domingo, 8 de noviembre de 2015

¡Por poquito! - Claudio G. del Castillo


Buenos días buenos diítas, Martica. Oye, espero que hayas dicho en la oficina que estaba enferma. ¡Uy, si es que no me contengo, no me contengo! Ese Carlos es un semental, para que sepas...
Lo que sé es que marcaste el número equivocado. Soy Agripina, la jefa de Personal. ¿Quién demonios habla?
¡Ñiiif!
Clic.

Acerca del autor:
Claudio G. del Castillo

Sábila - Jaime Arturo Martínez Salgado


A la memoria de Juanita Romero Scott.

La joven pintora entró, decidida y optimista en aquel parque descolorido y gris. La esperaba su amante. En sus manos llevaba envuelto su último cuadro, una sábila que había escogido como modelo. Al verlo sentado en la banca de siempre, retiró la envoltura y con él de frente, caminó despacio a su encuentro. A su paso, todo copiaba los tonos verdes del cuadro, los árboles y las secas plantas se tiñeron de verde almendra, de verdejade, de verde lirio, de verde mirto, de verde musgo, de verdepensamiento y la estatua del prócer sonrió.

Acerca del autor:
Jaime Arturo Martínez Salgado

miércoles, 4 de noviembre de 2015

En la isla de Horacio - Roberto Yamakata


El mensajero del correo privado le pregunto al surubí. El surubí lo envió con el yacaré, quien le sugirió preguntase a tres hombres que estaban sentados en un banco hamacándose. Los tres hombres extraños lo enviaron a un botero que estaba herido y lo transportó a la isla de Horacio. 
Era Horacio Quiroga que había encargado vino y queso. En la isla gozaba de eterna juventud, pero no podia abandonarla jamás. El mensajero lo vio sentado de espaldas, pescando frente al río. Horacio, sin volverse, le indicó que dejase el pedido, y el mensajero se fue por donde vino, pensativo.

Acerca del autor: 
Roberto Yamakata

La maldición - Omar Chapi


La tarde caía lánguida sobre la ciudad, dándole ese aspecto de nostalgia que tanto extrañaba. En la biblioteca, el abandono parecía más denso que en cualquier otra parte de la vieja casona; caminó entre los estantes llenos de libros cubiertos de polvo; no podía negarlo, amaba este lugar que por mucho tiempo fuera su guarida, hasta que se vio obligado a partir, como todos, huyendo de la maldición. 
El cabello atado en una trenza le llegaba a la cintura y, aunque tenía años cuidándolo y dejándolo crecer, lo odiaba; pues, era el símbolo de aquella esclavitud absurda de la que en vano había intentado huir. 
Se detuvo ante el archivador; buscó con ansias, hasta que encontró el arma. 
—Ojalá funcione —pensó al verla cubierta por el óxido. 
Anhelante salió a los pasillos, donde la soledad cargada de un pasado inolvidable, salió a su encuentro. No lo soportaba. Se dio prisa. 
No obstante, su memoria insistía en volver a ese lejano y lluvioso día, cuando siendo niño todavía subió al soberado; entre una maraña de cosas entregadas al olvido, se encontró con aquella curiosa criatura; nunca supo si era real o producto de su imaginación, pero la creyó inofensiva y se acercó sin miedo; sin embargo, aquel era un ser perverso, al que le divertía esclavizar a las personas con hechizos y maldiciones absurdas. 
El ritual era muy parecido a un juego, por lo que no advirtió el peligro. 
—¡Quién te corte el cabello morirá! —sentenció, levantando sus pequeñas manos y dibujando signos extraordinarios en el aire, para luego desaparecer sin dar explicaciones. 
Tras la muerte del peluquero del barrio, empezó a tener sus dudas; no obstante, abrigaba la esperanza de que todo fuera una tonta coincidencia y nada más; pero, luego de lo sucedido con la bella dama que le hizo el corte de cabello a la moda, se alejó de las peluquerías. 
Nadie lo entendía. Sus padres lo tomaron como un acto de rebeldía, que incluso tuvo repercusiones en la escuela; no obstante, se mantuvo firme, no quería que más gente inocente muriera por su culpa. 
Pese a su determinación, le resultó inevitable sentirse preso de aquella condición absurda y, en un momento de gran frustración, incluso intentó el suicidio cortándose el cabello; pero, no funcionó. 
—Se alimenta del dolor —pensó, pero estaba decidido a terminar con todo aquello. Sabía dónde encontrarlo. 
Como todo lo demás, el soberado estaba desierto. 
—¡Dónde te escondes! —gritó, fingiendo arrojo. 
Al sentirse aludido, aquel fantástico ser apareció. 
—No tienes que gritar —dijo con sonrisa burlona—, sé a lo que has venido. 
Al verlo, volvió a sentir miedo, pero estaba cansado de vivir huyendo; esta vez, no lo haría. Sin más, apuntó el arma y apretó el gatillo. El disparo retumbó en la estancia y aquel pequeño ser, tras un leve estremecimiento cayó al piso. 
Sobrevino un doloroso silencio. Seguro ahora, podía hacerse cortar el cabello sin temor a la muerte; pero, un amargo sentimiento de culpa carcomía sus entrañas convencido de haber cometido un crimen espantoso. 
—Lo siento, pero no encontré manera de obligarte a devolverme mi libertad —dijo, como justificándose. 
—No te preocupes —lo calmó la criatura—; en realidad llegué a pensar que nunca lo harías. —No lo entendía, hablaba como si hubiese estado esperado aquel terrible instante—. Fui solo una ilusión — explicó—, tú me creaste, ahora me devuelves a la nada. ¡Adiós!... —Y desapareció. 
Anochecía cuando volvió a la biblioteca; de repente, sintió un deseo abrasador de ir en una peluquería; entonces, salió corriendo a la calle y entró en la primera que encontró abierta, se sentó en el sillón y esperó, mientras sentía que el corazón le daba brincos. 
—Soy parte de ti —escuchó de pronto a sus espaldas—, nunca podrás liberarte de mí. 
Se dio vuelta sobresaltado; no lo podía creer, era uno de sus mejores amigos de juventud, que al saber de su presencia en la ciudad, venía a saludarlo. 
Se sintió extraño con el cabello corto, pero estaba feliz que el peluquero sobreviviera. Esto sí había que celebrarlo. 

Acerca del autor:

Historia de película o película histérica - Anna Rossell


Le habían enseñado a reaccionar rápido al látigo como a un estímulo. Cada golpe sobre el suelo devolvía la flexión de la rodilla, a menudo tantas veces que hasta le dolía el cartílago aunque el movimiento fuera mínimo. Después, todo lo demás. Siempre la misma temática. Si la ejecución del ejercicio había sido válida, el premio era aquel dulce sabor en la boca y el cálido aplauso de una multitud de ojos que lo observaban con repulsión y arrobamiento místico. Luego lo devolvían a su cuchitril pestífero donde su existencia discurría en condiciones pésimas desde su nacimiento. Allí había visto por primera vez la luz cuando su madre lo trajo al mundo de su realidad cáustica, él, vástago deforme de un vínculo sórdido y bárbaro, destinado a producir un icono de feria. Era el hombre-elefante.

Acerca de la autora:

Esquizofrenia - Silvia Milos



—Vine por mi hijo —dijo el hombre con la camisa rota.
—El no está aquí —respondió el guardia.
—¡Cómo que no! ¿Usted tiene idea de todo lo que hice para encontrarlo?
—No, pero tengo un par de horas hasta que llegue el próximo, puede contarme.
—Muy bien, tal vez así, me ayude.
Y comenzó su historia:
Apenas enterramos a Carlos, quedé solo. Muy triste y deprimido, durmiendo días enteros tirado al lado de su tumba. Poco a poco esa tristeza se convirtió en odio, en rabia. Una noche, mientras fumaba un cigarro apoyado en la lápida, algo me iluminó. Usted puede decir que estoy loco, que podría ser un farol, o las luces de un auto por la ruta, pero esa luz se hizo un punto fijo hasta que cegó mis ojos y habló.
Me dijo que era Carlos, sí, escuché bien, dijo: "tu hijo". Y que si quería, podía volverlo a la vida.
En ese momento hubiera hecho cualquier cosa por tenerlo, no fue justo morir a los dieciséis. Lo pensé, intenté sacar esa idea de mi cabeza, pero hice cosas obsesivas, me peinaba siete veces, me arrancaba siete pelos, caminaba siete pasos, tomaba siete cervezas.
En fin, ¿qué es justo en este mundo, o en el otro?
El asunto era que tenía que matar a siete personas. Y lo hice. Empecé al día siguiente, acuchillé al primero que se me cruzó en el camino. Al segundo lo matamos con unos vagos, ellos eran tres. Hicimos lo mismo con un tercero, un pobre diablo. Lo pisamos con el auto, una y otra vez: tenía que asegurarme de que estuviera muerto. Faltaban cuatro, ni dudé. Cuando se durmieron les cercené la garganta, uno por uno. Su sangre olía a licor.
Ahora era más fácil, tenía que conseguir llegar a siete. El tiempo se acababa, y la solución estaba ahí ¿Cómo no me había dado cuenta?
Entonces, apoyé la pistola en mi pecho, y aquí estoy.
El guardia lo miró de arriba abajo, notó la pesada mancha de sangre pegoteada bajo la tela y se rió.
—Su hijo no está aquí. Él murió por accidente. Este No-Cielo es para los miserables.

Acerca de la autora:  
Silvia Milos

sábado, 31 de octubre de 2015

Un secreto bien guardado – Sergio Gaut vel Hartman


¡Abenatar, amigo! ¡Dicen que ha nacido el mesías!
El comerciante se alzó de hombros (estaba contando botones) y tardó unos buenos cinco minutos en prestarle atención a Jotafet.
¿Y a mí qué? ―dijo finalmente―. ¿Acaso voy a solucionar mis problemas porque haya nacido el mesías? ¿El nacimiento del mesías pagará lo que le debo al sirio Rabunafia? ¿Acaso porque haya nacido el mesías se detendrán las quejas de Falomié cuando le pida que me conceda el privilegio de entrar en ella? No, Jotafet, a mí no me cambia nada que haya nacido el mesías.
Una vez más, el pobre Jotafet quedó en silencio y se guardó para sí el secreto que lo atormentaba, y que a nadie más que a Abenatar se hubiera atrevido a revelar; tampoco lo haría esta vez. Él, que tenía el don de ver en el futuro, sabía que el mesías no iba a traerle bendiciones a los judíos, que no era el mesías que estaban esperando, que la nueva religión fundada por el mesías no tardaría en oponerse al judaísmo y que pasarían más de dos mil años antes de que las tres ramas del monoteísmo volvieran a juntarse. Porque incluso eso veía Jotafet, veía el nacimiento del Islam, las cruzadas, la Inquisición, los pogroms, el Holocausto, los terroristas autoinmolados y la discriminación mutua, en todas sus formas. Y hasta veía que la tan ansiada fusión, que ocurriría el 31 de marzo de 2590, 5 Nisan de 6350, se formalizaría entre el último cristiano, el último judío y el último musulmán, cuando ya no fuera posible repoblar la Tierra porque todas las mujeres, esa subespecie despreciada por las tres religiones, había desaparecido de la faz del planeta.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman