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miércoles, 7 de octubre de 2015

El invento de Tsvetov - Pablo Sanucci


La máquina de transformar la tristeza fue inventada por el ruso Mikhail Tsvetov en 1908. En las primeras pruebas la aplicó a un viejo oso del zoológico de Samara. Necesitó de varios ajustes hasta que la pesadumbre del animal encerrado se viera disminuida. Aplicar la acción correctora era lo de menos, porque consistía en ondas de radiofrecuencia que generaba la máquina, para lo cual la cabeza del animal podía estar distanciada hasta un metro de las antenas emisoras. Lo complicado, con el oso, fue enfocar el lector de fosforescencia residual de la retina que debía apuntar a uno de los ojos durante pocos segundos. Con la información de este detector, la máquina ajustaba la frecuencia y la amplitud de los pulsos de las ondas de radio, de manera que incidan sobre el centro de la tristeza en el cerebro. Pasados dos días de aplicaciones, el animal perdió la apatía y la agresividad y empezó a comportarse como un perro domesticado común y corriente, mostrando inusitada alegría cuando veía al cuidador del zoológico, al doctor Tsvetov o a su ayudante. Este último fue el primer humano, cuya consternación natural por la reciente muerte de su madre, desapareció totalmente gracias a la máquina. No había alcanzado a transformar la tristeza de una docena de personas cuando el gobierno ruso tomó conocimiento del invento, destruyó el aparato y exilió a su creador en un pequeño pueblo de Siberia. La gente sin tristeza no tiene interés en pertenecer a un sistema.

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martes, 4 de agosto de 2015

Autosustentable - Pablo Sanucci


Empezó comiéndose las uñas en tercer grado. Pretendía controlar la ansiedad. Durante una tarde ventosa en el parque, que le revolvía el pelo negro, largo y lacio con el que tapaba su boca, probó masticar las puntas y le gustó. Creyó tragarse la timidez adolescente. Más adelante, agregó la costumbre de pellizcar pedacitos de piel, verrugas y callosidades con las uñas, cuando apenas estaban un poquito largas, antes de comérselas. O directamente con los dientes si podía alcanzar las partes a arrancar retorciéndose como una contorsionista de circo. En esa larga ceremonia privada se comía las horas de aburrimiento y soledad. Terminó devorándose a sí misma un domingo gris y cuando entró su madre, había nada más que una dentadura blanca brillante en el centro del cuarto.

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