domingo, 31 de enero de 2016

Los juegos del tiempo - Eduardo Galeano


Dizquedicen que había una vez dos amigos que estaban contemplando un cuadro. La pintura, obra de quién sabe quién, venía de China. Era un campo de flores en tiempo de cosecha.
Uno de los dos amigos, quién sabe por qué, tenía la vista clavada en una mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas. Ella llevaba el pelo suelto, llovido sobre los hombros.
Por fin ella le devolvió la mirada, dejó caer su canasta, extendió los brazos y, quién sabe cómo, se lo llevó.
El se dejó ir hacia quién sabe dónde, y con esa mujer pasó las noches y los días, quién sabe cuántos, hasta que un ventarrón lo arrancó de allí y lo devolvió a la sala donde su amigo seguía plantado ante el cuadro.
Tan brevísima había sido aquella eternidad que el amigo ni se había dado cuenta de su ausencia. Y tampoco se había dado cuenta de que esa mujer, una de las muchas mujeres que en el cuadro recogían amapolas en sus canastas, llevaba, ahora, el pelo atado en la nuca.

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La manzana de Adán - Mark Twain


Cuando Adán comió la manzana del Jardín del Paraíso y aprendió a crecer y multiplicarse, los demás animales aprendieron también dicho Arte, contemplando a Adán. Fue astuto y hábil de su parte: pudieron aprovechar todo lo bueno que resultó de comer la manzana sin probarla ni afligirse contrayendo el desastroso Sentido Moral, padre de todas las inmoralidades.

Acerca del autor:
Mark Twain

La llamada a la puerta - Dino Buzzati


Toc, toc, ¿quién será? ¿Abuelito con los regalos de Navidad?
Toc, toc, ¿quién será? ¿Giorgio? ¡Dios mío, si en casa se dan cuenta!
Toc, toc, ¿quién será? Apuesto a que es él. Con los años no se le pasan las ganas de gastar bromas, a mi Giorgio.
Toc, toc, ¿quién será? ¿Tonino que vuelve a estas horas? ¡Oh, esos dichosos hijos!
Toc, toc. Debe de ser el viento. ¿O los espíritus? ¿O los recuerdos? ¿Quién podría venir a buscarme?
Toc, toc toc.
Toc, toc.
Toc.

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Hora sin tiempo - Álvaro Menén Desleal


Un pasajero a otro:
—Disculpe, caballero, mi reloj se ha parado. ¿Qué hora tiene usted?
—Oh, lo siento; el mío se paró también.
—Por casualidad...¿a las 8.l7?
—Sí, a las 8.l7.
—Entonces ocurrió, realmente.
—Sí, a esa hora.

Acerca del autor:
Álvaro Menen Desleal

La cabeza del perro - Arthur Conan Doyle


Estoy arrellanado en el sillón junto a la chimenea en que crepita el fuego. Tengo la copa de coñac en la mano derecha. Con la mano izquierda, caída descuidadamente, acaricio la cabeza de mi perro... hasta que descubro que no tengo perro.

Acerca del autor:
Arthur Conan Doyle

miércoles, 27 de enero de 2016

Letras de amor en su rostro – Daniel Frini


Nunca supe su nombre. Nos miramos y fue amor a primera vista. Pude leer en sus ojos el amor, la pasión, esas ganas de entregarse por completo al otro. Todo duró unos tres segundos. Tocó timbre y se bajó del colectivo. Nunca más volví a verla. Por ahí me equivoqué. Una de dos: o no soy bueno para la lectura de rostros, o ella escribió en su cara con muchos errores de ortografía.

Acerca del autor:
Daniel Frini

A propósito de gervikanos y aspiradoras – Daniel Alcoba


Los gervikanos, especie del género kuezko que habita el Glóbulo Estelar Mayor de Arturo, son gases aglutinados por el efecto de las contra leyes de los gases (anti Gay Lussac, anti Boyle, de Avogadro ni hablemos) que por fortuna sólo operan en el volumen potencial, o sea en el espacio que ocupa el cuerpo del gervikano gelatinoso, ser vivo que se puede definir como un recipiente relleno de gas cuyas moléculas no se repelen, pero tampoco se atraen –comportamiento de líquidos–, pero con una tercera fuerza superficial, la distensión superficial, que se manifiesta como retraimiento de los límites, corteza o cáscara gervikana. 
El tejido epitelial del gervikano hace el efecto de una gran bolsa de polietileno, muy gruesa, a medio llenar con gases de colores que destellan a veces, pero que todo el tiempo parecen un globo de látex hinchado de siliconas tintadas. 
Dos son las fases, vaporosa y gelatinosa, según el globuliano se encuentre en medio ligeramente alcalino o acídulo. Esta es la característica fundamental de la gran familia de los Ultrasensibles al PH. La fase vaporosa los expone a ridículas derrotas, como ser disgregados por los ventiladores o bien chupados por una aspiradora. Sea como fuere, la evasiva realidad corporal de los gervikanos resulta insuperable en tareas encubiertas: inteligencia, espionaje, sabotaje. 
Camaleones humosos, se infiltran por el ojo de cualquier cerradura, por las tuberías de desagüe, y naturalmente por las cloacas en las cuales se mueven como pez en el agua. Pero ahí reside la mayor debilidad gervikano vaporosa: además de dejarse atrapar por las aspiradoras, se los puede dividir en pequeñas partículas con los compresores industriales capaces de generar chorros de aire a dos atmósferas. También se los aniquila con facilidad mediante la fumigación con hidróxido de amonio al quince por ciento. 
Para que las aspiradoras resulten armas eficaces deben estar provistas de filtro de agua. Cuando el agua del filtro es fuertemente alcalina, una solución de soda caustica, por ejemplo, estamos armados con una aspiradora de guerra que mata al gervikano aspirado en el momento en que sus gases burbujean en el líquido filtrante. Cuando el líquido del filtro es ligeramente ácido y además posee los taninos, el alcohol, los sabores y aromas de los buenos vinos tintos, el gervikano vaporoso entra en proceso de coagulación en el propio filtro de la aspiradora, y regresa a su feliz condición gelatinosa y a la cabal recuperación de su gracia –por así llamarla–, amiboidea y carácter transparente, en más o menos veinticuatro horas terrestres. 
La fase gelatinosa del gervikano es la feliz, y su dicha es acídula.

Acerca del autor:
Daniel Alcoba

Juan y la linterna - Luciano Doti



Era la Noche de Brujas o Halloween. Mi sobrino me preguntó acerca del origen de la festividad. Casi le hablo sobre los celtas y el Samhain, pero me pareció más entretenido narrarle la leyenda de Juan y la linterna.
Juan era un agricultor de calabazas famoso por ser un bebedor de mala vida. Un 31 de octubre a la noche, el Diablo fue a llevarse su alma, entonces Juan le pidió un último deseo: beber una cerveza. Tras beber la cerveza, le manifestó que no tenía dinero para pagar; así que, solicitó al Diablo que se convirtiera en moneda para ello. El Diablo lo hizo, y Juan aprovechó para meterse la moneda en el bolsillo donde también guardaba una cruz. Al quedar prisionero, el Diablo tuvo que prometer no molestar a Juan durante un año, para que éste lo dejara salir.
¿Y qué pasó al año? preguntó mi sobrino.
Al año volvió con el mismo propósito. Juan le pidió otro último deseo: comer una manzana. El Diablo trepó a un árbol a buscar esa manzana, y Juan aprovechó para tallar una cruz en el tronco. El Diablo, nuevamente prisionero, esa vez debió prometer no buscar nunca más a Juan.
¿Y qué le ocurrió a Juan? inquirió con la curiosidad que caracteriza a los niños.
Cuando murió, Juan fue al Cielo, pero allí fue rechazado por sus muchos pecados; bajó al Infierno, donde el Diablo se negó a recibirlo, lanzándole llamaradas de fuego que Juan atrapó con una de las calabazas que solía cosechar, convirtiéndola en una suerte de linterna. Con la luz de esa linterna escapó hasta llegar a un descampado en medio de un bosque, en el cual por ser viernes se celebraba un aquelarre de brujas. Esas hechiceras supieron enseguida lo que había logrado hacer con el Diablo, y lo acogieron en el seno de su grupo.

Aquella noche de Halloween, una vez que mi sobrino se marchó, salí al fondo de casa, donde tengo una higuera. Recordé que a mí de niño me decían que el Diablo se materializaba junto a las higueras. Vi, o creí ver, a un hombre de largo sobretodo negro y chiva. ¿Qué hacía en el fondo de mi casa?
Me habló. Me acusó también a mí de ser un bebedor de mala vida. Le dije que no confiaba en que fuese el Diablo, ya que no lo había visto descender de la higuera.
Se ofreció a trepar la higuera para cumplir con esa rutina. Yo asentí con la cabeza. Cuando estuvo arriba, tallé una cruz en el tronco y regresé adentro.
No sé si conocer la leyenda de Juan y la linterna me salvó la vida. Ni siquiera sé si todo eso fue real. Pero al día de hoy, la cruz tallada en el tronco de la higuera sigue ahí.

Acerca del autor:

Erecciones nacionales - William E. Fleming


Dos ancianos pasan el tiempo en una mañana soleada de elecciones. En el pueblo la gente hace cola en la entrada del colegio electoral. Sus miradas se cruzan mientras ven pasar a jovencitas con cada vez menos ropa.
—Esto no lo levanta ya nadie —dice uno mirándose los pantalones.
—No digas eso Manolo —sentencia el otro—, recuerda cuando estaba vivo Franco. El país se recuperará.

Acerca del autor:
William E. Fleming

sábado, 23 de enero de 2016

Incidente desafortunado - Sergio Gaut vel Hartman


Beethoven no oye entrar a Borges, naturalmente, y el escritor no ve al músico, por lo que choca con él y recibe un soez insulto en alemán. Borges, que sospecha el idioma de Schiller, no piensa que ha atropellado a tan ilustre personaje; más bien deduce que su víctima es Otto Pflegger, un guardia de Treblika o en todo caso Hans Schwartzenegger, el feroz carnicero bávaro. De todos modos se disculpa en inglés, como cuadra a un caballero, aunque el genio de Bonn tampoco capta la disculpa y lejos de interpretar que está ante el autor de “El Aleph” imagina una conspiración judeo-masónica destinada a robarle la partitura de la Décima Sinfonía, que acaba de concluir. Reacciona mal y descarga una furiosa trompada que destroza el tabique nasal de Borges y desplaza una punta de hueso que se incrusta en el cerebro del escritor como un dardo de ballesta. Pero en contra de lo que los lectores pueden estar imaginando, el escritor no se queda atrás y antes de morir usa el bastón para machacar la nuca del músico con toda su fuerza remanente, lo que provoca el deceso de Beethoven unos segundos antes de que se produzca el propio. Es por culpa de este desafortunado incidente, y por ningún otro motivo, que la ópera en tres actos El milagro secreto, con libreto de Jorge Luis Borges y música de Ludwig van Beethoven, jamás se llegó a componer.

Acerca del autor:
Sergio Gaut vel Hartman   

Retro – Claudia Sánchez


El grupo de eminentes virólogos, ya estaban en la etapa final de la secuenciación del más destructivo de los retrovirus alienígenas jamás descubiertos. Trabajaban con extremas medidas de seguridad, dada la alta morbilidad que éste presentaba.
El objetivo, era poder fabricar una vacuna que acabara con la epidemia que estaba asolando a los humanos, desde que una metálica luminiscencia bañara la zona norte de la Cochinchina.
Estos extraños destructores devoraban cuanto elemento electrónico y/o metálico encontraran a su paso, y de allí, pasar a los humanos, les tomaba minutos.
Al ingresar los últimos análisis en la computadora central, pudieron observar, atónitos, el resultado final de tantos años de trabajo: la pantalla se puso azul, con una leyenda que decía "Alerta: Virus Alienígena encontrado en programa Antivirus. El disco será devorado. ;o)".
Pasado el primer minuto de estupor, comprendieron que habían perdido la batalla. Activaron código rojo y de inmediato se pusieron en cuarentena.

Acerca de la autora:
Claudia Sánchez

Recetas históricas - Daniel Frini


Una tarde calurosa de principios de junio, Herodes Antipas, su esposa Herodías y el prefecto romano Valerio Grato, conversaban amigablemente en los jardines del palacio real de Séforis.
—¡Me encantan los niños! —decía Herodes—. Mi padre, el Grande, Yavhé lo tenga a su lado, me enseño a prepararlos al horno de barro, y con guarnición de arvejas. ¡Son una delicia, mire! Yo le pongo un mejunje que preparo con sal, aceite de oliva, un poquito de albahaca y laurel. Y lo acompaño con un buen vino oscuro de los montes de Yahad. Ahora, eso sí, para que sean tiernitos, deben tener menos de dos años. Más grandes, no sé, como que la carne se pone muy fibrosa.
—Lo que le recomiendo que pruebe —acotaba Herodías— es la cabeza de esenio. Hace un tiempo hicimos una, hervida en aguas de melisa y eneldo frescos; y la servimos con zanahorias, puerros y cebollas; un adobe mezcla de tomillo, orégano y salvia, y perfumada con cardamomo y regaliz. ¿Cómo se llamaba este monje, esposo mío?
—Juan.
—¡Eso! Juan. El bautista. Como sea, un manjar. Estos esenios ayunan tanto, que la carne, bien magra, me ayuda magníficamente en mi dieta.

Acerca del autor:
Daniel Frini

Metamorfosis pajuerana - Daniel Alcoba


Relámpago erótico, rayo que desata el aguacero para satisfacer nuestra sed de mamíferos y productores de trigo y carne: hijos del relámpago.
Tal como se escribió hace tres eones en todos los horóscopos inteligentes de la Polvareda de Andrómeda: en el octavo día del ciclo estelar Psicuéeros se produce la Gran Metamorfosis de la gente. La humanidad global, nativa, parasitada o poseída, y aún los alienígenas naturalizados terrícolas, servirán como materia prima de una nueva especie que desde mañana poblará la tierra de pajuera.
Coro:
Mírense en los espejos a las 0000 o las 2400 de sus respectivos meridianos, y verán por ustedes mesmos, como seremos larvas, crisálidas, grandes bichos con alas que acechan musarañas y murciélagos.
En estas coordenadas galácticas las metamorfosis resultan de incalificable crueldad. Yo vigilo la destrucción de mi humanidad en el espejo. De pronto soy de nuevo quien fui otra vez que fui viejo.

Acerca del autor:
Daniel Alcoba

Hartura - Carlos M. Federici



Tras un sinnúmero de constantes y reiteradas perturbaciones de su sueño milenario, en 1937 el Gran Cthulhu consideró rebasado su límite de tolerancia.
—¡¿TE CALLARÁS POR FIN?! —rugió.
Sumiso, H. P. Lovecraft expiró.

Acerca del autor:

martes, 19 de enero de 2016

Pasajeros de cenizas – Ana Caliyuri


Hay mundos que derraman herrumbre, cotidianos mundos que pasan inadvertidos… Mundos de hastío, de desesperanza, de misterio, de ignara huella, de existencia hechicera, de claros reflejos antiguos. Ver o no ver las mismas cosas es la madre de todas las angustias y todas las dichas. Mas, esa tregua que nos diferencia, entre nosotros los humanos, tal vez se disipa cuando es el mordisco de la supervivencia quien contempla aquello que nos rodea y nos simplifica. Ver o no ver fuera de los cinco sentidos me recuerda la melodía singular de todos los latidos y me alerta; todo retorna al origen y ese vuelo efímero que intenta despertar a los pájaros enjaulados en sus islas me dice que otrora, mañana y siempre somos pasajeros de un álbum de cenizas.

Acerca de la autora:
Ana Caliyuri

Sermón - Jorge Etcheverry


Hijos míos, hubo un tiempo en que las diferentes tribus se consideraban —de manera que me resulta más bien oscura— similares. Y repito "de manera que me resulta más bien oscura". Y subrayo "más bien", ya que soy conciente y respeto las ordenanzas de la Oficina de Purificación del Lenguaje y las Costumbres. La afirmación entre comillas no es de mi responsabilidad. La escuché con el debido respeto de quien ostenta en su clara frente la marca de ser mi padre. Que nosotros, el brote impuro, la semilla a medio pudrir, pudiéramos cobijar la menor duda sobre las acciones y dichos de nuestros mayores —que nos han legado junto con la existencia el tesoro inmensurable de nuestras costumbres y creencias—, sería merecedor de un castigo ejemplar.
Dios, en su ilimitada sabiduría y sabiendo que somos su Pueblo Elegido nos ha dado el mandato de erradicar de nuestras costumbres, hábitos y lenguaje, todas las hierbas malignas. Que los campos sean limpiados a fuego, si las espigas de la nueva cosecha nacen defectuosas. Que la fruta permanezca en la tierra, sin ser comida, si su cáscara tiene mácula. Hubo un tiempo de confusión de lenguas, colores y credos, costumbres y naciones. Ahora, cuando los estigmas han sido eliminados, que los pensamientos a medias culpables que cobija nuestra mente sean sopesados por nuestros padres, mientras avanzamos hacia la madurez, mientras entramos en esta nueva generación, fuera de los caminos impuros y maculados de antaño. La conducta de mi padre siempre buscó despertar en nosotros, los pequeños, los casi animales, de rasgos indefinidos y manera torpe, el terror y el pavor de los tiempos ya idos. En nosotros, que no sabíamos manejar los órganos bucales y estábamos apenas aprendiendo la inmutable aplicación de las maneras de la tribu. Las palabras de nuestros mayores nos hicieron aborrecer esos tiempos lejanos en que vastas multitudes de aspecto y lengua diferente se mezclaban en los caminos y poblados de los antiguos países y continentes, de las ahora demolidas grandes ciudades, destruidas por Dios con su fuego que funde la carne y deforma la progenie de plantas y animales.
Hubo esos tiempos para nosotros, sobre nosotros, en que El Malvado conglomeraba en los mismos pueblos incontables seres heterogéneos, donde era posible ver seres de aspecto diferente y lengua deforme, y otorgándoles el calificativo de "humanos", mezclarse con ellos, asimilar sus costumbres impuras, entender los sonidos cacofónicos que proferían y hacían pasar por lenguaje y yacer con sus mujeres, pantanos pestilentes, para procrear bastardos. Las maneras del viejo mundo eran el movimiento y la inseguridad del cambio. El comercio del viejo mundo era la apertura a lo largo y ancho de lo informe y múltiple. La tierra misma devino enferma y envenenada y secó sus ríos, deformó sus plantas y contaminó la carne de sus animales. Fue entonces en que comenzaron a organizarse las tribus, en el vientre mismo de esos depósitos de confusión —las ciudades— y los Primeros Humanos comenzaron a adoptar maneras que los distinguían de los otros, los extraños, y a desarrollar lenguaje y vestimentas que los oponía a ellos, a esa parodia de la verdadera Tribu, que eso es lo que somos, habiendo dejado atrás la Gran Confusión y la Mezcla Impura. Las huestes del Maligno nos habían ido llevando por milenios hacia la Gran Mezcla Caótica. Los Grandes Prelados del Maestro de la Impureza proclamaban que el mundo mismo, las piedras y el suelo, incluso la luz que nos baña, estaban compuestos de diminutas partículas que llamaban átomos, que siendo iguales, se mezclaban formando todo lo que existe. Que todos los seres con dos manos y pies, con dos ojos al frente de la cara, que se visten y poseen el comercio del lenguaje, cocinan su alimento y viven en cavernas artificiales eran iguales y merecían un nombre genérico. Con sus ejércitos e instituciones fomentaron un reinado de confusión y mezcla inmunda por miles de años. Pero no pudieron erradicar la llama de la verdad de los corazones y labios de sus hijos, que desenmarañaron la sucia red y la rompieron en mil pedazos. La vía del altísimo es una y habla una sola lengua: la nuestra. Su apariencia es una y somos (o seremos) su imagen. Que nuestra progenie brota a veces defectuosa sólo nos indica la distancia que nos separa de la pureza total. Dejemos que algunos animales en las cuatro esquinas del mundo proclamen sus dioses y mantengan sus lenguajes, a pesar de su aspecto tan bizarro y a pesar de carecer de melodía los sonidos que emiten y a pesar de ser tan grotescas sus instituciones y vestimenta. No son más que una prueba que Dios nos pone para probar la rectitud y solidez de nuestras vías y maneras.

Acerca del autor:

Certamen de cabezas - William E. Fleming


En una dimensión paralela...

—Hola, mi nombre es Julie y soy miss chica cerebro de mi provincia. Mis pasiones son ordenar mi biblioteca, escribir reseñas de films de Tarkovsky y hacer dioramas de escenas históricas... —sonrió y se alejó junto a la línea que conformaban sus compañeras.
—Muchas gracias —el presentador leyó una cartulina de su mano—, ahora son ustedes quienes han de votar...

Acerca del autor:
William E. Fleming

La entrevista - Sergio Fabián Salinas Sixtos


Un estudio de televisión, dos sillones, una mesita de centro y dos personajes. El escritor fuma, entorna los ojos y escucha con paciencia a su interlocutor, en ocasiones asiente. Ante una pregunta, el escritor se quita las gafas y contesta: «Creo en fantasmas». El periodista hace una acotación, cita a Henry James, habla de la psicología de la narrativa, la proyección del autor en su propia obra, el fin último del cuento y con sorna, manifiesta la incertidumbre y falsedad de lo fantástico. El escritor sólo sonríe, se eleva en el aire y desaparece.

viernes, 15 de enero de 2016

Deducciones - Eduardo Abel Gimenez


Las marcas del piso indicaban que en esa casa era usual que se jugara al ajedrez.
—Se nos ha hecho tarde, señores —dijo McIntyre, delatando así su afición por la orfebrería.
Con un solo vistazo al armario, el detective supo que allí estaban las cartas. Pero ahora ya no era necesario leerlas.
El enamorado, el ciclista y el carpintero eran todos la misma persona.
Las dimensiones del calabozo eran exactamente las necesarias para que el criminal apresado entendiera cuál había sido su error.

Acerca del autor:
Eduardo Abel Gimenez

Tres tristes tigres - Olga Appiani de Linares


Tres tristes tigres...
Era gracioso el trabalenguas aquel... Mirá vos, venir a recordarlo ahora... ¡Justo ahora!
Tres tigres, sí, pero ¿tristes?
No, no lo creo. Están en su ambiente, son libres, son poderosos...
Y lo saben.
Tres (alegres) tigres comen trigo...
Pero no, trigo no.
Son hermosos, ¡sí que lo son!
Es una pena que la situación en la que me encuentro no me deje apreciarlos como se debe.
Una pena para mí, al menos.
A ellos, no creo que les importe para nada lo que piense su futura cena...
Tres bocas, tres...

Acerca de la autora:

Te queremos, Lucía - Isabel María González


―Aquí vinimos a descansar ¿no? ¿No recuerdas las palabras del médico? Para o acabaremos muriendo en el intento. Tenemos que seguir el tratamiento o nos separarán, mi cielo. Lo sé, mi vida, es duro pero este mono solo es al principio, después verás que puede ser incluso más bonito. No, mi amor, estate quieta. Entiéndelo ¿no? ¡Pues deja ya de moverte de ese modo! ¡Dios mío, vístete que no respondo!
A la mañana siguiente, cuando le llegó el turno, con suma vergüenza, se levantó y mirando a su marido dijo:
—Me llamo Lucía, tengo 87 años y soy adicta al sexo.
—Te queremos Lucía.

Acerca de la autora:
Isabel María González

Punto de inflexión - David Moreno


Nada más llegar a la casa del pueblo subió al desván. Abrió la puerta con sumo cuidado, aunque no pudo evitar que chirriara un poco y temió ser descubierto. Paralizado en el umbral contuvo la respiración. Y cuando se creyó salvado avanzó dando pasos cortos. Comprobó el tenue halo de luz que siempre atravesaba las persianas y rebuscó entre los trastos viejos almacenados. Herramientas, antigüedades, todas cubiertas de polvo. Del interior de un libro, hoy sí, cayó por casualidad una foto de un bebé en brazos de su madre. En el envés, una nota aclaratoria. Él, llegó de muy lejos.

Acerca del autor:
David Moreno

Indigesto - Carlos M. Federici


Con un “¡plash!”, el Monstruo estiró el cuello más arriba de la superficie, luego de su trabajosa digestión. ¡Aún “repetía” el regusto del humano!… Su sonoro eructo horadó la noche y rizó las gélidas aguas del Loch.

Acerca del autor:

lunes, 11 de enero de 2016

Los insospechados caminos del subconsciente - Anna Rossell


Sostenían una relación sórdida. Su vínculo no era cálido, sino correoso como un cartílago, era pésimo. Hablaban lo mínimo y las escasas palabras que cruzaban, provocadas siempre por algún cáustico estímulo, tenían sobre el otro el efecto de un látigo, una rápida descarga de veneno pestífero que rasgaba la tenue película que les unía. Que el vástago de aquel nexo fuera un místico parecía tan insólito como el ébano blanco. Sin embargo, la ciencia psiquiátrica trató el tema explicando el fenómeno como un intento válido de huída de una realidad bárbara. Se convirtió en un icono. Muchos individuos con infancias traumáticas siguieron su ejemplo y eludieron así la locura.

Acerca de la autora:
Anna Rossell

Segundo encuentro - Laura Velázquez


Ella lo quería y después se dio cuenta que él también la quiso. Desde el momento en que cruzaron sus miradas en aquel colectivo, se reconocieron. De alguna vida pasada están unidos, se sienten, se huelen aún en la distancia y el tacto de su piel —incluso sin tocarse— es el mismo que añoraban. Las miradas se cruzan con tristeza, no hacen falta palabras, ninguno puede ser del otro. Ella abandona el colectivo sin saber siquiera donde se está bajando, lo mira alejarse con la esperanza de que a la parada siguiente él descienda y corra a su encuentro. Quisiera él ser más valiente, ella quisiera ser más osada y recuperar el amor que perdió vidas pasadas cuando también estaban prohibidos.  Su corazón, lo busca, su mirada lo busca, él no aparece.
Este es el nunca más, nunca más recuerda ella.

Acerca de la autora:
Laura Velázquez

Fábula sobre mimetizaciones - Eduardo Mancilla



Mi abuela Genoveva tenía un cardenal enjaulado; el bicho cantaba feliz en apariencia, nadie le iba a preguntar si lo era o no. Un día la vieja dijo a viva voz que creía en la libertad del vuelo; pensamos que abriría la jaula, pero no, carreteó por el patio de tierra hasta tomar suficiente impulso y salió volando. En segundos dejamos de verla y eso fue, luego, para siempre. En cuanto al pájaro, dejó de trinar y nos dijo:
—Entonces, ¿quién queda a cargo del alpiste?

Acerca del autor:
Eduardo Mancilla


El circo del olvido - Xavier Blanco


Sólo permanezco yo en esta grada huérfana de ilusiones. Aquí sentado es fácil conjeturar la carpa esplendorosa, rasgando el Universo. Puedo cerrar los ojos e imaginarla. Se evaporó el público, no hay lanzadores de cuchillos, y los animales, arrastrando cadenas de soledades, vagan perdidos sin látigo que los azuce. Los caballos trotan desbocados por la pista; el prestidigitador desapareció en su magia y los trapecistas ya no sobrevuelan la arena. Lloviznan palomitas y algodones de azúcar. Diluvian recuerdos disfrazados de payaso. Los sueños duermen, tal vez mueren. Ni siquiera deslumbran los focos. Se eclipsaron las risas; enmudecieron los aplausos. Chirrían los goznes de la vida mientras se ausculta la melodía del silencio, cercando las fauces de ese león que ya no ruge. A lo lejos, entre remolinos de congojas, tu sombra huye despedazada en mil fragmentos.

Acerca del autor:

Página en negro - José Vicente Ortuño


Sintió vértigo ante el abismo cegador de la página en negro. Parpadeó, pero siguió sin ver nada, todo estaba a oscuras. Palpó la mesa, abrió un cajón y escarbó buscando al tacto. Encontró la linterna y la encendió. Pero, ¿de qué le iba a servir?, había cambiado su vieja máquina de escribir por un ordenador y, hasta que volviesen a conectar el fluido eléctrico, éste sólo era un enorme y caro pisapapeles. Apagó la linterna y esperó, resignado, en la oscuridad.

Acerca del autor:

jueves, 7 de enero de 2016

Ella nos enseñó a descubrir mundos mágicos - Daniel Frini


Las clases con la señorita Tita eran pura poesía. Pensá que teníamos, no sé, seis años; o siete alguno que repetía; no más grandes que eso; y la mayoría con un julepe bárbaro porque apenas dejábamos nuestras casas para entrar a ese otro mundo, el de los niños de impecable blanco, como decía la directora. No había Jardín de Infantes ni aclimatación con nuestras viejas. No señor. Primeros días de marzo, olvidate de la infancia, chau mamá, y adentro, a clases.
Pero con ella ¡que delicia! Tenía el don hacerte sentir en el patio de tu casa, jugando con tus amigos.
Cierta vez nos pidió que llevásemos plastilinas de colores. Ese día la señorita Tita entró al aula, y nos dijo:
—Hoy vamos a fabricar pájaros.
Nos dio algunas indicaciones y, con las manitos sucias después del recreo largo, empezamos a moldear bolitas chiquitas y grandes que juntábamos, unas con otras, remedando algo lejanamente parecido a un ave. Y entonces, cómo decirte, se hizo el milagro. Ella empezó a pasearse entre los bancos, diciendo:
—Qué bien, María.
—Te felicito, Rubén.
—Muy lindo, Mario?
...mientras acariciaba nuestras cabecitas.
Y después de esa caricia, en nuestras manos, esas estatuitas deformes de plastilina se transformaron lentamente en aquello que cada uno de nosotros había imaginado. Y empezaron a volar.
Aparecieron hermosos gorriones, fantásticas golondrinas, y loritos barranqueros, y benteveos, chingolitos, calandrias, cardenales, canarios, tordos. Algunos más estudiosos, que habían visto dibujos y fotos en algún manual, se le animaron a los flamencos —por aquel entonces yo no sabía que se llamaban así— y a las cigüeñas, y a un pelícano, gaviotas, garzas, petreles. Y dos o tres que tenían una imaginación fabulosa, amasaron unos pájaros extrañísimos que —la memoria, vos sabés, te juega malas pasadas— recuerdo como parecidos a quetzales, guacamayos y aves del paraíso.
Casi al mismo tiempo, las paredes del aula se desvanecieron y nos encontramos sentados en un prado, al pie de la sierra; bajo un cielo luminoso y cristalino; y con nuestros pájaros volando y piando, graznando, trinando, silbando o como se llame al canto de cada especie. Y nosotros, embelesados, reíamos y gritábamos mientras saltábamos y corríamos de acá para allá, siguiendo sus vuelos con nuestras caritas llenas de vida, en medio de un festival de colores y plumas.
Y la Miriam que gritaba porque el cóndor que había fabricado el Cholito le hacía vuelos rasantes; porque todos sabían que el Cholito gustaba de la Miriam, como se decía entonces.
Y la gorda Alicia se quedaba quietita, con ojos de pánico, porque le tenía miedo a las palomas que le pedían esas semillitas de girasol, que ella llevaba siempre en un bolsillo; sí, las mismas que ahora se llaman pipas.
Y el José carreteaba intentando despegar mientras agitaba sus bracitos imitando el vuelo de un albatros que había inventado.
Y la Estela daba manotazos para agarrar su picaflor. Y la Susi sacaba miguitas de pan de adentro de su cartuchera para tirárselas a un hornerito que la miraba desconfiado. Y el Juancho, cómo no, buscaba piedritas; que por suerte no encontró, para poder usar con su gomera; desesperado ante tanto pájaro suelto y él sin municiones.
Yo miré a la señorita Tita: estaba radiante. Y te juro que ví al sol reflejado en una lágrima, que se me antoja de amor, sobre su mejilla.
Claro que el alboroto que hicimos debe haber sido grande, porque una milésima antes de que se abriera la puerta del aula, los pájaros se detuvieron en el aire. Volvieron las paredes, y el pizarrón, y los bancos, y el piso; se esfumó el cielo y apareció el techo de siempre, viejo y descascarado, con su lamparita solitaria colgando como un triste solcito casi apagado.
Recortada en el marco de la puerta, apareció la silueta de la directora. Adivinamos su gesto adusto de siempre; y se nos vino encima el consabido discurso: que la escuela es un templo del saber, que no se puede permitir tanto ruido, que ¡estos niños!, que el respeto por los demás, que para hablar están los recreos, y dale, dale, dale.
Mientras nos retaba, miré al piso: pedazos informes de plastilina estaban desparramados por todos lados, aplastados, como si hubiesen caído desde gran altura.
La señorita Tita, ajena al discurso y a sabiendas de su semilla plantada, sonreía.

Acerca del autor:
Daniel Frini

Sonámbulo - Silvia Milos


Dormido, tomó las pastillas. Estaba seguro de que se olvidaba algo. Todavía con los ojos cerrados y los puños apretados volvió hacia la cocina. Abrió lentamente el cajón de los cubiertos, como si fuera una película. Tanteó y agarró el cuchillo del lado del filo, ni eso lo sacudió. Luego, con pequeños y seguros pasos, llegó hasta donde estaba Ella. Levantó con fuerza la mano, y se despertó.

Acerca de la autora:

La estaca - Luciano Doti



Al principio fue sólo un pequeño interés en ella. Apenas una manera de ocupar el tiempo y de paso ver algunas fotos de una chica atractiva. Pero de a poco comenzó también a leer sus actualizaciones y, de esa manera, se dio cuenta de que era más que su belleza. O quizás no. Tal vez todo era obra de un rostro que le transmitía una sensación dulce y de un cuerpo escultural. Nunca se sabe si lo que siente o piensa una persona de otra, que se ha convertido en objeto de su obsesión, puede presumir de ser un concepto cargado de objetividad. Por lo tanto, en este caso era imposible saberlo, dado que, para entonces, ella ya se había convertido en su obsesión.
«Stalkear» es una palabra que se puso de moda para describir el acto de visitar permanentemente el perfil de otra persona en una red social. Estar al tanto de cada cosa que hace, que dice, que siente... También saber si hay alguien en su vida. Es notable cómo, para una persona perturbada, el hecho de poder visitar el perfil de otra se convierte en la manera de vivir la ilusión de que se tiene una relación con ella. Relación platónica, aunque relación al fin. La persona perturbada era Leandro y la otra Loana.
Leandro supo, por la información virtual que manejaba, que Loana se estaba viendo con un joven. Por algún motivo, empezó a considerar que ese joven llamado Marcos era extraño, exótico, acaso sobrehumano... un vampiro. No permitiría que a su chica le pasara nada. Lo eliminaría. Se le antojó revelador lo parecidos que son los verbos stalkear y estaquear. No había dudas de que el destino le enviaba un mensaje. Lo esperó una noche, cuando Marcos  regresaba de estar con Loana, y cumplió con su deber.
Ahora, Loana publica fotos de su novio, acompañadas de frases que le prometen eternidad.

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Adiós - Gabriela Navarro


Hacía cuatro meses que Santiago se había ido de la casa familiar sin decir siquiera adiós. Iba a ser por una semana, a lo sumo un mes, mientras aclaraba su cabeza luego de que Aurelia lo descubriera chateando con su secretaria en la madrugada.
Y los días pasaron sin tener cuidado de Aurelia y de Santiago.
Ella, para no caerse y porque debía sostener a la pequeña hija de ambos, se abocó al arreglo de la casa, cosas siempre postergadas por la falta de iniciativa y deseo de su esposo.
Esperando su regreso lustrólos  pisos, pintó de colores brillantes las paredes, puso nuevas cortinas y perfumó la casa para que fuera el hogar que siempre soñó.
Pero los días pasaban y el no volvía más que para llevarse algo de ropa; y como suele ocurrir con la memoria que juega con nosotros como un gato que arroja ovillos de recuerdos a la luz y la oscuridad, aquella serenidad y alegría que sintió al principio, cuando Santiago se había ido llevándose consigo el rostro amargado y los malos tonos, dejó paso a los recuerdos de los mates compartidos, los abrazos y las risas que los habían acompañado durante muchos años.
Así comenzó a extrañar a ese hombre del que se enamoró de joven. Y urdió un plan. Cada vez que viniese a buscar algo le daría algún recuerdo de su amor.
Buscó la caja de terciopelo azul donde guardaba el pasado en común y sacó algunas cartas3 que le había escrito y entregado en diversas circunstancias, aniversarios, cumpleaños, o solo porque sí.
Se4 las fue dando cada vez que venía a ver a la niña5.
—Las encontré y te pertenecen —le decía, simplemente—. Sos dueño de decidir qué harás con ellas.
Durante tres meses hizo esto6, hasta que las cartas y las fotos se acabaron.
Un día, Santiago tocó el timbre; al leer aquellas cartas había recordado lo que lo enamorado de ella..., su cariño, su lealtad, su amor, y quiso volver.
Aurelia abrió la puerta. Santiago se quedo parado frente a ella, perplejo, miró los ojos de ella, la mueca de su boca y se dio cuenta de que Aurelia ya no estaba… Aquella que lo amó más que a un dios se había ido con la última carta entregada sin respuesta.

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Adolf - David Vivancos Allepuz


Sentado en su camastro, Carlomagno atendía a las explicaciones que el doctor vienés le daba al adolescente pálido y de mirada huidiza que acababa de recibir el alta.
Mañana abandonará la clínica. Conozco su trabajo, Adolf. He visto sus pinturas. Le aconsejo que se concentre en su faceta artística, cultívela, explote su creatividad. Pinte y olvídese de su padre. Salir de aquí no es una meta, es sólo el inicio de algo importante. Pinte, cree. Trabaje. Únicamente el trabajo nos hace libres y señaló al otro, únicamente el trabajo les hará libres.
El trabajo nos hará libres repitió el joven sin levantar la vista.
Carlomagno creyó percibir una leve sonrisa dibujada en el rostro de Adolf.

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domingo, 3 de enero de 2016

Dreamers (Sector 21) - Raquel Sequeiro


Vago entre ojos cristalinos, entre muertos que se incorporan levemente en las tumbas para mirarme. Abierto como mis venas, el aire azulado me trae el recuerdo de una canción, de esa canción, oh darling, de esa canción que bailábamos cuando éramos casi unos niños. La mecedora antigua, perfumada, resplandece como un trono de reyes, la baba se escurre por la comisura de los labios, a la derecha, pero aquí no hay un final, sino que despertarás en el área 34, la de los no muertos, con sangre en los labios por la bofetada. ¿Vuelvo a tener quince años, vuelvo a soñar con lo mismo? Ellos controlan mis constantes vitales y despertaré adulto para incorporarme a la guarnición 16. Ya nadie es libre a causa de la guerra, ni siquiera para soñar.

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Raquel Sequeiro

Las ensombradas resonancias de Moby Duck – José Luis Velarde


—Hay tardes más oscuras que otras —soltó Moby Duck, apenas descendido en la colina donde hablábamos de tormentas.
—Y que lo diga un pato migratorio y albino de seguro le confiere razón —dijo Rocky Raccoon.
—El camino de regreso siempre es distinto del camino que nos condujo al destino inicial. ¿O no? —apuntó Moby Duck.
—El pato es filósofo y parece inteligente —dijo The Walrus con aire melancólico.
—Una joya deja de serlo cuando no hay quien la aprecie —dijo el ave agradecida.
The Octopus intervino rascándose la cabeza con cuatro tentáculos a la vez:
—Lo malo es que a pesar de reunir características singulares y pronunciar reflexiones de aparente profundidad... Me reservo mis opiniones. Debo señalar que Moby Duck no pertenece al selecto grupo de personajes aparecidos en canciones de los Beatles. Así que en representación de nuestra comunidad solicito a tan gracioso pato marcharse al instante.
—Somos lo que somos y a veces sólo somos seres imaginarios que se sienten vivos —graznó Moby Duck al hundirse en el cielo.
La lluvia se hizo más intensa. Había algo familiar en el pato distanciándose como una mancha blanca en el horizonte ensombrecido. Lo vi como si fuera capaz de revelar las respuestas que no puedo ofrecer.
Moby Duck no regresó jamás.
Desde entonces navego un mar de óxido de hierro para buscarlo.
Día tras día me sumerjo en las cintas polvorientas de los Beatles donde quizá se esconde el extraño visitante. Lo supongo protagonista de una canción olvidada en un delirio oceánico de la década de los sesenta.
Mis amigos me conminan a interrumpir la búsqueda. Alegan que no hay misterios en la mitología de los Beatles, pero no saben que esta búsqueda es personal y no ofrecen argumentos que la impidan. Mi vida es aburrida por más que me consideren un filósofo encumbrado en una colina. No saben que la sabiduría me condena a la inmovilidad. Quiero saber si soy algo más que un sueño firmado por Lennon y McCartney. Quiero descubrirme vivo y desentrañar el misterio representado por el pato blanco, el inquietante y escurridizo Moby Duck.
A partir de hoy: ¡Llamadme Ismael!

Acerca del autor:
José Luis Velarde