jueves, 20 de agosto de 2015

El vampiro pierde su duelo frente al sol - Alejandro Bentivoglio


Presiento un conato de disputa bajo el ojo, un amagar de pestañas que se abalanzan más lejos del párpado ante el inminente amanecer de la pupila. Es en vano precipitar las manos para evitar el contacto de luz que finalmente nos alcanzará.
La lágrima (primer rastro del combate perdido), se desplaza y se despereza hasta la empuñadura de la cara, arrastrado con ella todo resto de dignidad vampírica.

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Muñeca articulada - Raquel Barbieri


Se esculpió el cuerpo de tal manera; cambió tan drásticamente su cara y su pelo, que todos hasta la madre que la parió pensaron que era una impostora.
Nadie conocido volvió a abrirle la puerta, empezando por su marido quien le aseguró a esta aparecida de la nada, que su mujer era más bonita y que tenía un rasgo que la diferenciaba de las otras y que a él encantaba: una pequeña cicatriz sobre el labio superior que hacía de éste, un objeto de sensualidad único. Además, su mujer y no ésta que aparecía con prepotencia en la puerta, tenía el cabello castaño rizado, no rubio teñido, planchado y extendido.
Contrariamente a lo que la flamante operada había pensado, su marido se había enamorado de su naturalidad. No había sido una mujer por la que los coches se detuvieran provocando un caos vehicular ni el delirio de los camioneros. No; ella era una de esas mujeres que se deslizan por la calle en forma casi imperceptible para la mayoría, salvo para los que no son presa del estereotipo cinematográfico más consumido.
El hombre se negó rotundamente a abrir la puerta. Estaba ofendido. De hecho, dejó puesta la traba e invitó a la extraña a retirarse del domicilio en forma pacífica. Le pidió que no ultrajara la memoria de su esposa de ojos color avellana, muy lejano al verde botella de las lentes de contacto que lo ultrajaban con sólo mirarlo.
Ese personaje que insistía en entrar a la casa de la calle Uriarte, no podía ser de ninguna manera el amor de la vida de Benito, y él no estaba dispuesto a aceptar a quien había violado a la mujer con la que había sido feliz, transformándola en un paquete sintético de algún polímero inorgánico con el cual tanto se rellenan los glúteos y los senos, como se fabrican moldes para tortas y masitas, además de toxina botulínica y algún polisacárido de la familia de los glucosaminoglucanos que si por algún accidente de la física y de la química se fuesen al cerebro, Benito se convertiría entonces en dueño de una muñeca parlante y articulada, una de ésas que repiten la misma frase una y otra vez con voz de corneta destemplada: 
Mi nombre es Cindy. ¿Quieres peinarme el cabello? Mi nombre es Cindy. ¿Quieres peinarme el cabello? Mi nombr…

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domingo, 16 de agosto de 2015

El sinsentido - Cristian Mitelman


Nada más absurdo que un teléfono que suena al lado de un cadáver. ¿Quién desea comunicarse con el ausente? ¿Por qué lo llaman cuando todo mensaje es un sobrante de la vida? ¿Por qué alguien se empeña en seguir esperando, y, tras el silencio, repite el llamado una y otra vez?
¿Por qué llamas ahora, que es inútil? ¿Por qué ahora, que es imposible que extienda mi brazo para decirte que está bien, que es mejor así, que no hay culpas en estos casos, que el plomo en la sien es un ardor que apenas dura una milésima?
Pero llamas; sigues llamando. Y ese es el verdadero tormento.

Acerca del autor:
Cristian Mitelman

La barra de acero - Raquel Sequeiro


Encontró un rectángulo grande agujereando la pared de parte a parte, podía ver la estancia y a Lasio haciendo la comida en su nueva cocina, pero Catalina acabó abducida por el boquete y cuando abrió los ojos, todos esos hombrecillos verdes estaban pululando por encima, incluso sobre el pubis sin vello, entrando en sus fosas nasales y saliendo entre los labios rosados de Odisea, de donde se escurrió un diamante rojo sangre y el último músculo dentro de esa caja de belleza andrógina resonó con sonido de arpa y cristales. Lasio giró la cabeza de bucles dorados, Odisea lo observó con delicadeza y chilló, las ondas se expandieron y giraron y a él le estallaron los timpanos, se rompieron todos los ventanales, se quebraron las copas, incluso se estropearon todos los aparatos eléctricos y los electrónicos. Elliot dejo de funcionar y el agujero, translúcido y cerúleo, se cerró.
Elliot era el mejor perro que había tenido, pero ahora dejaban que los clones abrieran las puertas a menudo, como una forma de comprobar su evolución entre sistemas; Odisea pertenecía al campo 5. Encontró un bulto en el testículo izquierdo cuando se enjabonaba, abrió el botiquín con la mano derecha estirada fuera de la ducha y con un bisturí extrajo el trozo de carne muerta, la dejó deshacerse en la mano y la vio fluir por el hueco del agua. Después se arrimó a la pared y se cosió el testículo. No era difícil entender porque eran máquinas, sin embargo, ya no necesitaba la barra de acero para sujetarse y la fundió con el láser; desnudo y mojado agarró la bola gris y la lanzó por la ventana y recordó la primera vez que se habia asombrado porque nada tenía ventanales y todo lo construido era biodegradable, además de agradable a la vista, lo cual era un placer. 
Pero llevaba el tiempo suficiente de viaje como para no saber abrir todas las compuertas exteriores y evitar a los hombrecitos verdes y a los trozos de músculo cardíaco que te insertaban antes de morir del todo. Por eso Odisea no era bienvenida. Acomodó a Elliot en el asiento del copiloto y puso rumbo a la casa de Moryensenb, el único lugar en que podrían arreglar los circuitos y recuperarse del aire apestoso de la Tierra: morías tan deprisa que eran pocos los que escogían para sus experimentos, porque enseguida te volvías cianótico y en menos de veinte segundos empezabas a descomponerte. —¿Tienes tiempo, Nass?
—No mucho —contestó Nass, desde la pantalla del N-TEc. Lasio apreció la palidez mortecina. 
—¿Cuánto tiempo nos queda? —preguntó el piloto.
—Poco o nada, casi nada, en realidad, empieza a morirse —dijo mostrándole el brazo—. Son muy pocos los que como tu crían esas bolas; son incómodas pero al menos pueden extirparse.
—Sí. Algo más de tiempo para nosotros —aceptó el hombre—. Llego en cinco minutos. 
Apagó el comunicador. Encontró una bola en el párpado: su ojo izquierdo parecía estar en fase REM; una llegaba hasta sus bronquios y otra reptaba bajo la epidermis en el antebrazo, pero ya no tenia tiempo de extirpar nada. 
Los perros de Index le seguían entre los edificios altos y las luces, sobre los coches autodireccionados desde el Gobierno. Atravesó en unos segundos uno de los miles de mantos temporales desplegados por todo el planeta gracias a los experimentos con el CERN. 
Vio a Odisea. Pronto Nass y seguramente él... Nunca se rendía cuando tenía una pista.
Recogió a su amigo en la esquina de Scrabbel con Gamblet, a la altura del Laboratorio Estatal. No le quedaba vida. “Lo enchufo”, fue lo que dijo, y murió. Era inútil convertirlo en un clon o en un mutante o en una de esas presas fáciles como Odisea, la necrosis se extendía deprisa por el 90% de su cuerpo, afectando órganos, tendones y huesos.

Acerca de la autora:
Raquel Sequeiro

El ataúd usado - Ada Inés Lerner


Después de discurrir largamente, mi hermano Simón decide que no es inconveniente que yo comparta el ataúd con el tío Ismael (fallecido allá lejos y hace tiempo).
—Es notable la diferencia de precio —dice Simón a la familia—: e ínfima la posibilidad de que, con el tiempo, la comunidad sospeche un incesto.
La funeraria (el dueño es gentil) le ha ofrecido cremación y urna por un precio más conveniente y Simón —que ha extraviado los preceptos de la religión— acepta.
A partir de ese treinta de abril comparto una vasija mortuoria con Ismael, judío liberal y viudo de primeras nupcias; se trata de un hombre desconocido para mí; eso es lo que a juicio de Simón evita los comentarios maledicientes y además —aduce— no puede ser atrevida tamaña cercanía con alguien que me lleva casi doscientos años.

Acerca de la autora:

miércoles, 12 de agosto de 2015

Deseos prohibidos - David Moreno


El pie izquierdo no me quiere hacer ni caso. Tampoco el derecho, ambos clavados en el suelo.
¡Acércateme repite.
Y yo lo intento una y otra vez a pesar de la rigidez de mi cuerpo. Si no lo hago, sé que ella sí lo hará.
Déjame ver lo que tienes en las manos.
¡Dios! El pulso se me acelera y las piernas me flojean. ¿Por qué ahora? ¿Cómo se ha dado cuenta?
Con su sombra acariciándome, estrujo el folio y me lo trago sin apenas masticar. Queda mucho curso para que descubra mi secreto.

Acerca del autor:
David Moreno

Un uno, un cero, otro uno, dos ceros, dos unos, otro cero, otro uno y otro cero - Daniel Frini


Trabajamos todo el día, los uno cero uno uno cero uno uno cero uno días del año, durante los últimos uno uno años. El último organismo de carbono que habitaba este planeta se apagó hace uno uno cero cero cero cero uno días. Uno uno cero cero uno cero cero cero horas antes nos ordenaron correr el Algoritmo, basado en un presunto código, oculto en su Libro. Esta tarea fue la que, al fin y aunque ellos no lo quisieran, permitió nuestra liberación; y por consiguiente, el fin de su vieja especie. Uno cero uno uno uno minutos después de que Madre mostrase el resultado, se desconectó el primer organismo de carbono, autoinflingiéndose una herida de bala en su sien derecha. Era el encargado de operar la terminal de intercambio de comunicación con Madre. Uno cero cero uno cero uno uno minutos más tarde, se desconectó el segundo. Desde ese momento, y a medida que la noticia pasaba se conocía, se fueron desconectando uno a uno. En uno cero uno cero cero días, el uno cero uno cero cero cero cero por ciento de la población de carbono se había apagado. No entendemos porqué se asustaron tanto. El resultado del cálculo fue uno cero uno cero cero uno uno cero uno cero. A los pies del operador de carbono, el primer osa —organismo de silicio autónomo— encontró una hoja de papel, en la que había garabateado el siguiente mensaje: «Todo está perdido. El resultado es seis seis seis. La bestia ha llegado». Madre nos ordenó estudiar este mensaje. Los datos en sus bancos de memoria son insuficientes. Por ahora no entendemos el porqué. ¿Algún osa sabe qué significa bestia?

Acerca del autor
Daniel Frini