sábado, 11 de julio de 2015

Poco pesadilla para ser alucinación – Héctor Ranea


En aquel tiempo usaba un morral de papel de aluminio con muchas capas pues era la forma más eficiente de proteger mis cosas del veneno letal que invadió nuestra isla. Con la vela menos destruida de la última nave hice una piel para mí, no muy agradable y mucho menos bella, demasiado gris, que dejaba mi sangre tan caliente que se me aparecía un espejismo fabuloso algunas tardes. Y eso fue antes de que desarrollara un método para no ser engañado por ellos, resolviendo así cualquier entuerto antes de que se produjera. 
El espejismo tomó forma de vendedor de un establecimiento que fabricaba un tipo de bengala que no dejaba olor en la nave, ni en el patio de la casa, en caso que alguien quisiera suicidarse disparándose con ella. El penoso individuo, o alucinación, estaba poseído por varias pesadillas interiores mías, así que cada vez que abría su boca se escuchaba el griterío de las mismas que pugnaban por salir o al menos subir a un estadio superior y, aunque en su conjunto era una persona agradable, yo no podía dejar de pensar en que todo era una mera construcción, una fechoría de cierto hacedor, un compositor extravagante que, sin yo entender con cuáles motivos particulares suyos, me estaba haciendo pasar por este trance figurado. 
Evidentemente, quien inventó el veneno querría que tuviese sexo con ese hombre, una cuestión de género que me alejaba sin ninguna duda de sus propósitos, sin contar con que hacerlo me haría endosar su realidad, de modo que traté de espantarme el pensamiento que se fue de mi vida llevándose mis peores pesadillas con él. En cierta forma, le estoy agradecida.

Acerca del autor:
Héctor Ranea 

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