jueves, 17 de septiembre de 2015

Agencia matrimonial Shidej – Sergio Gaut vel Hartman


—Tenga, sáquese el gusto. Máximo placer en la cama y fuera de ella.
—¿Y para qué quiero una foto de Nelson Mandela? Se murió hace como un siglo.
—No es Mandela.
—¿No es?
—No. Es un vorterix de Goltren, simbiótico grado dos; trifálico y coprófago.
—Lo mismo, ¿para qué lo quiero?
—¿No anda buscando marido? Vino acá para que le consiguiéramos uno. Este está disponible y los perfiles encajan a la perfección.
—¿Por lo menos es macho?
—Aproximadamente, sí. Es trifálico, recuerde.
—¿Aproximadamente? ¿Qué parte se aproxima?
—Mire, señorita. Shidej es una agencia matrimonial seria. Satisfacción garantizada absoluta. Sea humano o extraterrestre, se lo cambiamos todas las veces que sea necesario y en última instancia le devolvemos el dinero.
—Déjeme ver la foto de nuevo. —La mujer contempló la foto durante un largo minuto; luego miró al dueño de la agencia—. ¿Sabe cocinar? —preguntó finalmente.
—Como los dioses. Prepara manjares de mil mundos.
—¿Adónde firmo?

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Oiga don Noé – Daniel Frini


Oiga don Noé, acá hay un error. Comprendo que usted deba poner una pareja de animales de cada especie, y los ocho brazos y las dos cabezas que tenemos mi esposa y yo se presten a confusión, pero nosotros somos turistas venidos de Aldebarán; no somos de acá, de la Tierra, y en la agencia de viajes no nos dijeron que iba a haber un diluvio. Oiga don Noé ¿con quién podemos hablar? ¿Cómo podemos arreglar esto? Oiga don Noé…

Acerca del autor:
Daniel Frini

La rebelión de los bolígrafos - Javier López


Aconsejo guardarlos con cuidado. En un cajón, bajo llave, de manera que no estén al alcance de los niños y tampoco nosotros podamos herirnos con ellos.
Los bolígrafos han comenzado su rebelión. Después de más de un siglo siendo los protagonistas absolutos de nuestros escritos, los intermediarios de nuestros pensamientos, anhelos, deseos, declaraciones de amor, aciertos, errores, éxitos, fracasos, alegrías y penas, los hemos rebajado a la categoría de anotadores de cosas pequeñas y sin importancia, listas de la compra, citas con el médico tomadas apresuradamente por teléfono, o el recordatorio en un post-it sobre el frigorífico.
Atentos a ellos, pronto desatarán su venganza y, a modo de lanzas, con sus puntas se clavarán en nuestros corazones, para que nunca volvamos a cometer el error de relegarlos al olvido.

Acerca del autor: 

domingo, 13 de septiembre de 2015

Vino amargo - Héctor Ranea


En la Calle de los Misterios, en Roma, hay una taberna en la que se brinda con vino del Divino Emperador Tiberio Julio César Augusto. No es raro que los paseantes distraídos entren a comer un buen plato de tripas de cordero lechal rellenas o bucatini all’amatriciana y sea el día del festejo dorado, aquel en el que el dueño de casa convida a todos con el vino del emperador. Entonces le será servido el vino al final de la comida, junto al de los otros huéspedes y parroquianos que estén en el lugar.
Algunas veces, la mujer que escancia el vino en esa taberna hace que más de un paseante se enamore de sus pechos mientras bebe y todo termina en una gresca feroz con el dueño de casa. Pero no es que esto ocurre necesariamente siempre. A veces el tabernero está tan apático que le da igual, aunque eso no es lo que correspondería tratándose del día áureo.
El vino de Tiberio se sirve pocos días al año, todos relacionados con un supuesto calendario de religiones perdidas. La verdad del mismo queda aún por ser descubierta y por ello no se sabe, pero en verdad que no se sabe, si el tabernero aprovecha situaciones entre los clientes para decretar una jornada de fiesta a su voluntad o si está constreñido a celebrar alguna cuestión religiosa.
Los que siguen estas andanzas (que no son muchos, porque el hombre es de pocas pulgas) contabilizan que sucede dos, a lo más tres veces por estación. Pero eso sí: nunca recuerdan las fechas como para relacionarlas con eventos astronómicos o religiosos conocidos.
La Taberna de la Calle de los Misterios no está lejos del ombligo de la urbe, pero en dirección contraria a los centros de gran turismo internacional. Tampoco es de esos comedores que están en lugares que parecen barriadas populares y terminan siendo caras experiencias gastronómicas. No. Esta taberna del vino de Tiberio es casi lo contrario. Nadie sabe, excepto los pocos que lean esto, que en sus entrañas se esconde ese preciado vino cuyo origen remotísimo hace pensar en qué virtudes mágicas tendría ese emperador tan controversial.
El vino contiene, ciertamente, un secreto que el Emperador Divino aprendió durante sus guerras en África y en el centro del Imperio. La conservación arqueológica, prácticamente eterna, se debe a que la purificación de este vino no se hacía con sangre de toro, sino de niños sacrificados con tal propósito. Si cada turista supiera que al beber ese vino vendió su alma al nefasto Emperador, tal vez desearían no haber tenido sed aquel día. En efecto, el alma se vende automáticamente al beber el segundo vaso, el que la escanciadora sirve glorificando sus senos de tal suerte que el incauto (generalmente es un él) bebe sin remedio.
PS: Si usted, lector, estuvo bebiendo en Roma con una señora de pechos generosos, no desespere. Quizás no lo hizo en la Taberna mencionada.

Acerca del autor:

Destino - Ada Inés Lerner


Sucede. Porque una niña es como un árbol, como un poema. Frágil y eterno. Luminoso y umbrío. Forastero. Como María. Es el momento de abandonar las raíces y navegar hacia el sol. Somos varios, porque la gloria nos espera en una estrella desconocida para otros. No a todos. Porque no a todos los grillos se los oye en el silencio. A veces sólo se oye crecer el silencio de los grillos. Desde el conocimiento íntimo que cree tener de si misma María se sorprende esa mañana con la expresión que le devuelve su imagen en el espejo. También se sorprenden los primeros brotes al reflejarse en el charco de la última lluvia. 
María enciende las la pantalla y admira las luces del espacio y fija la atención en las más lejanas. No puede advertir peligro en ellas. Y aquí se terminan las coincidencias, porque el árbol conoce su destino. 

Acerca de la auora:

Babel Revisited - Tanya Tynjälä


Cuando los Ingenieros Escandinavos dejaron en manos de esos jóvenes nativos africanos tabletas digitales para suplir la falta de profesores en tan remotos parajes, jamás pensaron las consecuencias que su experimento social tendría en el mundo. Al principio todo parecía perfecto. Los niños tardaron muy poco en entender cómo funcionaban los dispositivos y pronto se encontraron utilizando sin problemas juegos educativos que les enseñaban a leer. Los Ingenieros Escandinavos recibieron muchas felicitaciones y se decidió utilizar ese método en otros lugares con carencia de profesores. Pronto la humanidad prescindió de los mismos, alegando que los niños aprendían más fácil, de manera más uniforme y más barata con las tabletas digitales. El analfabetismo, como algunas enfermedades virales, desapareció del planeta. Fue muy tarde cuando uno de esos iniciales ingenieros, notó alarmantes anomalías en el aprendizaje. En esa lejana y primera aldea africana, empezaron violentas luchas que luego él atribuyó a malos entendidos. Entonces comprendió que al no tener un profesor con quién contrastar lo que aprendían, muchos no habían entendido lo mismo. Así pues palabras tan elementales como “comer” o “beber”, no tenían el mismo significado para todos. Al principio los cambios fueron tan sutiles, que nadie los notó, luego evolucionaron hasta hacer la comunicación casi imposible. De nada valió alertar a los gobiernos, ellos —sobre todo los de países menos desarrollados— estaban contentos con los resultados. Muchos años después, cuando el planeta se encontraba devastado por pequeñas hordas que trataban de sobrevivir como podían en ese caos lingüístico, sin agua potable, sin energía eléctrica, uno de los ancianos Ingenieros Escandinavos sobreviviente, maldijo el momento en que colocaron en las manos de esos jóvenes nativos africanos, la primera tableta digital.

Acerca de la autora:
Tanya Tynjälä

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Camafeo – Claudia Isabel Lonfat


Según mi madre, el camafeo había estado siempre en la familia.
En algunas ocasiones lo sacaba para alardear con algún invitado sobre su valor y origen. Todos lo miraban fingiendo sorpresa y escuchaban la historia mitad real, mitad inventada, que ella les relataba de prepo.
Comenzaba su fabuloso relato hablando del origen del camafeo, sobre el orfebre que lo había hecho hace cuatrocientos años para una princesa rusa que murió en la víspera de su boda, y que luego de entregarlo a la familia real había desaparecido misteriosamente sin dejar rastro alguno. Que se trataba de una joya única, de un raro cristal. Y para lograr más impacto a su relato, agregaba, que nunca se había encontrado otra pieza de ese cristal, por lo cual muchos creen que el rey hizo destruir el lugar de donde lo extraían, junto con el orfebre.
La última vez que contó la historia, fue al jardinero por ausencia de público. Este la escuchó atentamente y cuando terminó su fabuloso relato, se lo pidió para mirarlo de cerca, y tras una carcajada dijo; fíjese, señora, cómo se parece a la Margarita Tacher.

Acerca de la autora