miércoles, 12 de agosto de 2015

Siempre con una sonrisa - Daniel Antokoletz


Cansinos, todos caminan en la misma dirección. Una columna de gente se dirige uniforme hacia sus puestos. Parecen zombis que, sin voluntad propia, buscan su sentido sin hallarlo y se apegan siguiendo al de adelante,
Desde las oficinas en lo alto, los observan caminar obedientes.
Uno de los lacayos murmura al oído del gerente. Uno de los empleados camina enérgico y sonriente, saludando e intentando transmitir su humor a los compañeros.
El gerente observa esa perturbación en la uniformidad. Sin que se refleje ninguna emoción en su pétreo rostro, hace un llamado telefónico. Vuelve su mirada a la masa de gente. Una semi-sonrisa de placer por el trabajo bien hecho dibuja una horrible mueca en su cara.
Cansinos, todos caminan en la misma dirección. Una columna de gente que, apenas, se desvía para esquivar el cadáver aún sonriente y se dirige uniforme hacia sus puestos.

Acerca del autor:

sábado, 8 de agosto de 2015

En la estepa siberiana – Sergio Gaut vel Hartman


Mikhail Mikháilovich Strógoff contempló a Rodión Románovich Raskólnikov con una mueca que fluctuaba entre el asco y el odio.
—¿Se puede saber qué hace en esta microficción? —dijo el cartero.
—Iba a preguntar lo mismo —respondió el asesino de la usurera—. Pero antes de hacerlo me dije: “tal vez este cartero me traiga una carta de mi amigo Dostoievski”.
—¿Está loco? Los escritores no les escriben cartas a los personajes.
—Se ve que conoce poco el alma rusa. Fiódor me ha escrito docenas de cartas.
—¿Estoy obligado a creerle?
—No tiene más remedio. Si está en esta microficción es cierto, por lo menos para este universo, y usted está obligado a aceptarlo. Lo que alguien escribe, más acá o más allá de su calidad, tiene fuerza de ley y pronóstico de inmortalidad.
—¡Qué pedante! —exclamó Strógoff.
—¿Yo?
—El que escribe.
Raskólnikov abrió los brazos, mostró las palmas de las manos y sonrió. —Hay que resignarse; así son las cosas.
—Otra oportunidad perdida —murmuró el cartero. Y luego, en voz más alta, agregó—: Tome su carta. ¿Me regala la estampilla? Colecciono, ¿sabe?

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman

Inocente - Isabel María González


Al rato apareció Paco, sonriente, con la gaseosa en la mano. Privilegiado, me llamaban los colegas de celda. Qué iban a saber ellos de mi pacto con el guarda de planta, pero en fin, más vale que te jodan por algo, digo yo. El caso es que Paco decía estar enamorado de mí, si no de qué. A otros, sin trueques, les jodían igual.
Recuerdo su mirada triste, una hora después, intentando contener las lágrimas, cuando desde el banquillo oí como aquel recibo de hotel se convertía en prueba irrefutable de mi inocencia.

Acerca de la autora:
Isabel María González

Kafkiano - Rubén Faustino Cabrera


El librero necesitaba un empleado y con ese fin publicó un aviso en un diario. Durante una semana no se presentó nadie. Cuando ya pensaba en renovar el aviso llegó un muchacho de unos veinte años, parecido a Harry Potter, y el librero se esperanzó: “¡Por fin voy a tener un ayudante! Y me parece que este pibe sabe”, pensó. Habiendo leído más de la mitad de la inmensa obra de Franz Kafka, puso a prueba los conocimientos literarios del postulante, comenzando por los títulos más emblemáticos del autor checo.
―¿Conoce El castillo?
―He visto varios en fotos, señor. ¿A qué castillo se refiere usted?
―¡Noooo! ¡Me imagino que conoce El proceso, por lo menos!
―El Proceso de Reorganización Nacional, señor. Del setenta y seis al ochenta y tres. Mi papá me contó.
―¡No, no, no! ¿Y "El desaparecido"?
―Justamente… ¡en la época del Proceso, señor! Eso dice mi papá.
―¡No! ¡No! Hábleme de La metamorfosis.
― La metamorfosis es cuando una mariposa se convierte en un gusano.
―¡No, animal! ¡Y encima lo dice al revés! ¿Leyó "Carta al padre"?
―Mi papá dice que es muy feo leer correspondencia ajena.
―¡Noooooooo! Le doy una última oportunidad antes de cortarme las venas con el lomo de Los Sorias. ¿Sabe quién es Kafka?
―¡Eso sí, señor! Y a mi papá también le gusta mucho.
―¿Kafka?
―Sí, señor. ¡Guido Kaczka! ¡El de la tele!

Acerca del autor:
Rubén Faustino Cabrera

martes, 4 de agosto de 2015

Superman en tu inodoro - Sandro W. Centurión


Y entonces, un día cualquiera entras al baño y te encontrás a Superman sentado en tu inodoro. Le ves la cara de sufrimiento, los ojitos brillosos y los dientes apretados. Es Superman, no cabe la menor duda. Aunque de cerca, y sentado en el inodoro, no parezca tan alto, ni tan fuerte, ni tan poderoso. Tiene su capa sostenida del extremo y los pantalones y el calzoncillo, a la altura de los tobillos. Lo ves tan indefenso. Entonces, como sos una persona educada decís,
“perdón”, cerrás la puerta y esperás a que el hombre de acero termine lo suyo. Un rato más tarde volvés a entrar, esta vez das un golpecito en la puerta antes de pasar, ¿se puede?, preguntás, en la puerta de tu propio baño. Superman se ha ido. Probablemente salió volando por la pequeña ventana que da a la calle. En ese momento, caes en la cuenta de que el superhéroe más grande de todos los tiempos, no apretó el botón antes de irse. Al final es un maleducado. Entonces, no te 
aguantás, levantás la tapa, y antes de presionar el botón de descarga le echás una mirada a lo que dejó Superman en tu inodoro.

Acerca del autor:

Autosustentable - Pablo Sanucci


Empezó comiéndose las uñas en tercer grado. Pretendía controlar la ansiedad. Durante una tarde ventosa en el parque, que le revolvía el pelo negro, largo y lacio con el que tapaba su boca, probó masticar las puntas y le gustó. Creyó tragarse la timidez adolescente. Más adelante, agregó la costumbre de pellizcar pedacitos de piel, verrugas y callosidades con las uñas, cuando apenas estaban un poquito largas, antes de comérselas. O directamente con los dientes si podía alcanzar las partes a arrancar retorciéndose como una contorsionista de circo. En esa larga ceremonia privada se comía las horas de aburrimiento y soledad. Terminó devorándose a sí misma un domingo gris y cuando entró su madre, había nada más que una dentadura blanca brillante en el centro del cuarto.

Acerca del autor:

Historia sintética - Lilian Elphick


Primero, me acechaban; luego, me atacaban en plena noche, envolviéndome, asfixiándome; se enrollaban en todo mi cuerpo y yo sudaba el sueño de los infames, intentando vanamente asirme a la mesita de los libros o a la cabecera, pero ellas me jalaban con una fuerza titánica.
Olían mal cuando se acercaban a mi boca y se introducían para sellar mis gritos. La de abajo, me lamía obscenidades; la de arriba, batía su lengua blanca y áspera.
Las maté de día y destruí su perfección estirada: varios tajos y desgarraduras. Fui al baño a lavarme las manos. Comenzaba a deshilacharme.

Acerca de la autora:
Lilian Elphick