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domingo, 19 de julio de 2015
Calibre 45 - Daniel Frini
Al final – Alejandro Bentivoglio
No recuerdan nada de lo que digo, ni se molestan en guardar pedazos de mi memoria o la de otros. Al final todo parece mezclado y no son las copas de más o lo tardío de la noche. Vamos tan lejos como podemos, pero la casa es siempre la misma. Debería saberlo de antemano y no sé quiénes somos ese nosotros que parece perseguirme todo el tiempo. No quiero adjudicarle nada a la paranoia o a los fantasmas que me revolotean. No quiero pensar en nada. Temo que cuando se apague la luz, algo de todo esto sea real.
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El llamado - Juan Manuel Montes
La última vez que sonó el teléfono a las tres de la mañana, llamaron para avisar que mi esposa, Julia, había muerto. Apenas escuché el teléfono lo supe, cuando mi hija vino a darme la noticia yo cerré los ojos húmedos e intenté darle la espalda a la verdad.
Ahora el teléfono está sonando. La enfermera que me cuida, duerme. Me desengancho de a poco el clip que tengo en el dedo y la máquina comienza a emitir su alarma, pero no me importa. Me bajo y doy pasos torpes, continúo por el pasillo que mi vejez ha alargado y ya en la cocina descuelgo el aparato que deja de sonar al instante.
Desde el otro lado la voz de Julia me recibe diciendo: “Por fin, gordo, ya te extrañaba”.
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Juan Manuel Montes
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Juan Manuel Montes
miércoles, 15 de julio de 2015
La conversión - Luciano Doti
Anoche salí con la chica que conocí por chat. Terminamos en su hogar,
una vieja casona “okupada”. En el fragor del encuentro, ella me dio un
fuerte beso en el cuello que me dejó marca. Hoy, noté que el sol me hace
doler los ojos y arder la piel. Intento verme en el espejo, pero no me
reflejo en él.
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Luciano Doti
Luciano Doti
Micción imperiosa - Abel Maas
Vengo de lo de mi mamá, le conté que tengo micción
imperiosa, como ella. Que la mía no es tan imperiosa como la suya pero está
empezando a ser, está como naciendo esa imperiosidad. Me dijo que solucionó su
problema con un tapón y le pregunté que teniendo yo pito y siendo ella médica
qué tenía que hacer en mi caso. Me dijo que de eso no sabía nada y que me
calle, que quería hablar ella pero no para hacerme reír. Le dije que quería
hablar yo; que antes hacía pis a la noche, antes de acostarme y después volvía
a hacer a la mañana, después del desayuno, pero ahora me levanto una vez y a
veces dos, tal vez tres. Sin embargo, casi siempre me levanto para escupir o
esputar, antes de ahogarme, entonces no sé para cuál de las dos cosas me
levanté, pero siempre que hago pis, por las dudas, esputo, como el polaco
Goyeneche aquella mañana de domingo en la calle Cangallo, se paró en el cordón
de la vereda y esputó y gargajeó lentamente en la calle silenciosa. Pero a
nadie le importa nada de mí, yo soy un trapo de piso, como dijo don Herman
cuando lo dejaron solo como a un perro solo, aunque tal vez le importe a uno, o
a una, si le importa a una, mejor, mejor que le importe a dos. Después mi mamá
me contó que se murió Sergio Renán y otros más, que tenían como veinte años
menos que ella y que por qué ellos sí y ella no. Mi mamá está un poco deprimida
pero ya se le va a pasar. 279 palabras, es suficiente, 282 con estas, listo.
Microsoft World, todos somos Nisman, todos somos escritores y yo, más gracioso
que la mierda. 300.
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En tiempos de Escher - Virginia Cortés
Abrí el sobre, reconocí rápidamente la caligrafía: desacomodados
cuerpitos de un centenar de arañitas ebrias sobre la hoja renglonada.
Totalmente familiar.
"Necesito que cuides de Verónica. Yo no puedo
hacerlo y nadie más lo hará por ella. Es una adulta con la ingenuidad
de una criatura. Es cálida, inconstante, caótica, sensible, alegre y
cabezona. Es una tormenta dentro de un jarrón. Es muy inteligente pero
realmente no parece. Sufre mucho…"
No decía más y no hacía falta.
Lo increible era que la carta estaba firmada por la mismísima Verónica
en el año 2025. Y me la enviaba a mí, al año 2013, como si pudiera hacer
algo ahora, mejor que lo que pude hacer unos doce años después. Tuve
que re-enviármela, para dentro de un par de años más atrás... Tal vez
tengamos suerte. La Verónica del 2010 es muy amiga de las causas
perdidas…
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Virginia Cortés
Virginia Cortés
sábado, 11 de julio de 2015
Doy fe – Sergio Gaut vel Hartman
Para Jimena
El escritor golpeó la puerta de la
casa de la escribana a las tres de la madrugada. Era una noche de
tormenta despiadada y el único motivo por el que el matrimonio
arrancado del sueño no llamó a la policía fue el aspecto
desastroso y patético del tipo.
—¿Qué
quiere? —exclamó el esposo de
la escribana, un prestigioso abogado—. ¿Cómo se atreve a llamar a
la puerta de una casa de familia a esta hora? Podría haberlo corrido
a tiros sin remordimientos.
—¡Perdón,
perdón! No se enoje. No tengo malas intenciones. No soy ladrón ni
nada parecido. Soy escritor.
—¿Escritor?
—La escribana sujetó la bata con el puño y se hizo a un lado para
que el sujeto entrara al recibidor—. ¿Y qué hace un escritor en
medio de la tormenta? ¿Por qué no está en su casa, escribiendo, en
el caso de que le haya dado insomnio?
—¡Eso,
insomnio! No puedo dormir porque una idea me taladra el cerebro.
—¡Molestar
a la gente! —estalló el abogado.
—¡No!
Vean, esto que les voy a decir es muy raro, demente, pero sucede,
puedo demostrarlo.
—No
trate de enredarnos. No somos gente inocente a la que se pueda
engatusar. —Pero la escribana miró a su esposo, dio un paso al
costado e invitó al tipo a sentarse. Le daba pena y estaba
intrigada.
—Para
nada. Les cuento: puedo materializar cualquier cosa si la escribo.
Pongo “cigarrillo”, y aparece uno en mi mano; escribo
“encendedor”, y lo mismo; “cenicero”...
—No
fume aquí, por favor.
El
escritor sacó un block de notas, escribió las palabras anunciadas y
casi de inmediato tuvo un encendedor, un cenicero y un cigarrillo en
la mesa que estaba junto a la silla. Pero no lo encendió.
El
matrimonio miró al sujeto y tanto la mujer como el hombre trataron
de determinar si no estaban soñando. Llegaron a la conclusión de
que no, no estaban soñando.
—Es
un truco —dijo el abogado.
—Es
verdad —replicó el escritor—. ¿Les parece que me tomaría todo
este trabajo para hacer un pase de prstidigitación, en una noche
como esta?
—¿Qué
quiere, entonces? —preguntó la escribana. No estaba segura si
debía reírse o echar de una buena vez al pobre diablo.
—Materialicé
una casa, muy linda, sencilla, pero cómoda. Es real; no estafé a
nadie para tenerla. Está junto a la laguna y solo le quité unos
metros de agua a los patos. Quisiera escriturarla.
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