jueves, 15 de octubre de 2015

La bandera - Pablo Neruda


Mi bandera es azul y tiene un pez horizontal que encierran o desencierran dos círculos armilares. En invierno, con mucho viento y nadie por estos andurriales, me gusta oír la bandera restallando y el pescado nadando en el cielo como si viviera. Y por qué ese pez, me preguntan. ¿Es místico? Sí, les digo, es el simbólico ictiomín, el prescristense, el cisternario, el lucicrático. el fritango, el verdadero, el frito, el pescado frito.
—¿Y nada más?
—Nada más.
Pero en el alto invierno allá arriba se debate la bandera con su pez en el aire temblando de frío, de viento, de cielo.

Acerca del autor:
Pablo Neruda

domingo, 11 de octubre de 2015

El asunto de los gorgojos – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Y cómo le dio por criar gorgojos, Pudibundo, si se puede saber?
—Se puede, Fracasia, se puede. Verá, estaba yo ayunando para honrar la fiesta del Peridonal...
—¿Es usted marmórico, Pudibundo? Jamás lo hubiera imaginado.
—No se confunda, Fracasia. Los que festejamos el Peridonal somos los excrementiceos de la divina deposición. Pero no me aparte del tema, por favor.
—Lo siento, continúe con su instructivo relato.
—Continúo. Como usted bien sabe, o tal vez ignore, da lo mismo, las honras excrementiceas se efectivizan mediante un ayuno ecléctico previo, que consiste en la ingesta de harinas leudadas a las que se somete a un proceso de estacionamiento que dura seis meses, seis días y cinco horas. 
—¿Así de exacto, Pudibundo?
—Así de exacto y riguroso, Fracasia. Pero no me interrumpa, por favor.
—Perdón de nuevo. Siga, siga.
—Inevitablemente un lapso tan prolongado de almacenamiento de las harinas facilita la proliferación de gorgojos de todo calibre.
—¿Hay muchos calibres de gorgojos, Pudibundo?
—Infinitos, Fracasia, pero le vuelvo a rogar que no me interrumpa.
—Perdón una vez más; no lo volveré a hacer.
—En esas circunstancias, en vez de separar la paja del trigo, o los gorgojos de la harina, que es casi lo mismo, advertí que el ayuno derivado de las honras excrementiceas podría tener unos interesantes efectos derivados.
—Y fue ahí que empezó a criar gorgojos.
—Aún no. La iluminación me llegó varios días después, justamente cuando me presenté ante el Zor de Verano, que es quien recibe las ofrendas de Peridonal.
—Es decir, el Peridonal se festeja en verano.
—No. El Peridonal se festeja en otoño. El Zor recibe ese nombre porque la acumulación de ofrendas eleva la temperatura del templo. Pero me ha interrumpido de nuevo, Fracasia.  
—¡Soy incorregible!
—En absoluto. Ya verá que se enmienda en cuanto le aplique mi correctivo especial, que consiste en una...
—Ahora el que se está apartando del tema de los gorgojos es usted...
—Tiene razón. Reanudo y enlazo. Al presentarme ante el Zor de Verano y contemplar su rostro enjuto y picudo como el de un gorgojo, con su aparato bucal masticador en el extremo de una probóscide, en ese mismo momento, recibí el mandato del Máximo Depositor para que dedicara el resto de mi vida a la cría de esos inofensivos y simpáticos insectos.
—Pero si usted dedica el resto de su vida a la cría de gorgojos no tendrá tiempo para cultivar nuestra amistad y la misma se marchitará como un rosal mal regado.
—No proteste, Fracasia. La vida es como es, no como a uno le gustaría que fuese. Y, por otra parte, tenemos el asunto ese del correctivo, que nos unirá para siempre.
—Tengo curiosidad por saber en qué consiste el correctivo, Pudibundo.
—Ya mismo se lo explico. Venga a mi recámara y quítese toda la ropa, Fracasia.
—¿Toda, Pudibundo?
—Absolutamente toda, Fracasia.

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Ojo previsor - Héctor Ranea


Lord Carnarvon cuenta en un libro inédito que Sir Buttersword tenía un ojo con el que veía el futuro. Jugaba a ser tuerto para no mezclar futuro y presente y no poner en evidencia cuál era el ojo previsor. Usaba dicha facultad para adivinar qué clase de té tomarían las señoritas o cuándo debía esperar favores de ellas. Nunca, asegura Carnarvon en su libro, lo usó para cuestiones deshonestas en el bridge o en cualesquiera otras actividades pero, también estaba obligado a decir, tampoco se supo nunca la extensión de futuro que su ojo abarcaba.

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Un encuentro casual - Rogelio Ramos Signes

a Mónica Cazón

Iba caminando por una calle desconocida para mí, cuando me topé con Drácula. Estaba bastante cambiado. No llevaba capa, sino una especie de chaquetita torera. Era más bajo y gordito de lo que yo me había imaginado. No se le veían los colmillos y usaba unos anteojos descomunales. Además su cabello era diferente al que lucía en las películas; parecía una peluca entre pelirroja y plateada.
Si tenemos en cuenta que el encuentro fue de día y no de noche, que es la hora en que suele andar por ahí mordiendo gente, tal vez no se trataba de Drácula. ¿No sería Elton John? me pregunto.

Acerca del autor:
Rogelio Ramos Signes

La construcción del universo - Ana María Shua


Siete millones de eones tardó en construirse el universo verdadero. El nuestro es sólo un proyecto, la maqueta a escala que el gran arquitecto armó en una semana para presentar a los inversores.
Estuve allí.
El universo terminado es muchísimo más grande, por supuesto, y más prolijo. En lugar de esta representación torpe, hay una infinita perfección en el detalle.
Y sin embargo, como siempre, los inversores se sienten engañados. Como siempre, realizar el proyecto llevó más tiempo, más esfuerzo, más inversión de lo que se había calculado. Como siempre, recuerdan con nostalgia esa torpe gracia indefinible de la maqueta que usaron para engañarlos.
No deberíamos quejarnos.

Acerca de la autora:
Ana María Shua

No vuelve - Alejandro Bentivoglio


Cuando al muñeco se le acabaron las pilas pensamos que lo mejor era tirarlo, porque nadie tenía ganas de ir hasta el kiosco para comprar pilas nuevas y lo cierto es que ya no nos servía para nada.
Fue entonces que el muñeco se levantó, se puso un pequeño sombrero y se fue dando un portazo.
—Ya volverá —nos dijimos.
Pero ahora, que es de noche, se nos ocurre que un tipo con orgullo sabe darse cuerda ahí donde jamás la tuvo.

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miércoles, 7 de octubre de 2015

El invento de Tsvetov - Pablo Sanucci


La máquina de transformar la tristeza fue inventada por el ruso Mikhail Tsvetov en 1908. En las primeras pruebas la aplicó a un viejo oso del zoológico de Samara. Necesitó de varios ajustes hasta que la pesadumbre del animal encerrado se viera disminuida. Aplicar la acción correctora era lo de menos, porque consistía en ondas de radiofrecuencia que generaba la máquina, para lo cual la cabeza del animal podía estar distanciada hasta un metro de las antenas emisoras. Lo complicado, con el oso, fue enfocar el lector de fosforescencia residual de la retina que debía apuntar a uno de los ojos durante pocos segundos. Con la información de este detector, la máquina ajustaba la frecuencia y la amplitud de los pulsos de las ondas de radio, de manera que incidan sobre el centro de la tristeza en el cerebro. Pasados dos días de aplicaciones, el animal perdió la apatía y la agresividad y empezó a comportarse como un perro domesticado común y corriente, mostrando inusitada alegría cuando veía al cuidador del zoológico, al doctor Tsvetov o a su ayudante. Este último fue el primer humano, cuya consternación natural por la reciente muerte de su madre, desapareció totalmente gracias a la máquina. No había alcanzado a transformar la tristeza de una docena de personas cuando el gobierno ruso tomó conocimiento del invento, destruyó el aparato y exilió a su creador en un pequeño pueblo de Siberia. La gente sin tristeza no tiene interés en pertenecer a un sistema.

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