domingo, 6 de diciembre de 2015

Corso - Rodolfo Walsh


Vos sabés cómo nos divertimos, el corso era un asco pero nosotros nos divertimos igual. El Ángel se consiguió unos plumachos, dice que los trajo de la isla y que crecen en una planta, pero eran como plumas de avestruz. Después me fijé que en un quiosco los vendían a veinte sopes cada uno, qué atorrantes, imaginate que esas cosas crecen en los árboles y los tipos las venden a veinte mangos.
Hacía un tornillo que te la debo, pero igual las minas andaban casi en bolas en las carrozas, yo siempre digo que estas ñatas con tal de andar en bolas hacen cualquier cosa. El Ángel y yo empezamos a pasarles los plumachos por las gambas, vos sabés qué plato. A las tipas les gustaba, pero algunas ponían cara seria para disimular, vamos, viejo, a quién no le gusta que le hagan cosquillitas. Un jetón que iba en una picá llena de florcitas le dijo al Ángel por qué no se las metés a tu abuela y el Ángel le refregó el plumacho por la cara. El tipo hizo como que se bajaba pero cuando nos vio las caras subió el vidrio y la dejó a la hermanita en el capó y el Ángel le rompió tres plumachos entre las gambas, estuvo exagerado.
Pero lo grande fue cuando vino el hindú en un forcito del tiempo e mama. Este hindú venía todo desnudo, menos un calzoncillo cerradito y un turbante en el melón con una piedra divina, te lo juro. Iba sentado en el capó, con las patas cruzadas, seguro que lo vio en el cine. Con una mano se agarraba la barriga, y con la otra se tocaba la piedra del melón y después el pecho y saludaba, hablando bajito en un idioma. Pero lo mejor que hacía este hindú era que en cada bocacalle se tomaba un trago de un frasquito, prendía un fósforo y escupía unas llamaradas de samputa.
Cuando el Ángel lo vio, se quedó enloquecido y empezamos a seguirlo. Yo le decía dejáme de joder, mirá las minas, y el Ángel nada, el hindú lo tenía entusiasmado, lo miraba de arriba abajo como si fuera Nélida Roca. Ahí supe que iba a hacer una cagada, porque el Ángel será lo que vos quieras, menos eso. Cuando quise acordar estábamos frente al palco el hindú con el forcito y al lado el Ángel y yo detrás. Entonces el hindú mirando el palco donde estaba el intendente, echa la cabeza para atrás y se manda un trago doble de la nasta, y mirando al cielo se arrima el foforito. Y en eso lo veo al Ángel que levanta el plumacho y lo toca justito en el hueso de la garganta, y el hindú empieza a escupir fuego hasta por los ojos y se siente un olor a bife que no te cuento, el hindú parece que se quema, y yo hago lugar para los bomberos, o sea que me rajo. Y por la otra vereda lo veo al hindú que lo corre al Ángel, y ya no le habla en el idioma sino que le dice la puta que te parió, la puta que te parió, y menos mal que no lo agarra porque si no lo mata.
Al rato nos encontramos con el Ángel en la estación, el Ángel hace como que me habla en el idioma, y nos meamos de la risa, viejo, vos sabés qué plato.

Acerca del autor:
Rodolfo Walsh

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Al final de la noche - Gabriela Navarro


La luna iluminaba aún el pasaje cuando Juan, el indigente, se enderezó y salió del letargo en que lo había sumido el vino. El hado malvado de la bebida se había retirado a cantar la palma de otras lenguas, seguro de que volvería a verlo.
Durante el día, los vecinos solían murmurar historias sobre Juan; algunos le temían, otros lo despreciaban, alguno que otro sentía piedad por él, e incluso se conjeturaba que tal vez fuera prófugo de la ley en algún país vecino; todo eso sustentado por la imaginación de los viejos que, aburridos, espiaban el pasaje por las hendijas de las persianas. 
La verdad solo Juan la conocía. En otros tiempos había sido un sujeto estimado… hasta admirado, podría decirse, pero de eso hace ya un siglo, si nos atenemos a cómo luce hoy, andrajoso, descalzo y mugriento.
Se puso de pie, se acomodó lo mejor posible las ropas y empezó a cantar como nunca lo habían oído en el pasaje. La voz, algo deteriorada por la mala vida, aún mantenía la potencia y entre las notas cascadas por el alcohol se apreciaba una belleza que permitía imaginar lo que había sido en su época. —Callate —le gritaron algunos.
—Andá al Colón, engreído —protestaron otros.
—Shhh...
Las voces que salían de las ventanas del pasaje lo intentaban acallar.
Juan entregó unas líneas más de Vesti la Giuba y luego la noche regresó al silencio, interrumpido de vez en cuando por el sonido de los autos en el adoquinado de la bocacalle.
Por la mañana, encontraron muerto a Juan.

Acerca de la autora:

La Bestia - Ernesto Simón


A los 55 años, Augusto descubrió que la Bestia no era el Demonio. Tampoco el ángel Lucifer, el Diablo o el Innombrable. Sinónimos de la culpa y el mal fabricados a pura sangre humana, nada de lo que había aprendido de niño le sirvió para enfrentar a la verdadera Bestia que poco a poco se lo fue comiendo. Todo venía bien hasta cierta edad. Una vez en la calle, se las tuvo que ver con los colmillos fieros del trabajo en negro, la envidia ajena, las habladurías de pueblo y las ganas que suelen tener algunos de joder a otros. Así, Augusto vio caer un mito que ha viajado por el tiempo y también fue testigo de cómo su integridad se vino abajo hasta tocar el suelo, ese lugar cómplice del que casi nunca levanta la mirada.

Acerca del autor:
Ernesto Simón

La revelación - Nicolás Coria Nogueira


Una vez leído este párrafo, intentó acomodar las palabras para que dijeran lo que él realmente quería decir. Para dicha empresa fue necesario ordenar su mente y conectarla con el órgano de la intención, cuyo nombramiento es innecesario. Para trabajar de manera adecuada, durmió –y descansó eficazmente– durante siete noches consecutivas, en el momento en que perdía de vista la luna entre los edificios. Despertaba, preparaba el desayuno, y miraba por la ventana algunas horas. Cada noche, antes de acostarse, cuestionaba su identidad y se preguntaba cuál sería su nombre, ya que ni siquiera lo conocía. A la mañana despertaba y se contestaba siempre una cosa distinta. Los sueños, lejos de revelarle misterios, le arrojaban más respuestas de las que quizás esperaba. Pero también quizás no sobraba ninguna. Firmó con un nombre que le revelaría tranquilidad, probablemente aparecido en un sueño: Anónimo.

Acerca del autor:
Nicolás Coria Nogueira

Adúltera – Armando Azeglio


Corría desesperadamente. El nivel de adrenalina en su cuerpo debía haber subido. Sus piernas empezaban a negarle la velocidad que el cerebro les ordenaba. “¿Y ahora qué hago?”, se preguntó, “¡esta debe ser la periferia de la ciudad!”. Su ciudad. Su entrañable ciudad convertida en ese frenético discurrir de paredes muertas pasando ante sus ojos. Su ciudad de adoquines enterrados con urgencia que, en este instante, le dificultaban el paso. Su ciudad de formas arquitectónicas improvisadas, aglutinadas en espacios vitales prácticos, promiscuos y hasta a veces fétidos. “Sí, estos deben ser los arrabales”, pensó. También pensó en sus piernas. Sus blancas, nacaradas, y sedosas piernas que ahora contraían y relajaban músculos enloquecidamente para poder permitirle esta: su —quizá— última carrera. “El final no puede ser este, se dijo. “No puede ser así”. Y con el rabo del ojo alcanzó a observar que uno de los que la perseguían se había agachado para levantar una pesada piedra. ¿Qué pretendía hacer con tamaña roca? ¿Qué harían con ella después? ¿La descuartizarían? ¿La dejarían muerta y abandonada en alguna calleja inmunda? Fantaseó con su cuerpo exánime y aleatorio, revoloteado por las moscas y acariciado por uno que otro gusano. “El final no puede ser este”, repitió obsesiva. Lo había imaginado de otra forma. En medio a una cierta dignidad doméstica, quizá. Ella anciana, en un lecho de muerte, rodeada por sus hijos, sus nietos y alguna hermana supérstite.
—¡Perra! —le gritó uno de sus perseguidores.
—¡Noooooooooooo! —respondió ella, pero su mente ya había escapado al agitado rostro de su amante. Sí, su amante, su amante de labios embebidos en vino. Su amante que había sido y continuaba siendo un escape, una especie de antídoto, de venganza contra una realidad híbrida y repetitiva. Por momentos sentía que siempre había sido obligada a simular. A simular amor por un marido que solo estimaba, a simular abnegación aún cuando su corazón se rebelaba. A simular beatitud a pesar de sus dudas. A simular desapego a pesar de su deseo por otros hombres. Con el rostro convulso y el pecho agitado, se imaginó en medio de un orgasmo con él y pensó que era curioso como el cuerpo expresaba estados de ánimo tan diversos con gestos similares. El placer, el dolor; los extremos sin duda alguna debían tocarse. Todo le pareció ilusorio. Pensó a Dios, al dios de su padre, al dios aprendido de niña: “un verdugo bueno-pero-terrible” y no pudo menos que suplicar:
—¡Ayúdame te ruego! —Entró en un callejón sin salida cuando sus presuntos captores ya parecían una jauría de perros enloquecidos; devoraban metros con frenesí asesino, escupían —por entre sus barbas— versículos de la ley. Vociferaban cosas ininteligibles, la señalaban con odio, aullaban, maldecían. La deseaban cadáver.
—¡Estoy perdida! —gritó—. Y fue entonces que apareció ese hombre, como salido de la nada. Creyó reconocerlo, haber sentido vagos rumores sobre él y sus hombres en el mercado. La descripción coincidía: elegante, pelo cuidado, barba. Escribía algo con el dedo en la arena, distraídamente. De pronto, se incorporó y se puso delante de ella, como protegiéndola y luego habló con una autoridad inusitada, enfrentando a la horda, que se detuvo en seco, estupefacta.
—El que de ustedes no tenga pecado, que arroje la primera piedra —dijo—; y se agachó para continuar escribiendo.

Acerca del autor:  
Armando Azeglio

Los eclipses - Alberto Jaumot de Zuloaga


Tras tantos milenios en el que los dos astros se llevaban viendo, por fin se habían enamorado. El sol de la luna y viceversa. Uno de la luz blanca de la otra y su reflejo en el mar oscuro y ella de los rayos del amanecer y de sus atardeceres románticos. Eran un Romeo y una Julieta, dos amantes con un amor imposible. Él era el día y brillaba con luz propia, ella era la noche y vivía amparada por las estrellas. No podían convivir pero tampoco vivir sin el otro, por eso conspiraron contra los ciclos naturales con tal de encontrarse y así aparecieron los eclipses, días en los que podían encontrarse, y amarse.

Acerca del autor:
Alberto Jaumot de Zuloaga

sábado, 28 de noviembre de 2015

Otro Apocalipsis – Sergio Gaut vel Hartman


Se encuentran Adolf Hitler y Jorge Luis Borges en el Tiegarten de Berlín. El nazi, que no tiene mucha idea de quién es el escritor, empieza a hablar pestes de los judíos.
—Un momento —lo ataja Borges— usted debería tener en cuenta que el mundo es una creación de los judíos.
—¿Qué le dije? —se exalta Hitler—. ¡La sinarquía internacional! ¡La banca Rotschild! ¡Corrupción hebrea en todas partes! ¡Hay que matarlos a todos!
—Me parece que no entiende —insiste Borges mirando al führer a los ojos, ya que en este cuento el escritor ve perfectamente—: crearon el mundo; lea el Génesis, interiorícese en la Cabalah
—¡Soy ateo! —vocifera Hitler.
—Yo también —replica Borges—. Pero nuestro ateísmo no puede evitar el enojo de Yahvé; ahora vea lo que sucede por su culpa.
En efecto: las estrellas del firmamento, que hasta entonces habían brillado con inusual intensidad, empezaron a apagarse.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman