martes, 29 de septiembre de 2015

Hay muchas formas de viajar – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Le gusta viajar, Clariberta?
—¡Ay, sí, Teofrasto! ¿Adónde me va a llevar?
—Santos Lugares, ¿qué le parece?
—¡Estupendo! ¡Maravilloso! Ya me imagino: Jerusalem, La Meca, Roma, Lourdes. ¿Cuál de todos esos santos lugares tiene en mente?
—Santos Lugares, partido de Tres de Febrero, ferrocarril Urquiza, el que sale de Federico Lacroze. Buen servicio, muy puntual. No la noto muy entusiasmada.
—Por favor, Teofrasto. Yo con usted iría hasta el fin del mundo.
—Jamás le propondría algo así, Clariberta. El fin del mundo es algo muy triste, un lugar sin mañana, ¿comprende?
—En realidad no, ni siquiera sé de qué me está hablando. Pero no importa. Yo lo admiro por el enorme pene anillado que me transporta al paraíso cada vez que me penetra. ¿El paraíso y el fin del mundo son lo mismo?
—¿No se estará confundiendo, Clariberta? El del pene anillado es mi hermano mellizo, Teofrastro.
—Me deja anonadada, estupefacta. ¿Cómo es posible que usted y su hermano mellizo se llamen del mismo modo?
—Nos pusieron el mismo nombre para que no nos confundiéramos, imagínese: somos dos gotas de agua, si obviamos el asunto del pene, claro.
—¿Llamarse igual no es motivo de confusión?
—¡No, todo lo contrario! Supóngase que en lugar de Teofrastro mi hermano se llamara Carlitos, y toda la gente, incluso yo mismo, le dijera Teofrastro.
—Tiene razón; sería terrible.
—Entonces, ¿acepta mi invitación?
—Me decepciona un poco que su pene no sea anillado, por lo que no podrá transportarme al paraíso cuando me penetre. Pero igual acepto.
—Yo me refería a ir a Santos Lugares.
—Ah, cierto, tiene razón. ¿Cuándo salimos?
—Ahora mismo. Aquí llega el tren.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Memoria - Héctor Ranea


La señora nos llevó adonde estaba su abuela. Ella era la que tejía. Queríamos saber si tenía colores favoritos, si elegía las lanas de acuerdo a algún criterio especial, sentimental o religioso. La señora tejedora solo hablaba mapundungun, por lo que su nieta nos servía de intérprete, aunque noté que, a veces, ella misma dudaba qué versión darme. Supe que era la última de esa familia en conocer el arte de tejer. La memoria se perdería con ella. Esas telas constituían la última palabra de la señora del telar, como la nombraba la nieta. Éramos, probablemente, los últimos en ver el telar funcionando. Tengo un tejido de ella en casa, no puedo entender qué canta.

Acerca del autor:
Héctor Ranea

El Secreto – Daniel Frini


La mitología nos dice que Prometeo robó las semillas de Helios, el Sol, y se las entregó a los hombres para que conocieran el fuego. Zeus, enfurecido, decidió castigarlo; y entonces ordenó la creación de la primera mujer, que fue formada por los dioses: Hefesto la moldeó en arcilla hacíendola hermosa, Atenea la engalanó, Las Gracias y la Persuasión le pusieron joyas, las Horas la coronaron con flores y Hermes puso en su boca mentiras y palabras de seducción, y en su pecho un carácter voluble.
Nos cuenta, también, que esa primera mujer se llamó Pandora. Y a pesar de las advertencias de Prometeo acerca de no aceptar regalos de los dioses, su hermano Epimeteo se enamoró de ella y la tomó por esposa. 
Relata el mito que hasta ese momento la humanidad había vivido en armonía con el mundo; pero Pandora, curiosa, abrió la caja prohibida; permitiendo que la vejez, la enfermedad, la fatiga, la locura, el vicio, la pasión, las plagas, la tristeza, la pobreza y el crimen quedaran libres. 
Los avances en investigaciones históricas y arqueológicas nos permiten hoy saber más acerca de la Caja de Pandora: era pequeña, y en su interior contenía una hamburguesa así de chiquita con queso cheddar y salsa de pepinos, un sobrecito con cinco papas fritas locas, una servilleta de papel, un sachetcito de mayonesa y un muñequito de Superman, de plástico; baratija hecha en Taiwan. La gaseosa, chica, venía aparte.

Acerca del autor:

viernes, 25 de septiembre de 2015

Escondite - Laura Olivera


Durante horas me han perseguido sin tregua y ahora, desde mi magistral escondite, puedo observarlos sin miedo: ahí están los tres hombres, cobardemente refugiados bajo sendos paraguas negros, tres figuras espectrales envueltas en una bruma violácea, tramando sin duda una nueva estratagema para atraparme. Sus voces no me llegan pero sé que están recriminándose el fracaso de la pesquisa porque habían pensado que este predio, casi un descampado, sería una ratonera. El más bajo de ellos gesticula con energía, diríase que reprendiendo a los otros dos, que parecen agachar la cabeza, aunque apenas puedo verlos bajo esos enormes paraguas. Creo estar sonriendo. ¡Qué extraordinario ha sido mi escape! Increíble verme a salvo en mi escondite después de haber estado tan cerca de caer en sus garras, cuando uno de ellos, cuyo rostro no llegué a ver, cuyo aliento pútrido me produjo náuseas, cuyas manos me asieron brutalmente por los pelos, arrastrándome unos metros sin soltar el estúpido paraguas y pareció ser el final. Es cierto lo que tantas veces he oído decir: cuando uno cree que está a punto de morir ve imágenes de toda su vida. En un solo y fugaz instante vi la casa de mi infancia, las manos de mi abuela, la matinée de mis años tontos, la cara de Raúl, mi compañero, mi otra mitad, mi único amor, que ahora está perdido, o desaparecido, como dicen. Aún no sé cómo lo hice, de dónde provinieron esas fuerzas demenciales, pero el caso es que luché y me retorcí como un pez encabritado, sentí sus dedos de bestia estrujándome la carne, luego la caída y la punzada de dolor en el vientre, mis piernas batiéndose en el fango hasta verme libre. Logré así burlar al canalla que me persiguió como un imbécil, pisándome los talones pero trastabillando aquí y allá, resbalando en el suelo viscoso hasta perderme. En la tiniebla húmeda corrí como nunca, y cuando ya las piernas flaqueaban me sentí caer en este providencial agujero en la tierra desde donde puedo ver sin ser vista. Me queda esperar a que mis verdugos desistan para salir de mi hueco y escapar definitivamente. El que parece dar las órdenes hace un gesto y los otros dos lo siguen. ¡Vienen hacia mí! ¿Cómo es posible? ¿Me han descubierto? Sin alternativa, permanezco inmóvil, de cara al cielo, bebiendo un poco de la lluvia que me moja los labios, sin perder la calma que me invade desde que hallé este escondite. De pronto pareciera que ha dejado de llover, pero no tardo en comprobar que no, que en realidad son tres paraguas que me hacen las veces de techo y ahí están ellos, mis perseguidores que, apenas inclinados hacia mí, me miran como a un animal que ha caído en una trampa. Continúo inmóvil, como si quisiera camuflarme en el barro que ya comienza a inundar mi zanja, el escondite que había creído infalible pero que ha fallado. Curiosamente no tengo miedo pero me preparo para defenderme, en guardia, despierta, lista para lo que sea y sin embargo no siento la sangre bullir en mis venas, pero entonces ocurre lo inaudito: los tres hombres se miran y se van. ¿Me han perdonado la vida? Aún alerta, intento comprender, pero ya el caudal de barro es una catarata constante, mejor será salir de este escondrijo lo antes posible, pero no puedo. Mis miembros no se mueven, mi cuerpo no responde y ya el barro me cubre la boca cuando, como en un sueño terrible, el cielo se ilumina y le arranca un destello a la hoja del cuchillo hundido en mi vientre. No estoy despierta entonces, pero tampoco estoy dormida; cuánto tiempo habré pasado aquí, haciendo conjeturas bajo la lluvia como si hubiera estado viva. Y entonces me vuelve el recuerdo del hombre que me sostiene por los pelos, sólo que esta vez lo veo arrojar el paraguas a un costado, lo veo alzar el cuchillo y me parece estar gritando otra vez. Le veo la cara, es blanco y feo, me arrastra hasta la zanja y allí me arroja, luego vuelve con sus compañeros de faena para relatar lo ocurrido; lo habrán reprendido sin duda por no capturarme viva. Le doy gracias a Dios por eso, mientras el obstinado barro se desliza sin cesar por las paredes de mi zanja, de mi escondite, de mi anónimo e irremediable sepulcro.

Acerca de la autora:  

Open day - Joao Ventura


—Este es el Departamento de Informática Neo-cartesiana —le explicó el guía a un grupo de visitantes—. Las denominaciones “hardware” y “software”, hoy obsoletas, se han suprimido; fueron sustituidas por “cuerpo” y “alma”. Ya no hay ingenieros de hardware y software, ahora hay médicos y psiquiatras.
Signos de inquietud surgieron en el vestíbulo de entrada. Un hombre vestido de negro con collarín blanco y portando un maletín que ostentaba una cruz en bajorrelieve en el frente, fue conducido rápidamente hasta el ascensor por dos tipos de seguridad y subió con uno de ellos.
El guía se dirigió al otro agente de seguridad y le preguntó: —¿Qué está ocurriendo?
—Tuvimos una alerta de la Sección Fundamentalista del Departamento. Una impresora empezó a vomitar símbolos extraños, y como en esa sección no se cree en la medicina, llamaron a un sacerdote para que aplique un exorcismo.

Traducción del portugués: 
Sergio Gaut vel Hartman

Acerca del autor: 
Joao Ventura

Una historia del tiempo venidero - Carlos Enrique Saldívar


En un futuro cercano el cuento ha muerto. Nadie lo extraña. La humanidad se ha sumergido en la estupidez y el caos. El mundo sigue su avance con incertidumbre, corre el riesgo de desaparecer, sumergido en las entrañas de su propia demencia.
Ha transcurrido un siglo, dos, la Tierra se halla en la cuerda floja.
El cuento ha fallecido hace doscientos años.
Sin embargo, se avizora una esperanza.
Por aquel tiempo nace una niña, la cual fue abandonada en los bosques de un país del sur. Sobrevive los primeros años de su vida gracias a la ayuda de una gentes pobres, pero al llegar a la pubertad es dejada a su suerte otra vez. Subsiste unos años a base de frutas y semillas. Llega a la ciudad, pensando que su situación mejorará, comienza a decirle cosas a la población. Que no deben agredir a sus semejantes, que tienen que mantener limpia el agua del río, que es negativo maltratar a los animales. Nadie le hace caso. Pasan tres años. Aburrida, se le ocurre que puede narrar algunas historias, usando como trasfondo estos mensajes de protección al planeta. Se va a un mercado, se sienta en una banca de piedra y comienza a hablar sola, con voz alta, haciendo muecas.
Un cuento está naciendo.
Un niño se acerca a oír a la chica.
Comienza a maravillarse.
El cuento ha nacido. Vive. Crece. Es fuerte.
La chiquilla empieza a parir otro relato.
Se acerca a ella otro niño, una niña, otra niña. Diez, quince, veinte pequeños. Todos, con sus trajes harapientos y piel lacerada, le escuchan atentos.
La muchacha da a luz tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez ficciones más.
Al anochecer, se retira a dormir, junto al mercado, entre dos trozos de cartón.
Al día siguiente repite la operación; maravillosos relatos de fantasía, amor, amistad, dolor, intriga, decepción, coraje, valentía, fiereza, ternura, terror, crimen, castigo, justicia, nacen de su voz. Más infantes se fascinan con ella, con sus aventuras. A sus oyentes se añaden adolescentes, jóvenes, adultos y ancianos; los mayores le dan comida y dinero a cambio de oírle narrar sus historias. Ella invierte sus ganancias de buen modo, duerme en adelante en una habitación modesta, acurrucada en una cama, protegida del frío y del mal, soñando nuevas narraciones para dedicárselas a su público el día siguiente, a esa gente que mantiene aún la confianza de que puede existir algo de valía en el mundo. La fama de la chiquilla se extiende por toda la región, por el país entero y su talento se contagia entre las personas de su tierra, del continente, del globo.
Así, los cuentos vuelven a ser difundidos entre los seres humanos. Gracias a la resurrección de las ficciones, hombres y mujeres tienen la buena idea de reflexionar, progresar y arreglar el planeta que una vez estuvieron a punto de destruir.
El cuento había renacido. Y se mantendría vivo en adelante.
La niña que le hubiera dado vida de nuevo falleció una tarde de otoño, de anciana. Nadie la olvidará nunca; ella será recordada a través de las incontables historias que compartió, por medio de los innumerables relatos que las personas se cuentan. A través de la inconmensurable cantidad de narraciones que los ciudadanos se regalan hoy unos a otros. Por medio de este llamativo texto que te acabo de obsequiar, apreciado lector.
Y ahora, empecemos con una nueva historia.
¿De qué la prefieres?
Tengo una bolsa mágica repleta de ellas.

Acerca del autor:  
Carlos Enrique Saldivar

domingo, 20 de septiembre de 2015

La novia de Frankenstein - Luciano Doti



El proyecto “La novia de Frankenstein” se proponía crear una muñeca del tipo cibernético capaz de emular a una mujer de carne y hueso. Pese a su nombre, la belleza era un objetivo a alcanzar. Sería de rasgos caucásicos, con el cuerpo de una playmate. Así las querían en el principal mercado al que estarían destinadas: el sudeste asiático.
Cuando la prototipo estuvo terminada, se le ofreció a un voluntario tener intimidad con ella. El afortunado hombre era uno de los tantos japoneses que se habían anotado para vivir esa experiencia. El feliz exponente de la tierra de los samuráis amaneció muy complacido. Manifestó haber pasado la mejor noche de su vida.
El anuncio del nuevo producto se hizo casi de inmediato. Miles de yenes, yuanes y otras monedas fueron invertidos en la compra de esa cibermujer que combinaba estética occidental con sumisión oriental para satisfacer a no pocos hombres consumidores de muñecas inflables en el pasado. Del mismo modo, no fueron pocas las personas que pensaron que, por el nombre y las características del proyecto, la feminista Mary Shelley se estaría revolcando en su tumba.


Acerca del autor: 
Luciano Doti