lunes, 8 de febrero de 2016

Amor - Héctor G. Oesterheld


Desnudos, se hacen el amor delante de la chimenea.
El resplandor de las llamas les caldea la piel, los cuerpos son uno solo, rítmico latido. Un solo rítmico latido cada vez más pujante.
Agotados, los tres cuerpos se desenroscan lentamente, las antenas se separan. Las llamas se multiplican en las escamas triangulares.

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jueves, 4 de febrero de 2016

La mejor jugada – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Ustedes creen que los jugadores saben que nosotros tenemos conciencia, sentimientos; que sufrimos cuando nos eliminan del tablero, cuando cae un compañero; que morimos un poco cada vez que nuestro rey resigna la partida? ¿Pensaron alguna vez en eso cuando la mano los aferra y los conduce de aquí para allá siguiendo los dictados de sus caprichos? Nunca lo pensaron, ¿verdad?
El joven alfil, influido por las ideas que suelen quedar flotando sobre los escaques cuando el juego finaliza, trataba de generar un estado de reflexión crítica entre los miembros de su auditorio formado por peones cerriles, torres estúpidas y caballos apenas más que fogosos que brutos. Y como no obtuvo respuesta, esperó con mansedumbre a que el humano de turno lo despegara de efe uno para llevarlo a be cinco. Estaba seguro de que algún día podría establecer contacto con el ajedrecista y hasta sugerirle una mejor jugada.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Precio reducido - William E. Fleming


El presentador de la TV con su sonrisa plateada gritó al público…
—Y Juan es nuestro afortunado ganador… ganó el premio de... —esperó unos segundos para que coreara el público— el precio reducidooo.
Todos estallaron en aplausos.
—Díganos —le colocó el micrófono en la boca— en qué se gastará el dinero…
Juan miró al presentador y a la cámara, nervioso. —Bueno yo, tengo tan pocas ganas de volver al trabajo… que creo que lo compraré y seré uno de esos jefes que solo están en una silla llamando por teléfono.
—Ah, sí, ¿en qué trabaja usted?
—Bueno yo soy, vendedor… vendedor de aire acondicionado.
La cámara enfocó al presentador luego a Juan.
—Sabe que esto es Suecia, aquí siempre hace frío.
—Sí, eh, por eso sólo los vendo en verano.
—Eso es ser un mercader inteligente… —dijo riendo el presentador.

Acerca del autor:
William E. Fleming

La creación, Escena uno – Héctor Ranea


—Perdoname, flaco. ¿No te dije a vos que hicieras algo con el tema de las estrellas?
—Me parece que se equivoca, don. A mí me dijo clarito que instalara relojes en algunas. Pero si los de la cuadrilla no hacen ni una bien, ¡qué quiere que haga! ¿Milagros?
—No; mejor milagros no. La última vez fue para macanas. Voy a ver si convenzo a la cuadrilla aquella para que lo haga.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

La vida por la patria - Daniel Frini


Me estoy muriendo, papi. Pero estoy feliz, porque voy a encontrarte ¡No sabés lo que te buscamos la vieja y yo! En comisarías, hospitales y morgues, desde el Comando hasta la Nunciatura. Mamá le preguntó a cuánto milico encontró, pero nada. Yo tenía trece. Te extrañamos tanto. Ella se quedó seca de tanto llorar, y al final se apagó la pobre. Y allá está, como ida, en casa.
Ahora estoy acá, después de una pila de días cagado de hambre y frío, en las queridas islas, sin nadie que me ayude y desangrándome después de que una ráfaga de proyectiles siete sesenta y dos me borrara las piernas.

Acerca del autor:
Daniel Frini

El reencuentro – Javier López


Desde su ruptura no habían vuelto a verse. Un encuentro casual los condujo a compartir un café en una de las terrazas que se sucedían a lo largo de la alameda.
Fue un encuentro sosegado, con la calma que aporta la visión de los hechos tras el paso del tiempo.
—¿Qué crees que falló entre nosotros? —preguntó ella, de manera casi retórica—. Porque amor nos teníamos de sobra. ¿Decayó la comunicación? ¿Nos arrastró el tedio? ¿Se nos hizo aburrida la convivencia? 
—Falló la electrónica, amor mío —afirmó él, mientras sacaba de su bolsillo un módulo cerebral recién sustituido por la compañía que los fabricó, Lovers Robotics.

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Javier López

domingo, 31 de enero de 2016

Los juegos del tiempo - Eduardo Galeano


Dizquedicen que había una vez dos amigos que estaban contemplando un cuadro. La pintura, obra de quién sabe quién, venía de China. Era un campo de flores en tiempo de cosecha.
Uno de los dos amigos, quién sabe por qué, tenía la vista clavada en una mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas. Ella llevaba el pelo suelto, llovido sobre los hombros.
Por fin ella le devolvió la mirada, dejó caer su canasta, extendió los brazos y, quién sabe cómo, se lo llevó.
El se dejó ir hacia quién sabe dónde, y con esa mujer pasó las noches y los días, quién sabe cuántos, hasta que un ventarrón lo arrancó de allí y lo devolvió a la sala donde su amigo seguía plantado ante el cuadro.
Tan brevísima había sido aquella eternidad que el amigo ni se había dado cuenta de su ausencia. Y tampoco se había dado cuenta de que esa mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas, llevaba, ahora, el pelo atado en la nuca.

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