sábado, 11 de julio de 2015

Poco pesadilla para ser alucinación – Héctor Ranea


En aquel tiempo usaba un morral de papel de aluminio con muchas capas pues era la forma más eficiente de proteger mis cosas del veneno letal que invadió nuestra isla. Con la vela menos destruida de la última nave hice una piel para mí, no muy agradable y mucho menos bella, demasiado gris, que dejaba mi sangre tan caliente que se me aparecía un espejismo fabuloso algunas tardes. Y eso fue antes de que desarrollara un método para no ser engañado por ellos, resolviendo así cualquier entuerto antes de que se produjera. 
El espejismo tomó forma de vendedor de un establecimiento que fabricaba un tipo de bengala que no dejaba olor en la nave, ni en el patio de la casa, en caso que alguien quisiera suicidarse disparándose con ella. El penoso individuo, o alucinación, estaba poseído por varias pesadillas interiores mías, así que cada vez que abría su boca se escuchaba el griterío de las mismas que pugnaban por salir o al menos subir a un estadio superior y, aunque en su conjunto era una persona agradable, yo no podía dejar de pensar en que todo era una mera construcción, una fechoría de cierto hacedor, un compositor extravagante que, sin yo entender con cuáles motivos particulares suyos, me estaba haciendo pasar por este trance figurado. 
Evidentemente, quien inventó el veneno querría que tuviese sexo con ese hombre, una cuestión de género que me alejaba sin ninguna duda de sus propósitos, sin contar con que hacerlo me haría endosar su realidad, de modo que traté de espantarme el pensamiento que se fue de mi vida llevándose mis peores pesadillas con él. En cierta forma, le estoy agradecida.

Acerca del autor:
Héctor Ranea 

Lirios - Javier López


Ese día iba a pedirle matrimonio a su novia de siempre y decidió regalarle unas flores. Pensaba en un ramo de rosas, pero en la floristería le llamaron la atención unas que quizá antes había visto en libros o revistas. Pero nunca delante de él.
—¿Y éstas como se llaman? —le preguntó a la dependienta.
—Lirios.
—Ahhh —exclamó dándose cuenta que exhalaba los mismos perfumes que estaba respirando.
Los llevó a su casa, y nunca llegó a hacer ese regalo. Se enamoró de aquellos lirios y ese amor duró eternamente.

Acerca del autor:
Javier López

martes, 7 de julio de 2015

El espejo - Paula Duncan


Estuve buscando un espejo para mi nueva casa; tenía que ser algo especial, que no solo reflejara mi imagen, que no sirviera nada más que para informarme si mi cabello, estaba ordenado o como siempre se mostraba; expresándose libremente
Después de buscar por horas decidí tomar un respiro y busque un lugar apartado del ruido de la calle en un bar cercano, pedí un café y trate de recordar el espejo de mi infancia el que las tías decían que era mágico, que te daba las respuesta a todas las preguntas porque ahí vivían, personajes muy sabios, algunos con alas y otros sin ellas, pero todos muy amigables; y yo me pasaba horas mirándolo cuando la lluvia o el frio hacían imposible jugar afuera
También estuve sentada frente a él después del primer desengaño amoroso cuando era adolescente, gastando todas las lágrimas hasta que me quede entre dormida porque la pena agota, y soñé un sueño extraño, del espejo salía una figura bella vestida de blanco y con mucha paz que se sentó a mi lado sin decir palabra, solo tomo mis manos y me miro con una mirada muy dulce y tranquila
Cuando desperté mi corazón aunque triste estaba mas calmo y comencé a ver las cosas de diferente manera dándome cuenta que muchas veces cuando algo termina no es el final sino la posibilidad de un nuevo comienzo
Crecí, me case, nacieron mis hijos; pero el recuerdo de ese espejo jamás se aparto de mi
Y seguí buscando algo especial, cuando lo comente, me miraron raro; mis amigas me dijeron ¡estás grande para esas cosas! pero mucho no me intereso, era algo que iba más allá de las fantasías de niña.
Seguí con mi búsqueda; hasta que lo encontré, en una casa que vendía cosas usadas; el señor que me atendió de por si llamó mi atención era un personaje tan viejo como los objetos en su negocio, pero con una mirada increíblemente brillante y curiosa; me pregunto que estaba buscando, así el quizás podría ayudarme; lo miré y le conté pensando que el también creería que estaba loca; pero no, me dijo que lo aguardara un momento, que el tenia lo que yo buscaba, lo mire asombrada y me dedique a curiosear el local hasta que el se desocupo, me dijo: en el sótano tengo un espejo que tiene todas las condiciones, solo me tendría que acompañar, con la lámpara pues ahí abajo no hay luz
En realidad dude un momento; debía entrar en un territorio desconocido, pero la mirada franca y la posibilidad de una aventura me hizo decidir y bajamos, era un lugar extraño la escalera de madera vieja crujía ante nuestro peso, pero al llegar al sótano todo se convirtió en un espacio de leyenda y estaba vivo era algo así como el patio de la casa de campo de mi infancia, había flores pequeños animales y algún que otro personaje conocido, estaba tan deslumbrada que me olvide de mi guía, hasta que el me hablo, ¡señora, aquí esta lo que buscaba!
Lo mire y no podía creerlo ante mi estaba el espejo mas hermoso que hubiera visto nunca, era decididamente el espejo de mis sueños, le dije: ¡si, esto es lo que buscaba!; pero, ¿usted comó lo supo?, me sonrió y me dijo yo se muchas cosas con solo ver los ojos de las personas, ¿subimos?
Le pregunte si podía enviármelo y anotó mi dirección, cuando quise pagarle, me di cuenta que no tenía dinero, solo mi tarjeta, él me sonrió otra vez y me dijo que pagara al recibirlo, agradecí y me fui escuchando cascabeles en mi alma, en una gloriosa tarde pintada de azul por el trino de los pájaros y con la inmensa felicidad de haber encontrado un preciado tesoro
Unas semanas más tarde volví al lugar y ante mi asombro, no había nada solo un lugar cerrado y abandonado hace muchos años; pero buscando una hendidura mire hacia adentro y ahí estaba resplandeciente en su pureza la imagen de mi adolescencia; sonreí di gracias y volví a casa a mirarme en el espejo.

Acerca de la autora:
Paula Duncan

Por el ojo de la cerradura - Fernando Andrés Puga

 

Detrás de la puerta, pasos. Alguien que se acerca. Murmullos. Dos que conversan en voz baja. A juzgar por el timbre, un hombre y una mujer. ¿Acaso un niño? No. Esos jadeos no son infantiles, más bien sugieren dos cuerpos que se buscan, que se enredan. 
Un golpe; uno de ellos que se apoya contra la puerta. Se aceleran los jadeos. Sí, es una mujer y grita. Un extraño sonido sobre la madera, un chirrido que afloja los dientes, largas uñas que rascan con fuerza. Él que aúlla, se eriza, descarga. Al unísono caen sobre la alfombra del pasillo.
¿Y yo? De este lado me arrebato. Un olor que embriaga se desliza a través de la puerta. Con la espalda apoyada en la madera siento la otra espalda detrás. ¿Oirán mi presencia? Me levanto apresurado, golpeo a la puerta. Nadie. El silencio más oscuro reina del otro lado. Golpeo con más fuerza. Nadie. Y es en ese momento cuando decido mirar por el ojo de la cerradura.
Y veo.

Acerca del autor: 
Fernando Andrés Puga

viernes, 3 de julio de 2015

Al otro lado del arco iris - Adriana Alarco de Zadra


Hillary caminó siguiendo el sendero amarillo. Por la ruta encontró al hombre de lata y al espantapájaros. Viajó serena y cantando mientras afuera arremetía el vendaval. Los árboles la protegían con su sombra.
Finalmente llegó al otro lado del espejo. Era su otro yo que asomaba la nariz. No debía tener miedo del Mago de Oz. Avanzó, pero el hombre de lata llegó primero. Ahora se las vería él solo con el espantapájaros. ¿Se transformará este, por el arte de la magia o de la guerra en el lobo feroz?

Acerca de la autora: 
Adriana Alarco de Zadra

Terrorífico – Carlos Enrique Saldivar


—¡Por favor, ayúdame! —dijo Jaime.
—¿Qué hiciste esta vez? —preguntó Arturo.
—Maté al hombre invisible.
—¿Qué? ¿Dónde?
—En el parque.
—¿Cómo fue?
—Con el bate de béisbol. De casualidad.
—¿Cómo sabes que era el hombre invisible?
—Lo escuché quejarse y lo sentí, era delgado y pequeño. Cayó sobre el pasto y aplastó las hierbas.
—Pucha, ¿alguien te vio?
—No. No había personas cerca.
—¿Y «ellos»? ¿No te vieron?
—¿Quiénes?
—La gente invisible.
—¿Qué?
—Quizá había más personas invisibles por ahí, pues.
—¡No!
—Podrían tomar represalias.
—¡Mierda!
—¡Corre! ¡Huye de una vez!
—¡Auxilio!
Arturo se rió a carcajadas. De inmediato se dirigió a su casa, satisfecho del gran susto que le diera a su imaginativo amigo.
No escuchó los gritos.
Jaime solo había avanzado dos cuadras cuando fue cogido y destrozado por seres a los que no consiguió mirar. Y a los que nadie más vio vengarse.

Acerca del autor:
Carlos Enrique Saldivar

Y al final, se fue la señorita María Inés - Carmen Belzún


Amenazó, amenazó… ¡y cumplió! Yo no creía en su promesa de irse. Dejar todo, ir a meterse en una casita en la costa, empezar de cero… Porque era así: ¡de cero! Pedir el traslado era fácil; conseguirlo, más o menos; aceptarlo… ¡eso era lo jodido! Casa nueva, vida nueva. Otros amigos, otros compañeros de trabajo, otra vida. ¿Valía la pena? Ella creía que sí. Y nosotros, al principio, también. Sobre todo cuando la veíamos acercarse de la mano de él. El marido ¿quién iba a ser? No era ni lindo ni feo; alto como ella; el pelo medio rubión; sonrisa fácil. Siempre la acompañaba a la mañana, tempranito, ¿te acordás? Llegaban como dos novios. Así los llamábamos. Un besito delicado en los labios (un piquito, bah) ¡y a empezar la jornada! No sé de dónde apareció el proyecto; pero lo cierto es que ella nos comentó que querían mudarse a una casa frente al mar. Ella iba a pedir el traslado de su cargo titular, él iba a pedir que lo mandaran a otra sucursal de la fábrica. Fácil ¿no? Sí, si hasta nosotros lo entendíamos. ¡Tampoco éramos tarados! Sólo chicos. Y de pronto nos convertimos en compañeros incondicionales. Le preguntábamos por los trámites (¡como si supiéramos!), le dábamos aliento (¡lo único que podíamos!); una vez, aparecimos con un suplemento de viajes y paseos dedicado al partido de la Costa. Durante todo el año nos esforzamos por darle ánimo sin dejar en evidencia nuestras dudas. ¿Valía la pena dejar todo por acompañar a su hombre? ¿Sería feliz tan lejos de sus seres queridos? Cierto que él era el más querido… entonces ¿así terminaba todo? Su carrera, sus afectos, su vida; todo se limitaba al mundo que él le ofrecía. Nos resultaba raro. En realidad, ahora me doy cuenta de que repetíamos palabras de los adultos. Eran comentarios que hacían los viejos, todos: padres, algún que otro abuelo, las otras señoritas de la escuela. Había desconfianza en sus voces e, indudablemente, los pronósticos eran desfavorables. Pero ella cumplió. Con la exactitud de las ecuaciones que quería enseñarnos. Ella se fue. No le importó que le pidiéramos que se quedara (en verdad, fue una actuación más que un deseo). No le importó que la situación se presentara tan en contra. O, a lo mejor, aceleró el trámite por eso. No lo habló con nadie, sólo se fue. Sí, se fue de noche, sin avisar, sin despedirse; primero pidió una licencia por enfermedad, ¡todos lo entendieron! Y después se colgó de una viga del quincho. Una semana antes, el marido la había abandonado.

Acerca de la autora:
Carmen Belzún