverberan en su rostro le dan la extraña dignidad de esos mártires que subsisten en vitrales de una iglesia vacía.

Acerca del autor:
Cristian Mitelman

domingo, 16 de agosto de 2015

El sinsentido - Cristian Mitelman


Nada más absurdo que un teléfono que suena al lado de un cadáver. ¿Quién desea comunicarse con el ausente? ¿Por qué lo llaman cuando todo mensaje es un sobrante de la vida? ¿Por qué alguien se empeña en seguir esperando, y, tras el silencio, repite el llamado una y otra vez?
¿Por qué llamas ahora, que es inútil? ¿Por qué ahora, que es imposible que extienda mi brazo para decirte que está bien, que es mejor así, que no hay culpas en estos casos, que el plomo en la sien es un ardor que apenas dura una milésima?
Pero llamas; sigues llamando. Y ese es el verdadero tormento.

Acerca del autor:
Cristian Mitelman

miércoles, 17 de junio de 2015

Mala suerte de un mito - Cristian Mitelman


En la primera versión, que es la más conocida, Orfeo desciende a los infiernos y cuando está por rescatar a Eurídice, no soporta el deseo de contemplarla y así es como la pierde para siempre.
Su tristeza se convierte en la música más bella del mundo. Las bacantes, enloquecidas por las notas de una perfección insoportable, lo despedazan.
En la segunda versión, Orfeo por fin libera a Eurídice. Al principio se siente feliz, pero luego empieza a notar que la muchacha ha cambiado. Quien ha pernoctado en el reino de los muertos no vuelve a ser el mismo bajo el sol. Está distraída, indiferente. Sus pensamientos no son de este mundo ni del otro.
Su música entonces decae, al punto que las composiciones no tienen encanto.
Las bacantes, que ya se dedican a la crítica de arte, no toleran un descenso tan abrupto del artista y lo despedazan.

Acerca del autor:
Cristian Mitelman