martes, 21 de febrero de 2017

Egos cibernéticos – Raquel Sequeiro


Rotaba la cabeza a mil revoluciones por minuto, como si esta fuera un disco, para entretener al bebé de los Potter. Era imposible no desvivirse por el pequeño, ya que su software, su hardware y sus funciones de almacenamiento eran, por defecto, las de una nanny, a eso lo habían condenado después de robar una barra de plomo, que había empezado a comerse. Hasta ahora, que el supiese, nadie había escapado de la ley que lo delimitaba dentro del fragmento Humanos. Las escaleras ardían, por qué o qué, cómo… pufff… el fuego empezó en su cabeza, que rechinaba mientras el bebé lloraba sin parar. A Tantra se le borraron varios archivos miméticos, explosionaron varias células albergadas en la caja faríngea del cerebro; para colmo se había puesto de parto y tendría que practicarse una cesárea. En las escaleras ardiendo, el calor era horripilante, trató de proteger al pequeño del fuego. 
Ahora comprendía que las personas tenían una vida dificultosa, por eso ellos pensaban menos y les dejaban las tareas difíciles a los robots de última generación como Tantra. La casa de madera se hundió por las llamas en el segundo piso, luego de todos esos chasquidos, crujidos, y roces, replegada sobre sí misma como el esqueleto del dinosaurio de un museo al que le hubiesen quitado un hueso. Tantra y Malik, el bebé. estaban a salvo afuera. A su alrededor, los bomberos intentaban apagar el fuego usando las largas mangueras de doble uso. (Alguien se equivocó y le envió una descarga eléctrica a lo que quedaba del primer piso, porque había girado la manguera del revés). La policía, las ambulancias, el ejército, no tardaron en llegar; todos, excepto el matrimonio Potter, que dormía el sueño de sus vacaciones. 
El doctor Regus carraspeó dentro de la sala adyacente a la casa, aunque realmente no supo si era en el sueño, en la simulación o en sus últimas vacaciones con los Potter que la pelota de fuego le chamuscó una esquina de la bata blanca. También el robot dudaba sobre la calidad de los sucesos, por lo que revisó los archivos de datos para saber si eso era una simulación o la pura verdad. En realidad, la casa era holográfica, pero resultaron ciertos los chismorreos del vecindario sobre que los Potter no querían a su hijo. El robot volvió a sus tareas en la cocina.
—¿Va todo bien,Tantránido Quístico? —preguntó el señor Potter antes de prender el hornillo de la cocina (de donde partió la primera chispa).
—Megabién —dijo el robot sonriendo. Malik reía, intentando no tragarse su desayuno desde la trona; la señora Potter no se daba por vencida.
—Sala 8 —dijo alguien. Marta Potter pasó enloquecida entre los sensores. Odiaba la realidad holográfico-mimética, la única vía de conocimiento que tenían para completar su ciclo de acierto-error sin provocar una catástrofe auténtica.
Le daba mucha vergüenza tener que quitarse la ropa frente a eso, un conjunto de piezas ensambladas en un cuerpo informe, voluptuoso por las cantidades de “ferralla”.

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