lunes, 4 de abril de 2016

Rencor - Enrique Tamarit Cerdá


En cuclillas sobre el peñasco desde el que antaño vigilaba el rebaño, el cazador escudriña los matorrales. La posición y el relente le han entumecido las piernas y la atenta espera le ha embotado el seso. Adormilado, se ve de crío bajando a trompicones el cerro para contar en casa, entre sollozos, que el hijo del señorito se llegó hasta la tena para robar un lechazo y tiembla a cuenta de los correazos que recibe por descuidado. Se ve también de mozo, ajorrando pinos por jornales de miseria y, ya hombre, emigrando y quebrándose el lomo en trabajos de mierda, junto a la esposa a la que detesta y al hijo que lo detesta a él. Alborea cuando asoma su padre con el almuerzo y él se sobresalta y lo encara, enajenado. Se congestiona, le grita, se caga en la puta vida que lo ha tratado como a un perro, se echa la escopeta a la cara y le descerraja dos tiros. Luego le da frío y se arrebuja con las solapas. El charco de sangre alcanza un rodal de setas y le viene su sabor a la memoria.

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