miércoles, 7 de octubre de 2015

El invento de Tsvetov - Pablo Sanucci


La máquina de transformar la tristeza fue inventada por el ruso Mikhail Tsvetov en 1908. En las primeras pruebas la aplicó a un viejo oso del zoológico de Samara. Necesitó de varios ajustes hasta que la pesadumbre del animal encerrado se viera disminuida. Aplicar la acción correctora era lo de menos, porque consistía en ondas de radiofrecuencia que generaba la máquina, para lo cual la cabeza del animal podía estar distanciada hasta un metro de las antenas emisoras. Lo complicado, con el oso, fue enfocar el lector de fosforescencia residual de la retina que debía apuntar a uno de los ojos durante pocos segundos. Con la información de este detector, la máquina ajustaba la frecuencia y la amplitud de los pulsos de las ondas de radio, de manera que incidan sobre el centro de la tristeza en el cerebro. Pasados dos días de aplicaciones, el animal perdió la apatía y la agresividad y empezó a comportarse como un perro domesticado común y corriente, mostrando inusitada alegría cuando veía al cuidador del zoológico, al doctor Tsvetov o a su ayudante. Este último fue el primer humano, cuya consternación natural por la reciente muerte de su madre, desapareció totalmente gracias a la máquina. No había alcanzado a transformar la tristeza de una docena de personas cuando el gobierno ruso tomó conocimiento del invento, destruyó el aparato y exilió a su creador en un pequeño pueblo de Siberia. La gente sin tristeza no tiene interés en pertenecer a un sistema.

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Asesinato sin testigos - Javier López


—¿Han detenido ya al agresor? —pregunté al jefe de policía, al que unos minutos antes había pedido cita en su despacho.
—No, aún no. Ese vagón de metro no tenía cámaras de seguridad.
La noticia había llegado hacía un par de horas a la redacción del periódico. Trabajo en la sección de sucesos locales y pocas veces había tenido un caso de tan extrema violencia. El individuo había entrado en el vagón de metro, le había dado una paliza mortal a un pasajero que estaba aún de pie y le había robado todas sus pertenencias. Diecinueve personas viajaban en el mismo vagón. Por eso se me hizo urgente entrevistarme con el jefe de policía, imaginando que el caso estaría prácticamente resuelto después de la declaración de los viajeros.
—¿Y qué descripción han dado los testigos? ¿Trabajan ya sobre alguna pista firme? —pregunté mientras garabateaba algo sobre mi cuaderno de notas.
—No hay ninguna descripción, nadie vio nada —contestó con cierto desdén.
—¿Me está diciendo que una veintena de personas viajan en un vagón, asesinan a una de ellas ante los ojos de todos los demás, y nadie vio nada? ¿Los narcotizó el agresor? ¿Amenazó a los testigos para que no hablaran?
—Nada de eso. Dieciséis de los pasajeros estaban muy ocupados consultando sus teléfonos móviles.
Entonces pensé que el jefe me ocultaba algo y que la clave para la detención del asesino estaría en esos otros tres pasajeros a los que no quería hacer referencia. Así que decidí preguntarle.
—¿Y qué me dice sobre los otros tres? —con mi tono firme traté de tomarle por sorpresa.
—Que usaban tabletas —respondió sin apenas levantar la vista de su mesa de trabajo.

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Javier López

Plazas llenas de gente – Jordi Cebrián


Las plazas siguen llenas de gente. Intolerable, claro. Pero las palomas mensajeras vuelan libres de balcón a balcón. ”Quienes llenan el espacio público son distintos entre sí, tienen consignas diversas, piensan distinto unos de otros”, cuentan con horror los pregoneros. Ministros, emperadores y aspirantes al trono intercambian culpas, sin saber a quien pertenece toda esa gente, y en el fondo todos desean salir también a la calle, haciendo ver que ellos también son diferentes de los demás, de los suyos, e incluso de sí mismos si es necesario. Pero no se atreven. Las plazas siguen llenas de gente. Intolerable, claro.

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Jordi Cebrián

sábado, 3 de octubre de 2015

Último acto – Cristian Mitelman


En el último día, Shakespeare congregó a sus actores.
De la taza de té brotaba un vapor de agua que formaba imágenes difusas. Pensó que eso bien podía ser material para un soneto, pero ya no había mucho tiempo.
A cada uno le pidió que recitara un fragmento que le viniera a la memoria.
Uno se esforzó por ser Marco Antonio despidiendo a César, otro fue Próspero al abandonar sus magias, aquel intentó representar los horrores del asesino de Duncan.
Por último le llegó el turno al contrahecho del grupo. Quiso recordar, pero fue en vano. Solo se quedó mirando la agonía del poeta.
—Eres el único que ha comprendido —dijo Shakespeare.


Acerca del autor:
Cristian Mitelman

La dascha - Abel Maas


Al principio, da la impresión que se acercan para compartir intereses culturales o científicos, pero en nuestra familia sabemos olerlos: hay personas  y animales de ambos sexos a los que sólo les interesa abusar de nuestro cuerpo, les gusta hacer eso y no hacen otra cosa que planearlo todo el santo día, buscando el mejor modo de pegar el zarpazo.
Pero no sólo somos víctimas sufrientes de nuestra belleza y atractivo personal, sino también de nuestro encanto arrasador, una mente fuera de lo común, la voz y la mirada, las uñas siempre limpias, y eso nos viene tanto del lado de la rama paterna como de la materna pero más de la paterna.
Una elegancia pero no la de la ropa, sino la del alma, una gracia pero no la de los chistes hablamos de la gracia de Dios  un corazón generoso, esa sagrada debilidad, como decía mi tía Beatriz, un estar a merced, siempre sin desatender la evolución de las cotizaciones de la bolsa de valores. Aúllan con todo eso y nos agarran indefensos, pensando en las musarañas.
La leyenda cuenta que la cosa empezó hace tres siglos, en Lubelskie, el día en que un antepasado salió de su dascha mientras caía una fuerte nevada;  se desnudó completamente y con su larga barba blanca cubriéndole los genitales, se paró en el medio de la calle, alzó su cabeza bíblica, abrió lentamente los brazos y dijo: “nijai budietak”, que en ruso quiere decir: “y sin embargo es gracioso”.
A ciencia cierta, nadie supo nada nunca si la traducción era la correcta y no es asunto que interese, pero eso fue exactamente lo que sucedió. Después pasaron más cosas a las que fuimos sometidos, pero los del concurso exigen las famosas 300 palabras, contando el título.

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martes, 29 de septiembre de 2015

Hay muchas formas de viajar – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Le gusta viajar, Clariberta?
—¡Ay, sí, Teofrasto! ¿Adónde me va a llevar?
—Santos Lugares, ¿qué le parece?
—¡Estupendo! ¡Maravilloso! Ya me imagino: Jerusalem, La Meca, Roma, Lourdes. ¿Cuál de todos esos santos lugares tiene en mente?
—Santos Lugares, partido de Tres de Febrero, ferrocarril Urquiza, el que sale de Federico Lacroze. Buen servicio, muy puntual. No la noto muy entusiasmada.
—Por favor, Teofrasto. Yo con usted iría hasta el fin del mundo.
—Jamás le propondría algo así, Clariberta. El fin del mundo es algo muy triste, un lugar sin mañana, ¿comprende?
—En realidad no, ni siquiera sé de qué me está hablando. Pero no importa. Yo lo admiro por el enorme pene anillado que me transporta al paraíso cada vez que me penetra. ¿El paraíso y el fin del mundo son lo mismo?
—¿No se estará confundiendo, Clariberta? El del pene anillado es mi hermano mellizo, Teofrastro.
—Me deja anonadada, estupefacta. ¿Cómo es posible que usted y su hermano mellizo se llamen del mismo modo?
—Nos pusieron el mismo nombre para que no nos confundiéramos, imagínese: somos dos gotas de agua, si obviamos el asunto del pene, claro.
—¿Llamarse igual no es motivo de confusión?
—¡No, todo lo contrario! Supóngase que en lugar de Teofrastro mi hermano se llamara Carlitos, y toda la gente, incluso yo mismo, le dijera Teofrastro.
—Tiene razón; sería terrible.
—Entonces, ¿acepta mi invitación?
—Me decepciona un poco que su pene no sea anillado, por lo que no podrá transportarme al paraíso cuando me penetre. Pero igual acepto.
—Yo me refería a ir a Santos Lugares.
—Ah, cierto, tiene razón. ¿Cuándo salimos?
—Ahora mismo. Aquí llega el tren.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Memoria - Héctor Ranea


La señora nos llevó adonde estaba su abuela. Ella era la que tejía. Queríamos saber si tenía colores favoritos, si elegía las lanas de acuerdo a algún criterio especial, sentimental o religioso. La señora tejedora solo hablaba mapundungun, por lo que su nieta nos servía de intérprete, aunque noté que, a veces, ella misma dudaba qué versión darme. Supe que era la última de esa familia en conocer el arte de tejer. La memoria se perdería con ella. Esas telas constituían la última palabra de la señora del telar, como la nombraba la nieta. Éramos, probablemente, los últimos en ver el telar funcionando. Tengo un tejido de ella en casa, no puedo entender qué canta.

Acerca del autor:
Héctor Ranea